jueves, 12 de noviembre de 2009

Locos por los gatos


Ya amenazan el reinado de los perros. El fin de los prejuicios y las razones ocultas de un (renovado) amor incondicional.

A simple vista pareciera que los gatos llevan todas las de perder. Cargan con una fama ancestral de animal de mal agüero, desleal, poco obediente a las órdenes, pobre guardián y que ni siquiera confiere estatus a sus propietarios.

Pero aunque hay solamente 80 razas de gatos contra 5.000 de perros y fueron domesticados mucho más tardíamente que los canes, en Estados Unidos, China, Canadá y toda Europa, los gatos ya destronaron a los perros, y la tendencia sigue subiendo. En Estados Unidos hay unos 20 millones más de gatos que de perros, y un tercio de la población tiene al menos un felino doméstico. En Europa hay 47 millones de gatos y apenas 41 millones de perros. En Rusia la brecha a favor de los felinos es de 4 millones y en China, de 33 millones.

En la Argentina, pese a que la Cámara Argentina de Fabricantes de Alimentos Balanceados (CAFAB) calcula que hay 6,5 millones de perros contra 3 millones de gatos, la diferencia parece estar reduciéndose. En los últimos cinco años, se duplicó la producción de comida para gatos. Y el veterinario Rubén Gatti, miembro fundador de la Asociación Argentina de Medicina Felina (A.A.Me.Fe.), pronostica que los gatos van a igualar a los perros en el país. “Creo que es la mascota del futuro”, arriesga.
Charly García anuncia en una canción que, cuando ya se empiece a quedar solo, va a tener “una gata medio loca”. Un acierto de frase, porque “mucha gente cree que los gatos son locos e impredecibles”, como suscribe Sarah Wilson, autora del libro “Buenos amos, buenos gatos”. “Pero desde el punto de vista de un gato, estos comportamientos son completamente normales”, aclara. Por otra parte, las reacciones aleatorias e imprevistas de los gatos también les suman atractivo: no siempre juegan cuando queremos, y eso los hace más interesante que si siempre respondieran igual al mismo estímulo, como los perros.

Para la legión creciente de adeptos, los “michinos” son cariñosos, bellos, divertidos y se hacen entender. También son “estéticamente perfectos y maravillosamente elásticos”, resume, con cierta deformación profesional, el diseñador industrial Eric Tornquist. Desde el punto de vista instrumental, los gatos se articulan con los hábitos de una sociedad que destina cada vez más horas al trabajo y habita cada vez más en ciudades (en 1970, la proporción de la población urbana en la Argentina era del 78 por ciento y hoy ronda el 90 por ciento). Es una mascota de bajo costo; se adapta al espacio reducido de un departamento; si se lo deja solo, se dedica a dormir y no molesta a los vecinos con ladridos; no requiere que lo saquen a pasear para satisfacer sus necesidades fisiológicas (para eso existen las “piedritas sanitarias”); como tiene hábitos nocturnos, es un compañero alerta y divertido para quienes vuelven tarde del trabajo; y con buena alimentación llegan a vivir hasta 22 años.

“Los amo por bellos, por enigmáticos, por imprevisibles, por independientes, y porque lo saben todo”, enumera Alfredo Serra, redactor jefe de la revista Gente, quien junto a su esposa Mara conviven con las gatas Kiara, Lucy y Daisy. “Vienen sin que los llamen y se van a su aire. No son domésticos: son socializados. Pactan con nosotros, pero sin renunciar a sus leyes, a su puesto en el cosmos”, añade. “Los gatos tienen mística y magia. Y son más independeintes que los perros”, asegura por su parte Paula Lerma, fotógrafa, diseñadora de páginas web y dueña de la gata Hester. “El que no quiere a los gatos es porque no los conoce”, coinciden el comerciante Oscar Maldonado y la comunicadora Conz Preti, quien dice haber tenido desde patos hasta hamsters. Y que recién ahora tiene un gato, Vicente, que es súper mimoso y la llena de besos. “Es el gato menos gato que conozco”, bromea.

Otra razón cultural que propicia la expansión doméstica de los gatos es la tendencia a adoptar mascotas de menor porte. El Instituto Pasteur y la Federación Cinológica Argentina (FCA) coinciden en que año tras año hay mayor demanda de razas de perros pequeños, como chihuahuas, Yorkshire y caniches. Y de elegir un perro chico a elegir un gato… ¡hay sólo un paso! Roberto Méndez, presidente de la Asociación Felina Argentina, explica que creció la demanda de gatos de pedigrí. Los persas y siameses son los más requeridos, aunque también hay razas peculiares, como los birmanos y el llamado “gato de los bosques de Noruega”, en la Argentina desde el 2000.
La periodista Gaby Manuli cuenta que se pasó la vida diciendo que los gatos eran “unos seres inmundos”, hasta que aparecieron ratones en su casa y tuvo que pedirle prestado uno a una vecina. La convivencia forzada terminó en amor: “Ahora duermo con Jazmín, que se lleva bárbaro con mi Golden Retriever”, agrega.

Los especialistas, como el etólogo Ricardo Bruno, director del Instituto Veterinario Especializado en Comportamiento Animal (IVECA), sostienen que existe un “biotipo” del dueño de gatos que lo distingue de aquel que se lleva mejor con los ladridos. Una encuesta del INDEC indica que los gatos son las mascotas preferidas de los mayores de 50 y de los solteros que no tienen quién cuide el perro mientras trabajan. Ruth Zasloff, de la Universidad de California, encuestó a cien dueños de gatos y concluyó que los felinos brindan amor incondicional y una gran posibilidad de “conversación” e interacción social. La odontóloga Marisa Guillot asegura que su gata le habla con ronroneos y maullidos que aprendió a interpretar. “Es mi adoración: sin ella me muero”, sostiene.
En la edad media, como los gatos fueron diezmados por ser considerados animales diabólicos, proliferaron las ratas, y con ellas, la pulga que transmitió la peste bubónica o Peste Negra. La epidemia produjo la muerte de un tercio de la población europea en el siglo XIV. Después de semejante catástrofe, comenzó la reconstrucción de la imagen gatuna. Y su relación más positiva con la salud humana.

El psicólogo porteño Rubén Álvarez afirma que su gato es sensible a los malestares anímicos. “Atiendo en mi consultorio con el gato adentro, pero huye si percibe malestar o tensión en el ambiente. Él diagnostica a los pacientes conflictivos antes que yo”, dice, sonriendo. “Captan todo de una manera misteriosa”, sugiere la actuaria y proteccionista Liliana Muiño, quien le transmitió la pasión gatuna a su hija Lila.

Hay evidencias científicas que revelan la capacidad de los gatos de detectar problemas de salud, infartos o crisis de epilepsia de sus dueños antes de que pasen a mayores. La revista New England Journal of Medicine narró el caso de un gato mascota de una residencia para ancianos en Providence, Estados Unidos, que era capaz de detectar con una semana de antelación qué pacientes morirían: su olfato no falló en 25 casos. En la Universidad de California, se comprobó que 12 minutos diarios con una mascota mejoran la función pulmonar y cardíaca de pacientes hospitalizados por problemas de corazón. Un estudio más reciente de la Universidad de Minnesota sobre más de 4.000 personas constató que los dueños de gatos reducen en un tercio el riesgo de ataques cardíacos, un beneficio que, según los investigadores, podría estar ligado a un efecto de reducción del estrés.

Es una hipótesis atendible. El etólogo Bruno señala que está demostrado que quienes acarician a un gato disminuyen el pulso y la presión sanguínea, debido a la sensación de tranquilidad y placer que transmite el pelaje sedoso del animal.

“Desde que tenemos a Otto y Francisco, en casa no hay más estrés”, confirma la contadora Patricia Vior. “Es fabuloso ver cómo se relajan, durmiendo en cualquier posición. ¡Nos relaja a nosotros!”, añade, y dice también que Francisco “controla” de cerca su trabajo, “mirando la computadora como si entendiera todo”.
Desde los tiempos de Darwin, se sabe que la clave de la supervivencia es la adaptación. Los gatos lo aprendieron a la perfección. Aunque era un predador de hábitos solitarios y nocturnos, fue capaz de mantener cierta independencia controlada dentro del ámbito acogedor de la familia humana. Ladero ideal de científicos, intelectuales y artistas que precisan un compañero discreto y silencioso, muchas celebridades tuvieron gatos como mascotas: desde Franz Kafka y Ernest Hemingway (en su casa museo de Key West hoy viven sesenta, algunos de ellos descendientes de los que tenía el escritor) hasta Julio Cortázar, Osvaldo Soriano y Jorge Luis Borges, quien le dirigió un poema en el que dice: “En otro tiempo estás. Eres el dueño/ de un ámbito cerrado como un sueño”.

La aceptación creciente de los gatos como mascotas también fue cambiando el carácter del animal. “Hace veinte años teníamos que sujetar a un gato entre cinco para revisarlo”, afirman los veterinarios de la Asociación Médica Felina, “ahora toleran cualquier manipulación. Así como nosotros les tomamos más cariño y confianza, ellos hicieron lo propio con nosotros”.

Los gatos también aprendieron a hacerse los bebés, para despertar el instinto de protección humano. Hillary Feldman, del Departamento de Biología Integrativa de la Universidad de California, estudió el comportamiento de los gatos de echarse en medio del paso y panza arriba. En los felinos silvestres, sucede sólo entre cachorros o hembras en celo. Los adultos no lo hacen, salvo cuando un macho vencido muestra sumisión al líder. El gato descubrió que mostrar su panza nos parece adorable, y repite así la actitud de subordinación. Del mismo modo, los maullidos tienden a imitar la voz de bebés humanos, así como los ronroneos son un gesto de placer de los gatitos para con la madre, repetido con astucia por los adultos domesticados. Así logra manejarnos a su antojo.
En el programa “Animales al extremo”, de Animal Planet, los gatos figuran al tope de la lista de felinos asesinos, porque cazan por placer y no por hambre. Quizás el mayor placer de tenerlos en casa es haber convertido al mayor de nuestros predadores —el temible leopardo, el feroz león— en un peluche que ronronea cuando le rascamos la panza. Por fin logramos domesticar al tigre. Aunque lo más probable es que el gato nos haya domesticado a nosotros.

Por Ana von Rebeur para revista Newsweek

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El odio de las comparaciones

Al que se inventó eso de que las comparaciones son odiosas se le olvidó decir que, sobre todo, son idiotas. Cuando no se trata de un recurso literario –tu pelo es como el sol brillante y tu cara, la luna llena–, el que compara casi siempre la pifia: decir X es como Y es igualar dos cosas que, por lo general, no son iguales y que, a veces, ni siquiera se parecen. Por eso, el que compara al garete queda mal, por no tomarse el trabajo de pensar en lo que está diciendo. Cuando el señor Marcelo Tinelli y la señora Georgina Barbarosa dicen que la Argentina es la nueva Colombia, refiriéndose al tema de la inseguridad, están haciendo bien de idiotas, porque todo el que se tome el trabajo de pensar un poquito concluirá rápidamente que la inseguridad argentina no tiene nada que ver con la colombiana y viceversa. En Colombia la violencia es, sobre todo, el resultado de una lucha de poder entre grupos organizados: guerrilla, paramilitares, narcos, Estado. Es un país que está en guerra desde hace demasiado tiempo y eso trae sus consecuencias. La mayoría de las víctimas, por ejemplo, tiene más que ver con los espacios donde la guerra sucede: mucho campesino indefenso, mucha gente de pueblo desplazada, mucho muchacho armado matando a otro muchacho armado.

En los últimos años, se han inventado proyectos y más proyectos para paliar los efectos de la guerra y en las ciudades más difíciles, como Medellín, los niveles de violencia bajaron estrepitosamente porque, por ejemplo, pusieron bibliotecas en las comunas (villas) donde los chicos se pasan el día leyendo o jugando o mirando cosas en la computadora en vez de andar por la calle pateando piedras. Está bien, ni Tinelli ni Georgina tienen por qué saber estas cosas, pero, en el momento de lanzar por los aires masivos de la tele la palabra Colombia, están obligados a averiguar un poco qué significa. En Colombia hay ciudades que están custodiadas por soldados y jamás escuché que Jota Mario Valencia (un Tinelli menos gritón) dijera: “Hay militares en la calle, luego, Colombia es la nueva Argentina”. Porque no tiene nada que ver y eso, por suerte, incluso la gente de la tele lo sabe.

En la Argentina, los violentos no son grupos organizados sino personas tan desorganizadas. Por lo que se ve, acá la inseguridad es, sobre todo, el resultado de un abandono casi absoluto de la clase baja por parte del Estado; es el niñito que sale a robar porque no va al colegio y porque vive en un barrio donde robar es tan legítimo como para un empleado irse a la oficina. En Colombia este tipo de cosas suceden, como acá cada tanto aparece un cargamento de cocaína y lo confiscan o se lo reparten o lo que sea, y eso no iguala ni asemeja a los dos países. Antes de mudarme a Buenos Aires nunca me habían atracado y acá, en cuatro años, me atracaron tres veces. Dos veces me sacaron un cuchillo, una vez me hablaron cerquita de la oreja y me dijeron “te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar”. Eso también es un recurso literario, se llama anáfora y a mí jamás se me ocurriría decir que: 1) la Argentina es más culta que Colombia porque los pibes chorros hacen poesía durante los atracos; 2) la Argentina es más violenta que Colombia porque me atracaron tres veces en cuatro años. Y, aunque podría conseguir muchas, pero muchas evidencias que lo comprobaran, tampoco se me ocurriría decir que: 3) en la Argentina, la gente habla sin pensar porque imitan a sus ídolos de la tele, que trabajan de lo mismo. Porque decir idioteces es fácil, pero también trae consecuencias. Pidan disculpas, Marcelo y Georgina: por su ignorancia, por su provincianismo y por su ligereza. Después, si les queda un rato libre, ilústrense un poco sobre lo que sucede en el mundo, más allá de la cuadra de su casa.

Por Margarita García Robayo, para www.criticadigital.com

martes, 10 de noviembre de 2009

Dosis de Mafalda

Escuela secundaria en debate: Escuela "exigente" vs. Escuela "flexible”

El Ministerio de Educación de la Nación ha decidido liderar un proceso indispensable de transformación de la Escuela Secundaria en Argentina. La Ley de Educación Nacional consensuó entre todos los argentinos la obligatoriedad de la misma para todos los adolescentes y jóvenes del país por considerar que se trata de un derecho y de una necesidad fundamental para todos ellos.
A poco de andar, la necesidad de enfrentarse con el problema del ingreso y de la permanencia de los adolescentes, especialmente los que vienen de sectores más pobres o empobrecidos, en la secundaria, ha generado un revuelo entre algunos sectores.

Se ha propuesto una cierto enfrentamiento entre lo que han llamado la escuela “exigente” vs. la escuela “flexible”.

Algunas voces se han levantado para criticar una iniciativa que imaginan busca hacer una escuela “fácil” para los adolescentes, para que, de esta manera, no abandonen. Entre las facilidades que suponen está el bajar las notas necesarias para aprobar las materias, que se pueda promocionar un año con muchas materias desaprobadas, que no se tome asistencia o no se contabilicen las faltas, entre otras medidas facilitadotas.

No hay nada más difícil que defenderse de aquello que no se piensa. Quienes están impulsando este proceso y quienes lo apoyamos somos personas con años de compromiso en la búsqueda de que los y las adolescentes de nuestro país puedan estudiar, puedan aprender y puedan crecer utilizando las herramientas que permiten el conocimiento, el trabajo con otros, y la formación en valores. No estamos proponiendo una escuela-boliche. Nada más lejos de nosotros que estafar una vez más a nuestros jóvenes. Queremos que aprendan, queremos que puedan estudiar, queremos que puedan disfrutar de ir a la escuela.

Pero debemos ir un poco más allá. ¿Qué están queriendo decir los que hablan de la “escuela exigente”? ¿Cuál es en realidad su propuesta? Porque si las exigencias que se proponen van más allá de las posibilidades objetivas de los alumnos, en realidad, lo que están planteando, es una “escuela imposible” y no una “escuela exigente”. La “escuela imposible” es también la “escuela filtro”, es decir, la escuela que pone a unos de un lado y a otros, del otro. Una escuela que, en el fondo, busca “segmentar” a la sociedad. Y allí estamos ante una profunda trampa: Algunos en realidad piensan a la escuela media como el momento en el que el sistema educativo termina de diferenciar claramente a los que serán dirigentes de nuestra sociedad de los que serán ciudadanos de segunda. Y, en el fondo, es a esta exigencia a la que no se quiere renunciar.

Pedagógicamente no veo ninguna ventaja en enseñar algo de manera “difícil” si es posible que se aprenda de manera más sencilla. No veo ninguna ventaja en que una propuesta educativa sea aburrida para que los jóvenes tengan que “esforzarse” más para aprender. Es verdad que el aprendizaje requiere esfuerzos. Pero no cualquiera ni de cualquier tipo. Si un alumno tiene que leer un texto básico y no lo tiene y no lo puede conseguir, tendrá por delante un esfuerzo por hacer si quiere aprender, que en realidad no debería ejercitar, al menos de manera habitual.

La exigencia debe provenir de la necesidad de esforzarse razonablemente y no de tener que enfrentar situaciones difíciles, o hasta imposibles, generadas por la burocracia escolar, las injusticias sociales, las diferencias y hasta las intolerancias culturales.

La propuesta educativa renovadora tiene que tener en cuenta a los alumnos reales a los que se orienta. Y hoy, en el siglo XXI, un valor fundamental es el reconocimiento y el respeto de la diversidad por sobre la homogeneidad y las hegemonías. Esto lleva a que la escuela y el sistema educativo deban ser exigentes, en primer lugar, consigo mismos. ¿Qué sentido tiene remarcar las exigencias respecto de los adolescentes y no hacerlo en mucho mayor medida con la escuela misma y con los adultos que con ella estamos involucrados?

Nuestro país, como casi hoy todos los países del mundo, necesita urgentemente generar procesos profundos de inclusión social y de participación activa de los adolescentes y jóvenes, particularmente de los más pobres. La transformación de la Escuela Secundaria es uno de los principales caminos que como sociedad tenemos para hacerlo. En la Escuela Secundaria que soñamos todos los adolescentes deben poder aprender. Pero no solo las “materias”, también las herramientas de construcción del conocimiento y las tecnológicas. Poder aprender a vivir con otros, a respetarse y respetar la diversidad, a construir proyectos de vida positivos para sí y para los demás, a encontrar los caminos para que nuestro mundo no colapse por la contaminación y las injusticias sociales.

Como me gusta señalar, fueron alumnos exitosos en las universidades más exigentes del mundo los que generaron el colapso financiero y la estafa más grande de los últimos 50 años dejando a millones de personas sin trabajo, aumentando el hambre en el mundo hasta llegar a los 1.000 millones de hambrientos y echando a la calle a miles de familias.

Estemos precavidos ante ciertos “éxitos” educativos que nos quieren vender algunos sectores. Los maestros que recordamos con mayor admiración y gratitud, no sólo fueron buenos respecto de su calidad académica. Sobre todo fueron buenas personas, honestas y comprometidas con la vida.
Quiero una escuela que cuando le habla a nuestros adolescentes y jóvenes de “triunfar en la vida” no se refiera a logros individuales a costa del sufrimiento de todos. Que no les enseñe “exigentemente” que prioricen el beneficio individual y desconozcan los desafíos del mundo en el que viven. Que les deje muy claro que más vale perder algo o mucho de lo propio antes de traicionar a sus hermanos y a su pueblo.
Eso es lo que yo quiero para todos nuestros adolescentes y jóvenes. Así es la escuela que yo elijo para mis hijos. Y respecto de esta escuela, confieso que sí, yo quiero ser muy exigente.

Prof. Alberto César Croce
Fundador y Presidente de la Fundación SES (Sustentabilidad-Educación -Solidaridad).(Argentina) . Educador popular y maestro.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Banderas de la patria más intensa



El fútbol es una patria más intensa que la patria misma. ¿Exageración rayana en la blasfemia? Para nada. Invito a comparar la cantidad de banderas que asoman durante las fechas patrias con la cantidad que aluviona en los mundiales.
Aparte de ser una patria, el fútbol es el espejo que mejor espeja violencias, exitismo y fracasismo, supersticiones camufladas en religión, racismo subcutáneo, creatividad y cierto individualismo a veces carnicero.
En la creciente literatura centrada en el fútbol, sucede que la mujer tiene presencia ocasional, apenas como elemento decorativo. Esto se me reveló un día que recuerdo por ser el primero del año: me desperté dictado por una ocurrencia: una mujer se vengaba del abandono de su marido futbolero metiendo una punta de fotos de jugadores famosos en el interior de la almohada matrimonial. Con esas presencias ocultas ella dormía y transfiguraba la rutina del sexo semanal. Digamos, la apoteosis del cornudo. Ahí, ese mismo día, advertí que en mi caja de juntar tenía el borrador a mano alzada de más de veinte cuentos de fútbol en los que siempre la mujer es eje y/o detonante. Acostumbro andar con un par de hojas dobladas, y un lapicito. Anoto sobre el pucho porque creo en la única virginidad, la de la palabra. Tal cual: de las narices me agarró el libro, y me dejé: y empecé la otra escritura, la que viene después de la ocurrencia dictada. Ahí estaba la mujer que debía resignar una parte sagrada de su cuerpo, como cábala-condición para que Racing terminara su malaria de décadas. Ahí estaba la partera que asesoró a una tal Dalma mes a mes, con peajes de todo tipo, para conseguir que cierta criatura naciera varón y un Mozart del fútbol, es decir, un Diego Maradona. Ahí estaba Borges, por única vez, asistiendo a un partido; y la madre narrándoselo al Sumo Ciego. Ahí estaba la mujer travestida, y la vengadora, y la compañera, y la inmolada. Ahí estaba la camionera "relatora de todas las Américas", inventando un campeonato perpetuo donde el fútbol vadea todas las injusticias: por fin los últimos serán los primeros.
Al final de mi travesía advertí que estas historias apuntan una y otra vez a lo que podríamos llamar "la pareja". Pero, la pareja emparejada: por el odio, por la pasión, por la venganza, por el amor de los amores. Adiós a la mujer víctima, relegada por el fútbol. Tendremos que asumirlo, así en la realidad como en la literatura, hacia esa pareja emparejada vamos, por fin. ¿Ésa será la revolución de las revoluciones? ¿Tendrá entonces la humanidad que barajar y dar de nuevo?
Yo no quise hacer un libro de cuentos de fútbol con mujeres como protagonistas, fue al revés: las historias me fueron brotando sin propósito sistemático. Y se dio. En algún momento, ante la aparición de la madre del "jugador más feliz de la Tierra", el reportaje mutó en ficción. No me resistí. En otro, el último día de la Raulito se transfiguró en poema. Tampoco me resistí. Me dejé, me solté del corsé de los géneros. Así, en las sucesivas escrituras de estas historias, me he sorprendido riéndome en voz alta. O, un par de veces, noté que el corazón me estrujaba la garganta. Quiero decir: que las he vivido no sólo desde mi laguito interior sino con el cuerpo entero.
No puedo precisar cómo ni cuándo me nació cada historia de este Perfume de gol : a veces detenido en un semáforo, o bajo la ducha, caminando mi barrio de Coghlan, en la antesala del dentista, en ese deslizamiento sinfónico de cada noche al compás del malbec de mi Luján de Cuyo.
Pero no todo se me dio como lloviendo café del cielo. A veces la abundancia de historias lo acorralan a uno. Pasó que mientras escribía me nacieron otras. Tenía que elegir: qué cuentos publicar en Perfume de gol y qué otros tantos dejar para otro libro. Culposo como soy, la elección se me hizo pesadilla. Cada vez que optaba por uno y apartaba otro me ruborizaba, mis tripas del alma entraban en cólico. Me encomendé al azar y decidí que mi perro, Manyín, me ayudara. Desparramé en el piso de mi escritorio la primera hoja de varios cuentos. Manyín alzó una, se la quité, alzó otra, se la quité y así sucesivamente completé la selección. Gracias por tu azar, querido Manyín.
Gocé el tejido de este libro tanto como un animal que encuentra su ojal cuando está en celo. Hay escritores que viven la pulseada de toda escritura sufriendo hasta lo insoportable. Otros sienten la felicidad del acto hasta cuando describen una tragedia aérea. Estoy entre éstos. Durante su gestación conté estos cuentos, pero casi no los di a leer. Dos amigos, buenos lectores, con diferentes palabras coincidieron: "Qué lástima que sean de fútbol". Elogio desasosegante. Prejuicio generalizado. Así como a la literatura para niños, a los cuentos de fútbol se los considera género menor, literatura de cabotaje. Pero mi desasosiego no cuajó en complejo. Pienso que un cuento vale por lo que vale y jamás porque su asunto sea más o menos prestigioso. La academia, el canon, los eruCditos, que en paz sigan descansando. Por lo demás, lo estéticamente popular no quita lo valiente. Dicho sea: creo que no falta tanto para que hablemos de la narrativa futbolística con la naturalidad con que hablamos de la fantástica o de la policial. La expansión de los cuentos de fútbol no es tan grande como la de la soja patria, pero es notable. Un síntoma de crecimiento: ya pululan hasta cuenteros de fútbol plagiantes, y con espectacular éxito de ventas.
Escucho preguntas: ¿Qué no debe faltarle a un cuento de fútbol? Respiración, la ética de la sintaxis y, si se escribe en castellano, que se note. Al cuento, como a la novela, al teatro, al ensayo y a la poesía, no debe faltarle poesía.
¿Poesía? Sí, eso. Pero no la confundamos con esa patética estafa que es el lenguaje poético. Digo poesía como actitud de riesgo, como punzada en la médula. Sin la presencia de ese pulso, el cuento de fútbol, o de lo que sea, dura mientras dura. Fallece con la última palabra.
Me di todos los permisos en este libro. Como dije, no fui detrás de la novedad del relato con la mujer como eje, ni hice el menor esfuerzo en escribir para expertos y amantes del fútbol: le abrí la puerta al siempre sabio azar. Me entregué desatado de pies y manos al registro del relato delirante. ¿Por qué? Porque el delirio nos permite, al menos, empatarle a una realidad que desde hace décadas insiste en desnucar al surrealismo. Estoy entre los que creen que el delirio se ha vuelto una herramienta prodigiosa, inevitable. A la hora de ficcionar, el delirio es un acto de salud, de justicia, y nos arrima a una ecuación decorosa: la irrealidad de la llamada realidad ya no supera por tantos cuerpos a la ficción.
Una confesión: lo sentí mientras urdía estas historias. ¿Sentí qué? Que cuando se escribe un cuento se es Dios por un rato. ¿Dios con mayúscula o con minúscula? Depende, si en la escritura uno salta sin red, es Dios. Si salta con red, es dios. Y si salta sin red y encima con los ojos vendados, entonces merece la mayúscula y un acento: es Diós.

Por Rodolfo Braceli para ADN Cultura

Escribir para siempre



Circula en algún medio electrónico un inquietante estudio wikipédico, que reza más o menos lo siguiente: “Las generaciones futuras no podrán reconocer la letra manuscrita”. Y luego agrega algo así, para meter miedo: “Ni siquiera entenderán para qué se escribía a mano, o cómo era una carta”.
Es muy difícil transformar en noticia algo que ocurre en plazos de –digamos– cuatro mil años. ¿Dónde está la primicia en eso? Bah, la pérdida de la letra manuscrita quizá ocurra en mucho menos tiempo, pero aun así este cambio en la escritura (que es análogo a muchos otros cambios de verosimilitud del mundo, que van de lo oral a lo escrito y de allí a lo binario) es difícilmente una novedad.
Un amigo muy culto me ha contado algo fabuloso. Hace algunas décadas, EE.UU. ensayaba sus pruebas nucleares en Nuevo México. Luego decidieron que era más prudente hacerlo en países invadidos. Pero parece que este estado ya está contaminado. El paquetón está enterrado y asegurado, pero esta basura nuclear estará activa aún cuatro mil años. ¡Cuatro mil años! El gobierno yanqui se hizo cargo y se comprometió a cuidar a la humanidad. Han tenido que garantizar ante Dios que nadie abra estas ojivas ni desentierre esta calamidad.
¿Qué hicieron? Carteles. Tecnología semiológica de alto voltaje. ¡Pero 4 mil años son las pirámides! Ya no estaremos más. Habrá otros humanoides, o cucarachas, o seres refinados venidos de Venus o Chascomús. ¿Cómo advertir a semejantes lectores, cuando parece que mis sobrinos ni podrán leer lo manuscrito, ni recordarán qué era? Del desierto emergen carteles en todos los idiomas conocidos. Tal vez en 4 mil años el mapuche sea la lengua del imperio y ya nadie recuerde qué quería decir danger en ignota lengua muerta. Así que hubo un congreso de semiólogos para resolver el dilema. ¿Qué señales durarán 4 mil años? Vean, si no, el fracaso de las pirámides: hasta Champolion fue imposible deducir qué decían, y si en los sarcófagos hubiera habido radiación en vez de momias y chuchería, ahora estaríamos todos muertos.
Parece que –además de textos de alarma– hubo que incluir íconos y dibujos, mensajes claros pero destinados a culturas desconocidas. (¿Qué mejor definición para esa rara práctica ancestral que se llamó “arte”?) Semiólogos expertos del mundo acordaron poner una reproducción de El grito, de Edward Munch: creen que allí donde fallen las palabras y la letra, el mensaje estará así muy claro. Y que lo podrá entender hasta una cucaracha despistada. Me tiembla el pulso. No se nota porque no escribo en manuscrita.

Por Rafael Spregelburd para Perfil

Jóvenes apuestan por la efectivización de sus derechos II

Luego del cierre de la Semana por los Derechos de la Juventud 2009, los más de mil jóvenes que participaron, redactaron un documento donde se da a conocer el resultado y los reclamos que surgieron del Encuentro.

Eje derecho al buen vivir: (trabajo, derechos humanos, medios audiovisuales, educación, vivienda, exclusión y pobreza)
- Generar programas vinculados a la inclusión social y económica de los y las jóvenes.
- Garantizar las condiciones necesarias de transporte, vivienda, red de agua potable para la inclusión educativa.
- Reformular la legislación vigente para garantizar el acceso a una vivienda digna.
- Construir y recuperar instalaciones gratuitas y espacios públicos para realizar deportes variados y para la recreación.
- Promover la reducción de la generación de residuos y fabricación de envases.
- Proteger los recursos naturales.
- Promover acciones de prevención y recuperación de adicciones.
- Promover una mayor participación de los y las jóvenes en los procesos de transformación de la educación secundaria.
- Fortalecer y reconocer los espacios educativos de gestión social, tales como las experiencias de educación no formal y de educación popular.
- Dignificar las condiciones de trabajo para todos y todas. Promover la organización colectiva de los/as trabajadores/as para el cumplimiento de los derechos laborales.
- Acercar a nuestros barrios, localidades y municipios las técnicas aprendidas en los talleres de serigrafía, mural, radio, fotografía y teatro de la Semana por los derechos de la Juventud.



PARA LA REALIZACIÓN DE NUESTRAS PROPUESTAS CONVOCAMOS:

- A los y las JÓVENES para escucharnos, compartir, comprometernos, exigir, reflexionar, respetarnos, integrarnos, organizarnos, debatir, aprender, participar, ser buenos compañeros, construir.
- A las ORGANIZACIONES SOCIALES para llevar adelante acciones de cumplimiento y exigibilidad de los derechos, como espacios de formación cultural, social y política de los jóvenes.
- A las EMPRESAS en el respeto de la legislación vigente y el compromiso con el desarrollo social.

Y RECONOCEMOS al ESTADO, a nivel nacional, provincial y municipal, como garante para el cumplimiento y efectivización de los derechos de todos y todas.