lunes, 16 de noviembre de 2009

Mirada

Los pájaros en el oriente
son mensajeros de la luz.
En la continua respiración del valle
los animales han vuelto a serenarse
en sueños
Y las brisas Pasan lentamente.

Alguna trompeta, en ese amanecer,
intentará exhalar la lejania.
Es su sonido
surcando las enigmáticas plantas del verano.

Hasta que se venza esa mirada
y vuelva a caer el manto de la noche
y se entumezca levemente la nostalgia en las sombras.


Por Luis Alberto Spinetta, de Guitarra Negra

viernes, 13 de noviembre de 2009

La tapia

En esa tapia que se ve desde la ventana, un enamorado ha trazado con spray un corazón atravesado por una flecha. Es Año Nuevo, otro año más. En esa tapia anochece muy pronto ahora, pero dentro de poco, cuando oigas graznar las grullas cruzando el cielo, te sorprenderá que a media tarde el sol se demora sobre ese corazón de spray hasta dorarlo por completo y ésa será la señal de que está creciendo el día. La savia entonces celebrará su fiesta y cuando se inflen las gemas de todos los árboles, puede que la vida te haya obsequiado ya con la primera puñalada, pero la naturaleza mandará abejas de oro a libar en esa herida y la convertirán en miel si logras que la confundan con la primera flor de primavera. A medida que el aire se haga dulce, el deshielo creará arroyos luminosos en el monte y de la misma forma en la ciudad los manantiales que brotan en la puerta de las aulas dejarán correr adolescentes llenos de amor por las calles de abril y algunos se amarán por primera vez contra esa tapia, junto al corazón de spray, que lleva frente a tus ojos un tiempo indefinido. El verano pasado soportó el calor tórrido del asfalto en medio de la ciudad desierta, pero esta vez un mendigo instalará su lecho de cartones muy cerca en la acera para compartir con él la misma soledad mientras estés lejos. En el mar habrá fiestas bajo las estrellas, las risas de los amantes sonarán contra el cristal de las copas y una música te llevará hacia una isla desnuda. El fragor de las chicharras te hará olvidar que el mal existe y tal vez la dicha será sólo una mirada o una brisa por debajo del vestido de lino o el ritmo de unos versos de Horacio compartido con un mismo chasquido de labios. Cuando regreses a la ciudad, el mendigo ya se habrá ido y será septiembre. El corazón de spray seguirá en la tapia y será otra vez sólo tuyo. Si vuelves con otra herida, la cubrirán las hojas amarillas bajo la lluvia oblicua de otoño y ese infortunio no será sino la misma melancolía que hace fermentar el humus de los jardines. Formando una lanza cruzarán el cielo lívido las aves en busca del Sur y tú podrás obligarlas a que atraviesen la memoria de todos tus placeres, mientras la tarde vuelve a cerrarse muy pronto sobre la tapia. Ha pasado un año, otro año más. Los valses de Strauss de la orquesta de Viena formarán de nuevo una nube de azúcar para cubrir todas las tragedias del planeta junto a ese corazón de spray, hoy oscurecido, pero una tarde te sorprenderá que el sol se demora hasta prenderlo en llamas y la vida volverá a empezar.

Por Manuel Vicent
El autor, español, es escritor y columnista del diario El País de Madrid.

La magia de los libros

Las drogas más poderosas que he consumido en mi vida, las sustancias psicodélicas más transformadoras, fueron ciertamente algunos libros que he leído.

Cuando tenía 16 años, por ejemplo, las novelas de Leopoldo Marechal (Adán Buenosayres, Megafón o la guerra y El banquete de Severo Arcángelo) se transformaron en faros cuya luz atravesaban las penumbras de la miserable vida cotidiana, las rutinas embrutecedoras que agobiaban mi existencia, para iluminar la vida legendaria que desde niño había añorado como si ya la hubiera experimentado.

Tal fue mi pasión por Marechal que, con la excusa de un falso reportaje para una revista colegial, fui a tocarle el timbre. Leopoldo fue un anfitrión encantador y paciente que nunca expresó el aburrimiento que le produjo mi acechanza. En aquellos años, tanto su escritura como la de Roberto Arlt me transportaban a un territorio legendario, una región imaginaria que desbarataba los límites convencionales de la argentinidad. Ellos recorrían en sus narraciones los senderos laberínticos de una promesa existencial que yo también me había hecho.

En mi juventud fui un lector adicto y obsesivo. Leía todo aquello que estaba señalado en el mapa de las lecturas que habían diseñado los expertos. Descubrí tarde que así como el mapa no es el territorio, ni el menú es la comida, la literatura no son los libros. La auténtica droga, la magia transformadora, estaba oculta en la sustancia de algunos libros extraordinarios que se disfrazaban de libros. Crimen y castigo no era una novela que sucedía en Rusia y las vicisitudes de aquel asesinato nos identificaban con el homicida. Raskolnikov era un tipo como nosotros y su crimen era una invitación desesperada a comprender que la ley no existía, que todo estaba permitido, que vivíamos en un mundo salvaje y despiadado donde el primer pez que tuvo hambre se convirtió en asesino.

Los poetas malditos (Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Artaud) azuzaban el fuego que ya quemaba tu alma. Ellos eran una patada en el culo a todas las promesas de la vida normal, a la dicha del amor y a las normas de la decencia.

William Burroughs, quien durante muchos años se resistió a convertirse en escritor, asegura que fue la magia de Hemingway la que lo empujó a la escritura. “No sé si su relato París era una fiesta estaba siquiera bien escrito, lo importante es que la gente comenzó a comportarse como sus personajes, a vestirse como ellos. Eso no es literatura, eso es magia y es lo mío, me dije.”

A principios de la década del 70 llegó a mis manos uno de esos libros inolvidables que afectaron mi rumbo existencial tanto o más que cualquiera de los estímulos e influencias reales que me rodeaban. Fue Primavera negra, de Henry Miller. Ese libro me ayudó a comprender que eran inútiles los esfuerzos que yo estaba haciendo por convertirme en el idiota que los seres queridos me insistían que fuera. Fue como sacarme un traje gris y pesado que era yo mismo. Henry Miller me hizo dar cuenta de que yo era lo que no sabía que podía ser.

El poeta Néstor Perlongher, en la década del 80, dijo en una entrevista: “Piensan los alemanes, hacen rock los ingleses y narran los yanquis”. No se equivocaba: toda la narrativa del siglo pasado estuvo atravesada por los escritores sajones. Truman Capote y Norman Mailer dieron nacimiento a la narrativa periodística o documental aunque desde mi punto de vista la figura más influyente de ese género fue Ernest Hemingway, un escritor que dejó estampado un sello de heroicidad y bravura alrededor de su figura.

En el camino, de Jack Kerouac, fue un manual de instrucciones de cómo escaparse de la vida ordinaria y su lectura arrastró a una gran cantidad de miembros de mi generación a sacarse la corbata de estudiante universitario para salir a vagabundear como linyeras por las calles del mundo.

La melancolía etílica de Malcolm Lowry, la mirada vulgar y certera de Bukowski sobre los pequeños y miserables actos en que consisten las vidas, las demoledoras visiones casi cinematográficas de Raymond Carver sobre la sordidez que se esconde tras los modales de la convivencia, la mágica inventiva que surge en El palacio de la luna, de Paul Auster, o en Rock Springs, de Richard Ford. Esos escritores eran amigos invisibles y distantes que yo amaba como si los conociera.

En Latinoamérica, bajo la publicitada etiqueta del realismo mágico, la literatura se sumergió en el buceo obsesivo de un pasado mítico, en una reivindicación ideológica de los fantasmas de lo extinto. En nuestro país todos los relatos de las últimas dos décadas estuvieron signados por la presencia más o menos visible de las dictaduras militares, de la tragedia de los desaparecidos y de las distintas vicisitudes de la epopeya del peronismo. Esa narrativa nos propuso la asunción de una culpa, la conciencia de un fracaso, convirtiéndonos en prisioneros de la historia. Yo creo que el artista debe oponerse a la legitimidad de la historia. Mientras que las verdades que surgen del pasado nos sujetan y determinan, las que vienen del futuro nos liberan y nos exponen a las tormentas del extravío.

Por E. Symns

jueves, 12 de noviembre de 2009

Locos por los gatos


Ya amenazan el reinado de los perros. El fin de los prejuicios y las razones ocultas de un (renovado) amor incondicional.

A simple vista pareciera que los gatos llevan todas las de perder. Cargan con una fama ancestral de animal de mal agüero, desleal, poco obediente a las órdenes, pobre guardián y que ni siquiera confiere estatus a sus propietarios.

Pero aunque hay solamente 80 razas de gatos contra 5.000 de perros y fueron domesticados mucho más tardíamente que los canes, en Estados Unidos, China, Canadá y toda Europa, los gatos ya destronaron a los perros, y la tendencia sigue subiendo. En Estados Unidos hay unos 20 millones más de gatos que de perros, y un tercio de la población tiene al menos un felino doméstico. En Europa hay 47 millones de gatos y apenas 41 millones de perros. En Rusia la brecha a favor de los felinos es de 4 millones y en China, de 33 millones.

En la Argentina, pese a que la Cámara Argentina de Fabricantes de Alimentos Balanceados (CAFAB) calcula que hay 6,5 millones de perros contra 3 millones de gatos, la diferencia parece estar reduciéndose. En los últimos cinco años, se duplicó la producción de comida para gatos. Y el veterinario Rubén Gatti, miembro fundador de la Asociación Argentina de Medicina Felina (A.A.Me.Fe.), pronostica que los gatos van a igualar a los perros en el país. “Creo que es la mascota del futuro”, arriesga.
Charly García anuncia en una canción que, cuando ya se empiece a quedar solo, va a tener “una gata medio loca”. Un acierto de frase, porque “mucha gente cree que los gatos son locos e impredecibles”, como suscribe Sarah Wilson, autora del libro “Buenos amos, buenos gatos”. “Pero desde el punto de vista de un gato, estos comportamientos son completamente normales”, aclara. Por otra parte, las reacciones aleatorias e imprevistas de los gatos también les suman atractivo: no siempre juegan cuando queremos, y eso los hace más interesante que si siempre respondieran igual al mismo estímulo, como los perros.

Para la legión creciente de adeptos, los “michinos” son cariñosos, bellos, divertidos y se hacen entender. También son “estéticamente perfectos y maravillosamente elásticos”, resume, con cierta deformación profesional, el diseñador industrial Eric Tornquist. Desde el punto de vista instrumental, los gatos se articulan con los hábitos de una sociedad que destina cada vez más horas al trabajo y habita cada vez más en ciudades (en 1970, la proporción de la población urbana en la Argentina era del 78 por ciento y hoy ronda el 90 por ciento). Es una mascota de bajo costo; se adapta al espacio reducido de un departamento; si se lo deja solo, se dedica a dormir y no molesta a los vecinos con ladridos; no requiere que lo saquen a pasear para satisfacer sus necesidades fisiológicas (para eso existen las “piedritas sanitarias”); como tiene hábitos nocturnos, es un compañero alerta y divertido para quienes vuelven tarde del trabajo; y con buena alimentación llegan a vivir hasta 22 años.

“Los amo por bellos, por enigmáticos, por imprevisibles, por independientes, y porque lo saben todo”, enumera Alfredo Serra, redactor jefe de la revista Gente, quien junto a su esposa Mara conviven con las gatas Kiara, Lucy y Daisy. “Vienen sin que los llamen y se van a su aire. No son domésticos: son socializados. Pactan con nosotros, pero sin renunciar a sus leyes, a su puesto en el cosmos”, añade. “Los gatos tienen mística y magia. Y son más independeintes que los perros”, asegura por su parte Paula Lerma, fotógrafa, diseñadora de páginas web y dueña de la gata Hester. “El que no quiere a los gatos es porque no los conoce”, coinciden el comerciante Oscar Maldonado y la comunicadora Conz Preti, quien dice haber tenido desde patos hasta hamsters. Y que recién ahora tiene un gato, Vicente, que es súper mimoso y la llena de besos. “Es el gato menos gato que conozco”, bromea.

Otra razón cultural que propicia la expansión doméstica de los gatos es la tendencia a adoptar mascotas de menor porte. El Instituto Pasteur y la Federación Cinológica Argentina (FCA) coinciden en que año tras año hay mayor demanda de razas de perros pequeños, como chihuahuas, Yorkshire y caniches. Y de elegir un perro chico a elegir un gato… ¡hay sólo un paso! Roberto Méndez, presidente de la Asociación Felina Argentina, explica que creció la demanda de gatos de pedigrí. Los persas y siameses son los más requeridos, aunque también hay razas peculiares, como los birmanos y el llamado “gato de los bosques de Noruega”, en la Argentina desde el 2000.
La periodista Gaby Manuli cuenta que se pasó la vida diciendo que los gatos eran “unos seres inmundos”, hasta que aparecieron ratones en su casa y tuvo que pedirle prestado uno a una vecina. La convivencia forzada terminó en amor: “Ahora duermo con Jazmín, que se lleva bárbaro con mi Golden Retriever”, agrega.

Los especialistas, como el etólogo Ricardo Bruno, director del Instituto Veterinario Especializado en Comportamiento Animal (IVECA), sostienen que existe un “biotipo” del dueño de gatos que lo distingue de aquel que se lleva mejor con los ladridos. Una encuesta del INDEC indica que los gatos son las mascotas preferidas de los mayores de 50 y de los solteros que no tienen quién cuide el perro mientras trabajan. Ruth Zasloff, de la Universidad de California, encuestó a cien dueños de gatos y concluyó que los felinos brindan amor incondicional y una gran posibilidad de “conversación” e interacción social. La odontóloga Marisa Guillot asegura que su gata le habla con ronroneos y maullidos que aprendió a interpretar. “Es mi adoración: sin ella me muero”, sostiene.
En la edad media, como los gatos fueron diezmados por ser considerados animales diabólicos, proliferaron las ratas, y con ellas, la pulga que transmitió la peste bubónica o Peste Negra. La epidemia produjo la muerte de un tercio de la población europea en el siglo XIV. Después de semejante catástrofe, comenzó la reconstrucción de la imagen gatuna. Y su relación más positiva con la salud humana.

El psicólogo porteño Rubén Álvarez afirma que su gato es sensible a los malestares anímicos. “Atiendo en mi consultorio con el gato adentro, pero huye si percibe malestar o tensión en el ambiente. Él diagnostica a los pacientes conflictivos antes que yo”, dice, sonriendo. “Captan todo de una manera misteriosa”, sugiere la actuaria y proteccionista Liliana Muiño, quien le transmitió la pasión gatuna a su hija Lila.

Hay evidencias científicas que revelan la capacidad de los gatos de detectar problemas de salud, infartos o crisis de epilepsia de sus dueños antes de que pasen a mayores. La revista New England Journal of Medicine narró el caso de un gato mascota de una residencia para ancianos en Providence, Estados Unidos, que era capaz de detectar con una semana de antelación qué pacientes morirían: su olfato no falló en 25 casos. En la Universidad de California, se comprobó que 12 minutos diarios con una mascota mejoran la función pulmonar y cardíaca de pacientes hospitalizados por problemas de corazón. Un estudio más reciente de la Universidad de Minnesota sobre más de 4.000 personas constató que los dueños de gatos reducen en un tercio el riesgo de ataques cardíacos, un beneficio que, según los investigadores, podría estar ligado a un efecto de reducción del estrés.

Es una hipótesis atendible. El etólogo Bruno señala que está demostrado que quienes acarician a un gato disminuyen el pulso y la presión sanguínea, debido a la sensación de tranquilidad y placer que transmite el pelaje sedoso del animal.

“Desde que tenemos a Otto y Francisco, en casa no hay más estrés”, confirma la contadora Patricia Vior. “Es fabuloso ver cómo se relajan, durmiendo en cualquier posición. ¡Nos relaja a nosotros!”, añade, y dice también que Francisco “controla” de cerca su trabajo, “mirando la computadora como si entendiera todo”.
Desde los tiempos de Darwin, se sabe que la clave de la supervivencia es la adaptación. Los gatos lo aprendieron a la perfección. Aunque era un predador de hábitos solitarios y nocturnos, fue capaz de mantener cierta independencia controlada dentro del ámbito acogedor de la familia humana. Ladero ideal de científicos, intelectuales y artistas que precisan un compañero discreto y silencioso, muchas celebridades tuvieron gatos como mascotas: desde Franz Kafka y Ernest Hemingway (en su casa museo de Key West hoy viven sesenta, algunos de ellos descendientes de los que tenía el escritor) hasta Julio Cortázar, Osvaldo Soriano y Jorge Luis Borges, quien le dirigió un poema en el que dice: “En otro tiempo estás. Eres el dueño/ de un ámbito cerrado como un sueño”.

La aceptación creciente de los gatos como mascotas también fue cambiando el carácter del animal. “Hace veinte años teníamos que sujetar a un gato entre cinco para revisarlo”, afirman los veterinarios de la Asociación Médica Felina, “ahora toleran cualquier manipulación. Así como nosotros les tomamos más cariño y confianza, ellos hicieron lo propio con nosotros”.

Los gatos también aprendieron a hacerse los bebés, para despertar el instinto de protección humano. Hillary Feldman, del Departamento de Biología Integrativa de la Universidad de California, estudió el comportamiento de los gatos de echarse en medio del paso y panza arriba. En los felinos silvestres, sucede sólo entre cachorros o hembras en celo. Los adultos no lo hacen, salvo cuando un macho vencido muestra sumisión al líder. El gato descubrió que mostrar su panza nos parece adorable, y repite así la actitud de subordinación. Del mismo modo, los maullidos tienden a imitar la voz de bebés humanos, así como los ronroneos son un gesto de placer de los gatitos para con la madre, repetido con astucia por los adultos domesticados. Así logra manejarnos a su antojo.
En el programa “Animales al extremo”, de Animal Planet, los gatos figuran al tope de la lista de felinos asesinos, porque cazan por placer y no por hambre. Quizás el mayor placer de tenerlos en casa es haber convertido al mayor de nuestros predadores —el temible leopardo, el feroz león— en un peluche que ronronea cuando le rascamos la panza. Por fin logramos domesticar al tigre. Aunque lo más probable es que el gato nos haya domesticado a nosotros.

Por Ana von Rebeur para revista Newsweek

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El odio de las comparaciones

Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.

En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.

En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.

Por Margarita García Robayo, para www.criticadigital.com

martes, 10 de noviembre de 2009

Dosis de Mafalda

Escuela secundaria en debate: Escuela "exigente" vs. Escuela "flexible”

El Ministerio de Educación de la Nación ha decidido liderar un proceso indispensable de transformación de la Escuela Secundaria en Argentina. La Ley de Educación Nacional consensuó entre todos los argentinos la obligatoriedad de la misma para todos los adolescentes y jóvenes del país por considerar que se trata de un derecho y de una necesidad fundamental para todos ellos.
A poco de andar, la necesidad de enfrentarse con el problema del ingreso y de la permanencia de los adolescentes, especialmente los que vienen de sectores más pobres o empobrecidos, en la secundaria, ha generado un revuelo entre algunos sectores.

Se ha propuesto una cierto enfrentamiento entre lo que han llamado la escuela “exigente” vs. la escuela “flexible”.

Algunas voces se han levantado para criticar una iniciativa que imaginan busca hacer una escuela “fácil” para los adolescentes, para que, de esta manera, no abandonen. Entre las facilidades que suponen está el bajar las notas necesarias para aprobar las materias, que se pueda promocionar un año con muchas materias desaprobadas, que no se tome asistencia o no se contabilicen las faltas, entre otras medidas facilitadotas.

No hay nada más difícil que defenderse de aquello que no se piensa. Quienes están impulsando este proceso y quienes lo apoyamos somos personas con años de compromiso en la búsqueda de que los y las adolescentes de nuestro país puedan estudiar, puedan aprender y puedan crecer utilizando las herramientas que permiten el conocimiento, el trabajo con otros, y la formación en valores. No estamos proponiendo una escuela-boliche. Nada más lejos de nosotros que estafar una vez más a nuestros jóvenes. Queremos que aprendan, queremos que puedan estudiar, queremos que puedan disfrutar de ir a la escuela.

Pero debemos ir un poco más allá. ¿Qué están queriendo decir los que hablan de la “escuela exigente”? ¿Cuál es en realidad su propuesta? Porque si las exigencias que se proponen van más allá de las posibilidades objetivas de los alumnos, en realidad, lo que están planteando, es una “escuela imposible” y no una “escuela exigente”. La “escuela imposible” es también la “escuela filtro”, es decir, la escuela que pone a unos de un lado y a otros, del otro. Una escuela que, en el fondo, busca “segmentar” a la sociedad. Y allí estamos ante una profunda trampa: Algunos en realidad piensan a la escuela media como el momento en el que el sistema educativo termina de diferenciar claramente a los que serán dirigentes de nuestra sociedad de los que serán ciudadanos de segunda. Y, en el fondo, es a esta exigencia a la que no se quiere renunciar.

Pedagógicamente no veo ninguna ventaja en enseñar algo de manera “difícil” si es posible que se aprenda de manera más sencilla. No veo ninguna ventaja en que una propuesta educativa sea aburrida para que los jóvenes tengan que “esforzarse” más para aprender. Es verdad que el aprendizaje requiere esfuerzos. Pero no cualquiera ni de cualquier tipo. Si un alumno tiene que leer un texto básico y no lo tiene y no lo puede conseguir, tendrá por delante un esfuerzo por hacer si quiere aprender, que en realidad no debería ejercitar, al menos de manera habitual.

La exigencia debe provenir de la necesidad de esforzarse razonablemente y no de tener que enfrentar situaciones difíciles, o hasta imposibles, generadas por la burocracia escolar, las injusticias sociales, las diferencias y hasta las intolerancias culturales.

La propuesta educativa renovadora tiene que tener en cuenta a los alumnos reales a los que se orienta. Y hoy, en el siglo XXI, un valor fundamental es el reconocimiento y el respeto de la diversidad por sobre la homogeneidad y las hegemonías. Esto lleva a que la escuela y el sistema educativo deban ser exigentes, en primer lugar, consigo mismos. ¿Qué sentido tiene remarcar las exigencias respecto de los adolescentes y no hacerlo en mucho mayor medida con la escuela misma y con los adultos que con ella estamos involucrados?

Nuestro país, como casi hoy todos los países del mundo, necesita urgentemente generar procesos profundos de inclusión social y de participación activa de los adolescentes y jóvenes, particularmente de los más pobres. La transformación de la Escuela Secundaria es uno de los principales caminos que como sociedad tenemos para hacerlo. En la Escuela Secundaria que soñamos todos los adolescentes deben poder aprender. Pero no solo las “materias”, también las herramientas de construcción del conocimiento y las tecnológicas. Poder aprender a vivir con otros, a respetarse y respetar la diversidad, a construir proyectos de vida positivos para sí y para los demás, a encontrar los caminos para que nuestro mundo no colapse por la contaminación y las injusticias sociales.

Como me gusta señalar, fueron alumnos exitosos en las universidades más exigentes del mundo los que generaron el colapso financiero y la estafa más grande de los últimos 50 años dejando a millones de personas sin trabajo, aumentando el hambre en el mundo hasta llegar a los 1.000 millones de hambrientos y echando a la calle a miles de familias.

Estemos precavidos ante ciertos “éxitos” educativos que nos quieren vender algunos sectores. Los maestros que recordamos con mayor admiración y gratitud, no sólo fueron buenos respecto de su calidad académica. Sobre todo fueron buenas personas, honestas y comprometidas con la vida.
Quiero una escuela que cuando le habla a nuestros adolescentes y jóvenes de “triunfar en la vida” no se refiera a logros individuales a costa del sufrimiento de todos. Que no les enseñe “exigentemente” que prioricen el beneficio individual y desconozcan los desafíos del mundo en el que viven. Que les deje muy claro que más vale perder algo o mucho de lo propio antes de traicionar a sus hermanos y a su pueblo.
Eso es lo que yo quiero para todos nuestros adolescentes y jóvenes. Así es la escuela que yo elijo para mis hijos. Y respecto de esta escuela, confieso que sí, yo quiero ser muy exigente.

Prof. Alberto César Croce
Fundador y Presidente de la Fundación SES (Sustentabilidad-Educación -Solidaridad).(Argentina) . Educador popular y maestro.