¡Oh Capitán, mi Capitán!
Terminó nuestro espantoso viaje,
El navío ha salvado todos los escollos,
Hemos ganado el codiciado premio,
Ya llegamos a puerto, ya oigo las campanas, ya el
pueblo acude gozoso,
Los ojos siguen la firme quilla del navío resuelto y audaz,
Mas ¡oh corazón, corazón, corazón!
¡Oh rojas gotas sangrantes!
Mirad, mi Capitán en la cubierta
Yace muerto y frío.
¡Oh Capitán, mi Capitán!
Levántate y escucha las campanas,
Levántate, para ti flamea la bandera,
para ti suena el clarín,
Para ti los ramilletes y guirnaldas engalanadas,
para tí la multitud se agolpa en la playa,
A tí llama la gente del pueblo,
a tí vuelven sus rostros anhelantes,
¡Oh Capitán, padre querido!
¡Que tu cabeza descanse en mi brazo!
Esto es sólo un sueño: en la cubierta
Yaces muerto y frío.
Mi Capitán no responde,
sus labios están pálidos e inmóviles,
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso, ni voluntad,
El navío ha anclado sano y salvo;
Nuestro viaje, acabado y concluido,
Del horrible viaje el navío victorioso llega con su trofeo,
¡Exultad, Oh playas, y sonad, Oh campanas!
Más yo con pasos fúnebres,
Recorreré la cubierta donde mi Capitán
Yace muerto y frío.
Walt Whitman
lunes, 4 de enero de 2010
martes, 29 de diciembre de 2009
Los tres fantasmas
Días atrás tuve la oportunidad de ver "Los fantasmas de Scrooge", la pelicula basada en el cuento de Charles Dickens. la primer pregunta que me surgió fue si ¿era para chicos?, más que nada por los comentarios de los más chicquitos que tenían alrededor y no paraban de asustarse. Encima bajo el formato de 3D, aun era más oscura. Luego se presentaron algunas preguntas inevitables al final de la pregunta. Por eso me pareció acertado el comentario de Quintín este domingo en Perfil. El cual quiero compartir.
Los tres fantasmas
En 1843 Charles Dickens publicó A Christmas Carol, su Canción de Navidad, también traducida a veces como Cuento de Navidad. Desde entonces, en un caso de notable influencia de la literatura en la vida práctica, la Navidad adquirió el carácter de una festividad más espiritual que religiosa, consagrada a recordar que la paz y el amor por los semejantes son posibles, al menos una vez por año. Esto es así, sobre todo en los países anglosajones, mientras que el resto del mundo aprendió que la Navidad es más (y menos) que la fiesta de cumpleaños de un dios gracias al cine de Hollywood y sus historias en las cuales esa fecha es el centro de acontecimientos mágicos y conmovedores.
El cuento de Dickens es genial por muchas razones, pero uno de los rasgos más originales del relato es el descubrimiento de que el pasado y el presente son tan misteriosos –y también tan siniestros– como el futuro. Recordemos brevemente la trama. En la noche de Navidad, el avaro Scrooge recibe la visita de tres fantasmas. El primero le muestra navidades pasadas, cuando él no era aún el ser detestable y mezquino en el que se fue convirtiendo. El segundo le hace ver, como quien prenuncia que el infierno son los otros, lo bien que la están pasando los demás en compañía de sus seres queridos, mientras, él está a solas con su resentimiento. El último le anticipa una muerte sórdida en medio del desprecio unánime. En el último capítulo –el menos creíble, pero necesario para que el lector no muera de tristeza–, todo resulta un sueño y Scrooge decide reformarse. Lo que hace el cuento tan angustiante, lo que hace tan temible el futuro, no es que vamos a morir (Dickens se encarga de subrayarlo introduciendo en el relato la muerte pacífica de un chico enfermo) sino que el modo en que lo hagamos será un corolario de nuestra vida y que es tan horrible contemplarnos en el espejo de la anticipación como en el de nuestra olvidada historia y en el de la mirada de nuestros contemporáneos. Los tres fantasmas de Dickens son sólo uno, el de nuestra conciencia que intuye lo que no quiere saber, especialmente que todo pudo haber sido diferente, pero ya es demasiado tarde.
El último cuento de Navidad del que tuve noticia transcurre en Nazaret y es una película: El tiempo que queda de Elia Suleiman, que se exhibió en el Festival de Mar del Plata. Esta especie de saga familiar de un palestino de origen cristiano tiene más de un punto en común con A Christmas Carol aunque hay en ella un elemento completamente ajeno a Dickens, que es la Historia y su efecto sobre las biografías individuales. Pero también aquí los fantasmas del pasado y del presente construyen un futuro tenebroso. Lo que Suleiman ve en su infancia –a pesar de la activa militancia de su padre contra los ocupantes israelíes– es una convivencia posible entre adversarios que se desvanece a medida que envejece el extraordinario personaje de la tía, una antiheroína conservadora, pacata y golosa, que ocupa lentamente el centro del relato como testimonio casi impensable de una humanidad plena. Al mundo arcaico que la vieja representa, Suleiman le contrapone su variante moderna, representada por una escena de absurda cursilería frente a un arbolito luminoso, en la que una mujer chino-americana canta en karaoke un tema de Céline Dion. Es como si una dificultosa forma de relación entre los seres humanos hubiera dado lugar a un simulacro globalizado cuya contrapartida es el muro, la opresión a los palestinos y el odio sin remedio. La visión de Suleiman no satisface ni a los ocupantes de su tierra ni a quienes exigen su expulsión incondicional. Pero desde lejos, su Navidad puede ser tan emotiva como la de Dickens y, de paso, nos remite a nuestros propios fantasmas, a la pregunta sobre si lo que hicimos hasta aquí no nos llevó demasiado lejos en el camino hacia una discordia irreparable.
Los tres fantasmas
En 1843 Charles Dickens publicó A Christmas Carol, su Canción de Navidad, también traducida a veces como Cuento de Navidad. Desde entonces, en un caso de notable influencia de la literatura en la vida práctica, la Navidad adquirió el carácter de una festividad más espiritual que religiosa, consagrada a recordar que la paz y el amor por los semejantes son posibles, al menos una vez por año. Esto es así, sobre todo en los países anglosajones, mientras que el resto del mundo aprendió que la Navidad es más (y menos) que la fiesta de cumpleaños de un dios gracias al cine de Hollywood y sus historias en las cuales esa fecha es el centro de acontecimientos mágicos y conmovedores.
El cuento de Dickens es genial por muchas razones, pero uno de los rasgos más originales del relato es el descubrimiento de que el pasado y el presente son tan misteriosos –y también tan siniestros– como el futuro. Recordemos brevemente la trama. En la noche de Navidad, el avaro Scrooge recibe la visita de tres fantasmas. El primero le muestra navidades pasadas, cuando él no era aún el ser detestable y mezquino en el que se fue convirtiendo. El segundo le hace ver, como quien prenuncia que el infierno son los otros, lo bien que la están pasando los demás en compañía de sus seres queridos, mientras, él está a solas con su resentimiento. El último le anticipa una muerte sórdida en medio del desprecio unánime. En el último capítulo –el menos creíble, pero necesario para que el lector no muera de tristeza–, todo resulta un sueño y Scrooge decide reformarse. Lo que hace el cuento tan angustiante, lo que hace tan temible el futuro, no es que vamos a morir (Dickens se encarga de subrayarlo introduciendo en el relato la muerte pacífica de un chico enfermo) sino que el modo en que lo hagamos será un corolario de nuestra vida y que es tan horrible contemplarnos en el espejo de la anticipación como en el de nuestra olvidada historia y en el de la mirada de nuestros contemporáneos. Los tres fantasmas de Dickens son sólo uno, el de nuestra conciencia que intuye lo que no quiere saber, especialmente que todo pudo haber sido diferente, pero ya es demasiado tarde.
El último cuento de Navidad del que tuve noticia transcurre en Nazaret y es una película: El tiempo que queda de Elia Suleiman, que se exhibió en el Festival de Mar del Plata. Esta especie de saga familiar de un palestino de origen cristiano tiene más de un punto en común con A Christmas Carol aunque hay en ella un elemento completamente ajeno a Dickens, que es la Historia y su efecto sobre las biografías individuales. Pero también aquí los fantasmas del pasado y del presente construyen un futuro tenebroso. Lo que Suleiman ve en su infancia –a pesar de la activa militancia de su padre contra los ocupantes israelíes– es una convivencia posible entre adversarios que se desvanece a medida que envejece el extraordinario personaje de la tía, una antiheroína conservadora, pacata y golosa, que ocupa lentamente el centro del relato como testimonio casi impensable de una humanidad plena. Al mundo arcaico que la vieja representa, Suleiman le contrapone su variante moderna, representada por una escena de absurda cursilería frente a un arbolito luminoso, en la que una mujer chino-americana canta en karaoke un tema de Céline Dion. Es como si una dificultosa forma de relación entre los seres humanos hubiera dado lugar a un simulacro globalizado cuya contrapartida es el muro, la opresión a los palestinos y el odio sin remedio. La visión de Suleiman no satisface ni a los ocupantes de su tierra ni a quienes exigen su expulsión incondicional. Pero desde lejos, su Navidad puede ser tan emotiva como la de Dickens y, de paso, nos remite a nuestros propios fantasmas, a la pregunta sobre si lo que hicimos hasta aquí no nos llevó demasiado lejos en el camino hacia una discordia irreparable.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Valor y precio de la inocencia
Versiones que pretenden tener el mayor rigor histórico consideran que el origen del Día de los Inocentes es precisamente un chiste de humor negro. Según documentos, lo habría instituido el cínico rey Herodes Agripa II –nieto del bíblico infanticida– varias décadas después del nacimiento de Jesús; y lo habría hecho en homenaje a las hazañas de su abuelo. Así, un 28 de diciembre, el rey organizó para celebrar su trigésimo cumpleaños una fiesta fastuosa y multitudinaria en la que no faltaron sus ministros en pleno e incluso dignatarios extranjeros y algunos ocasionales adversarios. Todo terminó en una broma siniestra y colosal, cuando el último día de la larga bacanal, con los visitantes borrachos y regalados, Herodes Agripa II impartió cédulas con órdenes de captura, juicios sumarios, condenas capitales, multas onerosas y castigos varios para todos sus ingenuos invitados que, humillados y ofendidos, no pudieron huir de la ciudad gracias a la eficiencia de la guardia real.
El hallazgo, entre papeles de la época pertenecientes a funcionarios que habrían asistido a la fiesta, de esquelas que ostentan la palabra “Inocente”, hace suponer que de ahí proviene tanto la fecha como el nombre y el carácter de la celebración. Suena ingenioso y coherente con el tipo de festejo que ha perdurado en su recordación. Sin embargo, me gusta más la macabra historia ejemplar que está en el origen (?) de todo.
Por lo que sé –que sé poco–, en la Biblia hay tres matanzas de Inocentes, debida y perversamente programadas: dos van de algún modo encadenadas y tienen que ver con la historia de Moisés en Egipto; la tercera es la de Herodes.
Cabe recordar que según el consabido Pentateuco, si Moisés fue entregado en una cesta a las aguas del Nilo era para salvarlo de la matanza de niños judíos ordenada por un faraón “preocupado” por el crecimiento de la población esclava. Su contrapartida es la siniestra mortandad que años después –y en una noche– desencadena el Dios de Moisés como último recurso para doblegar la voluntad del faraón (el mismo u otro) que se niega, pese a avisos, plagas y calamidades, a liberar al pueblo de Israel de su cautiverio y dejarlo partir.
Pero la matanza que –famosamente– recordamos hoy con chistes tontos es el sangriento exabrupto de Herodes el Grande, celoso y temeroso de la profecía de que ha de nacer alguien, un Rey de los Judíos que, supone, lo sustituirá.
En el primer caso, la historia de Moisés, la demostración de fuerza homicida y selectiva de Jehová o Yahvé, al menos en el Libro, no merece reparos: el obstinado Ramsés –el mejor momento del hierático Yul Brinner en Los Diez Mandamientos: único auténtico milagro de Dios, su actuación– de algún modo se la buscó. No sabía quién era el Jefe detrás de Moisés, con Quién se las veía. El Dios del Antiguo Testamento no admite competencias ni ambigüedades, el monoteísmo del pueblo elegido con sangre entra. Así, el obediente Angel de la Muerte llega por la noche y va matando, segura y económicamente, casa por casa, palacio por palacio, a todos los niños. Sólo perdona las casas marcadas, las elegidas casas marcadas. La inocencia asesinada (incluso en casa) es el precio que paga la soberbia.
En el segundo caso, arranque del Evangelio de Mateo, el que mata por costumbre y a lo pavote es un político ofuscado, paranoico, enfermo de Poder, que no sabe Quién viene y por si acaso... Sin los recursos de Moisés y su Aliado infalible, Herodes moja en sangre sus propias manos, asume el crimen indiscriminado para matar a Uno, que –además– se le escapa. Si el Angel de la Muerte obraba con certeza y precisión, cumplía al pie de la sangre las cláusulas del chantaje celestial, lo esbirros de Herodes –incluidos los estúpidos lectores oficiales de la Profecía– son torpes chapuceros que cumplen mal las órdenes sin sentido de un rey equivocado. El mismo Dios sabelotodo que hizo pintar las puertas para orientar al Angel les hace avisar al carpintero y su mujer adolescente que ha habido un soplo –esos ingenuos Reyes Magos– y que un tonto entendió mal y puede arruinar el Plan de la Salvación, así que escapen a lomo de burro. A Egipto, claro: es el lugar del que se va y viene en la Biblia.
A todo esto, históricamente o no, los chicos muertos –judíos, egipcios y judíos otra vez–, muertos están. Son inocentes, inocentes condenados a pena de muerte por Culpables y culpables –mayúsculos y minúsculos–, soberbios y celosos. La fiesta religiosa católica que los recuerda hoy elige –según dicen– sólo la cosecha criminal de Herodes, los pequeños coetáneos belenenses de Jesús, con los que seguramente no pudo ir a la escuela.
Como corolario de los tradicionales, equívocos chistes de hoy, en los que se hace creer a alguien algo no sucedido, inventado, que lo ilusiona o atemoriza, es habitual compensar al damnificado con una expresión que no es de burla, como suele creerse, sino de módico, acaso irónico deseo y consuelo: “Que la inocencia te valga”. Como cualquier otra frase estereotipada, las sutilezas de sentido se han perdido, el uso del verbo “valer-se”, sobre todo; y la idea misma de “inocencia”. Y es muy rica la expresión. Una paradoja, en realidad: “Que tu vulnerabilidad te defienda” –¿es eso?– o “Que la fe te salve”. ¿Es lo mismo?
Porque valerse es bastarse, saber defenderse, en última instancia servir para: “ser valiente” –el que se vale por sí mismo–, “valer la pena” o “desvalido” son expresiones ejemplares. Y en cuanto a la maltratada inocencia, en una primera acepción con alto matiz temporal, tiene el tipo de mala prensa moderna que acompaña, por ejemplo, a la idea de virginidad en cualquiera de sus formas, del sexo a la política: no es nunca un valor sino una carencia, el resultado de un error de apreciación, una condición primitiva inicial que ha de perderse (saludablemente) para poder vivir en términos más genuinos el intercambio con el mundo. Inocente es, en ese caso, lo contrario de realista.
Por otra parte, el inocente es el que no conoce el mal (en los otros, en sí mismo) y desconoce la culpa; así es lo contrario del pecador. Finalmente, llamamos/decretamos inocente al que no ha cometido un delito, al que no es culpable.
¿Cuál de estas formas de inocencia nos valen? A mí me gusta pensar que el inocente del refrán es –según la irónica mirada negativa– mero objeto de engaño; pero, en sentido positivo, es el que cree. La sabiduría y la gracia de creer es el secreto y el poder de la inocencia. Lo que te salva, digo. En todos los terrenos.
Por eso esta noche voy a ver una vez más Harvey, la de James Stewart, el que vive dentro de una broma de inocentes de la que –a la inversa de Joyce con la Historia– no se quiere ni piensa despertar.
Que la inocencia les valga.
Por Juan Sasturain para Página 12
El hallazgo, entre papeles de la época pertenecientes a funcionarios que habrían asistido a la fiesta, de esquelas que ostentan la palabra “Inocente”, hace suponer que de ahí proviene tanto la fecha como el nombre y el carácter de la celebración. Suena ingenioso y coherente con el tipo de festejo que ha perdurado en su recordación. Sin embargo, me gusta más la macabra historia ejemplar que está en el origen (?) de todo.
Por lo que sé –que sé poco–, en la Biblia hay tres matanzas de Inocentes, debida y perversamente programadas: dos van de algún modo encadenadas y tienen que ver con la historia de Moisés en Egipto; la tercera es la de Herodes.
Cabe recordar que según el consabido Pentateuco, si Moisés fue entregado en una cesta a las aguas del Nilo era para salvarlo de la matanza de niños judíos ordenada por un faraón “preocupado” por el crecimiento de la población esclava. Su contrapartida es la siniestra mortandad que años después –y en una noche– desencadena el Dios de Moisés como último recurso para doblegar la voluntad del faraón (el mismo u otro) que se niega, pese a avisos, plagas y calamidades, a liberar al pueblo de Israel de su cautiverio y dejarlo partir.
Pero la matanza que –famosamente– recordamos hoy con chistes tontos es el sangriento exabrupto de Herodes el Grande, celoso y temeroso de la profecía de que ha de nacer alguien, un Rey de los Judíos que, supone, lo sustituirá.
En el primer caso, la historia de Moisés, la demostración de fuerza homicida y selectiva de Jehová o Yahvé, al menos en el Libro, no merece reparos: el obstinado Ramsés –el mejor momento del hierático Yul Brinner en Los Diez Mandamientos: único auténtico milagro de Dios, su actuación– de algún modo se la buscó. No sabía quién era el Jefe detrás de Moisés, con Quién se las veía. El Dios del Antiguo Testamento no admite competencias ni ambigüedades, el monoteísmo del pueblo elegido con sangre entra. Así, el obediente Angel de la Muerte llega por la noche y va matando, segura y económicamente, casa por casa, palacio por palacio, a todos los niños. Sólo perdona las casas marcadas, las elegidas casas marcadas. La inocencia asesinada (incluso en casa) es el precio que paga la soberbia.
En el segundo caso, arranque del Evangelio de Mateo, el que mata por costumbre y a lo pavote es un político ofuscado, paranoico, enfermo de Poder, que no sabe Quién viene y por si acaso... Sin los recursos de Moisés y su Aliado infalible, Herodes moja en sangre sus propias manos, asume el crimen indiscriminado para matar a Uno, que –además– se le escapa. Si el Angel de la Muerte obraba con certeza y precisión, cumplía al pie de la sangre las cláusulas del chantaje celestial, lo esbirros de Herodes –incluidos los estúpidos lectores oficiales de la Profecía– son torpes chapuceros que cumplen mal las órdenes sin sentido de un rey equivocado. El mismo Dios sabelotodo que hizo pintar las puertas para orientar al Angel les hace avisar al carpintero y su mujer adolescente que ha habido un soplo –esos ingenuos Reyes Magos– y que un tonto entendió mal y puede arruinar el Plan de la Salvación, así que escapen a lomo de burro. A Egipto, claro: es el lugar del que se va y viene en la Biblia.
A todo esto, históricamente o no, los chicos muertos –judíos, egipcios y judíos otra vez–, muertos están. Son inocentes, inocentes condenados a pena de muerte por Culpables y culpables –mayúsculos y minúsculos–, soberbios y celosos. La fiesta religiosa católica que los recuerda hoy elige –según dicen– sólo la cosecha criminal de Herodes, los pequeños coetáneos belenenses de Jesús, con los que seguramente no pudo ir a la escuela.
Como corolario de los tradicionales, equívocos chistes de hoy, en los que se hace creer a alguien algo no sucedido, inventado, que lo ilusiona o atemoriza, es habitual compensar al damnificado con una expresión que no es de burla, como suele creerse, sino de módico, acaso irónico deseo y consuelo: “Que la inocencia te valga”. Como cualquier otra frase estereotipada, las sutilezas de sentido se han perdido, el uso del verbo “valer-se”, sobre todo; y la idea misma de “inocencia”. Y es muy rica la expresión. Una paradoja, en realidad: “Que tu vulnerabilidad te defienda” –¿es eso?– o “Que la fe te salve”. ¿Es lo mismo?
Porque valerse es bastarse, saber defenderse, en última instancia servir para: “ser valiente” –el que se vale por sí mismo–, “valer la pena” o “desvalido” son expresiones ejemplares. Y en cuanto a la maltratada inocencia, en una primera acepción con alto matiz temporal, tiene el tipo de mala prensa moderna que acompaña, por ejemplo, a la idea de virginidad en cualquiera de sus formas, del sexo a la política: no es nunca un valor sino una carencia, el resultado de un error de apreciación, una condición primitiva inicial que ha de perderse (saludablemente) para poder vivir en términos más genuinos el intercambio con el mundo. Inocente es, en ese caso, lo contrario de realista.
Por otra parte, el inocente es el que no conoce el mal (en los otros, en sí mismo) y desconoce la culpa; así es lo contrario del pecador. Finalmente, llamamos/decretamos inocente al que no ha cometido un delito, al que no es culpable.
¿Cuál de estas formas de inocencia nos valen? A mí me gusta pensar que el inocente del refrán es –según la irónica mirada negativa– mero objeto de engaño; pero, en sentido positivo, es el que cree. La sabiduría y la gracia de creer es el secreto y el poder de la inocencia. Lo que te salva, digo. En todos los terrenos.
Por eso esta noche voy a ver una vez más Harvey, la de James Stewart, el que vive dentro de una broma de inocentes de la que –a la inversa de Joyce con la Historia– no se quiere ni piensa despertar.
Que la inocencia les valga.
Por Juan Sasturain para Página 12
sábado, 26 de diciembre de 2009
L´Osservatore Romano se refirió a las virtudes de los Simpson
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Era el único reconocimiento que le faltaba a Los Simpson en su temporada número 20 y es el que menos esperaba Matt Groening. Nada menos que L´Osservatore Romano , el periódico vaticano, fue el que celebró su vocación filosófica y su postura irreverente y mordaz acerca de la religión organizada.
Sin Homero Simpson y sus vecinos amarillos -dice la publicación en un artículo titulado "Las virtudes de Aristóteles y la dona de Homero"- buena parte del planeta no sabría cómo reírse. También felicitó al programa animado, el más longevo de la TV de su país, por la posibilidad de acercar los dibujitos a una audiencia adulta.
El show se apoya en un "guión realista e inteligente", se dice allí, aunque L´Osservatore... expresa también sus reparos ante "el lenguaje vulgar y la violencia de ciertos episodios y algunas decisiones extremistas de los autores".
La religión aparece tan frecuentemente en Los Simpson , desde los sermones soporíferos del reverendo Lovejoy hasta las charlas cara a cara de Homero con Dios, que sería posible recabar una "teología simpsoniana". La confusión e ignorancia religiosa del patriarca del programa son un acabado reflejo de "la indiferencia y también la necesidad que siente el hombre moderno frente a la espiritualidad", según sostiene el diario italiano.
Diálogo con Dios
Entre los momentos más memorables de la serie, L´Osservatore... recuerda aquel grito desesperado de Homero, que pide al cielo: "No soy un hombre religioso, pero si estás allí arriba, ¡sálvame Superman!", cuando reflexiona sobre que el personaje encuentra en Dios su último refugio. "Aunque a veces se equivoca al nombrarlo, son sólo pequeños detalles: ellos se conocen muy bien."
La serie culminará su temporada número veinte con una gran campaña promocional en Fox, que teñirá su pantalla de amarillo (al menos en los Estados Unidos) para celebrar su permanencia en la cultura popular de todo el mundo. Este último fenómeno será el tema de un documental de una hora dirigido por Morgan Spurlock (aquel de Super Size Me ) con testimonios de los muchos artistas y pensadores en los que ha influido a lo largo de los años.
La Nación
martes, 22 de diciembre de 2009
Lecturas de verano
Acabo de ver un afiche en la calle de una de las editoriales más grandes del mercado que dice “Elegí qué libro vas a leer en este verano”, y debajo una serie de títulos recomendados, en su mayoría de autoayuda, divulgación histórica y un nuevo (o no tan nuevo) género que aceita los mecanismos de las cajas registradoras de la industria editorial: el de los mediáticos que descubren que publicando un libro con reflexiones pueriles, panfletos incendiarios e indignaciones varias por el estado de las cosas recibirán un abultado cheque con sus liquidaciones de derechos de autor, una vez cada seis meses. Un amigo escritor con el que camino también ve el cartel y sugiere otra frase, de una ambigüedad más adecuada: “Elegí con qué libro te vas a castigar este verano”. Después llego a la redacción, abro los mails y encuentro un mensaje similar, de otro de los sellos transnacionales que más facturan en nuestro país. La frase no varía demasiado (“Los mejores libros para este verano”) pero el contenido tampoco: mucha ficción pasteurizada, mucho premio literario, mucha intrascendencia.
El metamensaje es claro: se supone que la gente no quiere complicarse la vida en el verano, por lo que pasa de leer cosas engorrosas, pesadas, repletas de datos (y aquí no se entiende por qué las editoriales recomiendan entonces libros de investigación periodística o ensayos políticos), como si dejaran por diez o quince días los cerebros en remojo en la mesa de luz, mientras parten raudos y orondos en plan vacacional libre de materia gris. Lo más interesante del asunto es que de esta manera aflora una paradoja inevitable: si durante el año la gente no lee libros porque no tiene tiempo, y es por eso que, para desenchufarse, enchufa de lunes a viernes la televisión (y los fines de semana son para descansar), y si durante las vacaciones elige algún título liviano, más para equilibrar dentro del bolso el peso del mate, las cartas de truco y la esterilla que por un interés genuino, ¿cuándo lee? Buena pregunta.
Lo cierto es que no se sabe cuándo lee la mayoría de la gente (tiendo a pensar que cuando puede) pero sí cuándo compra libros, y eso es a fin de año, para las fiestas. Y ésa es la explicación para las campañas de promoción de verano de las editoriales. Pero listas y eslóganes como “los mejores libros para leer en la playa” son simplificaciones cuando no extrañas, por lo menos, graciosas. Suponiendo que la mayoría de las personas decidan sufrir sus vacaciones en la playa (lo que no es seguro) y que discurran su tiempo libre pasando las páginas de un libro, no es lo mismo lo que vaya a leer la portera de mi edificio, que mi tío abogado o mi compañero del fútbol de los jueves.
¿Entonces, qué nos queda? No las sugerencias de las editoriales (actores interesados en el asunto), sino las de las personas cuyos gustos podemos respetar. Pregunten por ahí. Yo, por mi parte, entre las estrictas novedades recomendaría Patriotas. Héroes y hechos penosos de la política argentina, de Juan José Becerra, o la reedición de La vuelta al día en 80 mundos de Julio Cortázar, o los Cuentos completos de Juan Carlos Onetti, o los Malos tragos de Anthony Bourdain. Al fin y al cabo, la diferencia entre comprar o regalar un buen libro o la misma bazofia de siempre es la de pasar apenas unos segundos más frente a los estantes de nuestra librería amiga.
Por Maximiliano Tomas, para diario Perfil
El metamensaje es claro: se supone que la gente no quiere complicarse la vida en el verano, por lo que pasa de leer cosas engorrosas, pesadas, repletas de datos (y aquí no se entiende por qué las editoriales recomiendan entonces libros de investigación periodística o ensayos políticos), como si dejaran por diez o quince días los cerebros en remojo en la mesa de luz, mientras parten raudos y orondos en plan vacacional libre de materia gris. Lo más interesante del asunto es que de esta manera aflora una paradoja inevitable: si durante el año la gente no lee libros porque no tiene tiempo, y es por eso que, para desenchufarse, enchufa de lunes a viernes la televisión (y los fines de semana son para descansar), y si durante las vacaciones elige algún título liviano, más para equilibrar dentro del bolso el peso del mate, las cartas de truco y la esterilla que por un interés genuino, ¿cuándo lee? Buena pregunta.
Lo cierto es que no se sabe cuándo lee la mayoría de la gente (tiendo a pensar que cuando puede) pero sí cuándo compra libros, y eso es a fin de año, para las fiestas. Y ésa es la explicación para las campañas de promoción de verano de las editoriales. Pero listas y eslóganes como “los mejores libros para leer en la playa” son simplificaciones cuando no extrañas, por lo menos, graciosas. Suponiendo que la mayoría de las personas decidan sufrir sus vacaciones en la playa (lo que no es seguro) y que discurran su tiempo libre pasando las páginas de un libro, no es lo mismo lo que vaya a leer la portera de mi edificio, que mi tío abogado o mi compañero del fútbol de los jueves.
¿Entonces, qué nos queda? No las sugerencias de las editoriales (actores interesados en el asunto), sino las de las personas cuyos gustos podemos respetar. Pregunten por ahí. Yo, por mi parte, entre las estrictas novedades recomendaría Patriotas. Héroes y hechos penosos de la política argentina, de Juan José Becerra, o la reedición de La vuelta al día en 80 mundos de Julio Cortázar, o los Cuentos completos de Juan Carlos Onetti, o los Malos tragos de Anthony Bourdain. Al fin y al cabo, la diferencia entre comprar o regalar un buen libro o la misma bazofia de siempre es la de pasar apenas unos segundos más frente a los estantes de nuestra librería amiga.
Por Maximiliano Tomas, para diario Perfil
lunes, 21 de diciembre de 2009
Muy buenas noticias
El biólogo Michael Tomasello, del Instituto Max Planck, sostiene que "los niños son altruistas por naturaleza". Son sociables y cooperativos. Cuando tienen 18 meses y ven a un adulto con las manos llenas y necesitando asistencia para abrir una puerta, o recoger algo del piso, ayudan de inmediato. Son comportamientos tempranos previos a la educación de los padres. Ella debería tratar de reforzarlos.
Eso explica la gran fuerza actual del voluntariado. Las ONG solidarias encabezan las encuestas de credibilidad en el mundo. Organizaciones como Acción Internacional contra el hambre, Amnesty International, Oxfam, Médicos sin Fronteras, Greenpeace y otras gozan de un bien ganado prestigio en una humanidad que teniendo capacidades inéditas de producir alimentos, tiene actualmente 1020 millones de personas con hambre, uno de cada seis habitantes.
En América latina y en la Argentina organizaciones como Cáritas, la AMIA, la Red Solidaria y otras han rescatado muchas vidas, y pueden ser un aliado formidable de las políticas públicas, que son las principales responsables en una democracia de encabezar la acción contra la pobreza, que hoy compromete la vida de uno de cada tres latinoamericanos.
Se acaba de crear la Red Iberoamericana de Voluntariado Universitario contra la Exclusión Social. En su marco, se ha fundado en la prestigiosa Universidad Autónoma de Madrid la primera escuela de la región para formar a formadores y movilizadores de voluntariado universitario.
Como los seres humanos tienen tendencias naturales a la solidaridad, puede entenderse que en el último siglo sus héroes no han sido generales victoriosos. Este es el caso de Albert Schweitzer, luchador contra la lepra en Africa; Jonas Salk, que donó su vacuna a la humanidad, o la Madre Teresa de Calcuta, trabajadora por los más pobres del mundo en Calcuta.
Apoyar con leyes y presupuestos el trabajo voluntario e incluirlo en la educación es apostar a esta solidaridad innata y que fue anunciada como el signo principal de humanidad por las grandes tradiciones espirituales del género humano.
Por Bernardo Kliksberg, para Hacer Comunidad.
El autor es director del Fondo España-PNUD Hacia un desarrollo incluyente
Eso explica la gran fuerza actual del voluntariado. Las ONG solidarias encabezan las encuestas de credibilidad en el mundo. Organizaciones como Acción Internacional contra el hambre, Amnesty International, Oxfam, Médicos sin Fronteras, Greenpeace y otras gozan de un bien ganado prestigio en una humanidad que teniendo capacidades inéditas de producir alimentos, tiene actualmente 1020 millones de personas con hambre, uno de cada seis habitantes.
En América latina y en la Argentina organizaciones como Cáritas, la AMIA, la Red Solidaria y otras han rescatado muchas vidas, y pueden ser un aliado formidable de las políticas públicas, que son las principales responsables en una democracia de encabezar la acción contra la pobreza, que hoy compromete la vida de uno de cada tres latinoamericanos.
Se acaba de crear la Red Iberoamericana de Voluntariado Universitario contra la Exclusión Social. En su marco, se ha fundado en la prestigiosa Universidad Autónoma de Madrid la primera escuela de la región para formar a formadores y movilizadores de voluntariado universitario.
Como los seres humanos tienen tendencias naturales a la solidaridad, puede entenderse que en el último siglo sus héroes no han sido generales victoriosos. Este es el caso de Albert Schweitzer, luchador contra la lepra en Africa; Jonas Salk, que donó su vacuna a la humanidad, o la Madre Teresa de Calcuta, trabajadora por los más pobres del mundo en Calcuta.
Apoyar con leyes y presupuestos el trabajo voluntario e incluirlo en la educación es apostar a esta solidaridad innata y que fue anunciada como el signo principal de humanidad por las grandes tradiciones espirituales del género humano.
Por Bernardo Kliksberg, para Hacer Comunidad.
El autor es director del Fondo España-PNUD Hacia un desarrollo incluyente
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