martes, 1 de septiembre de 2009

Una felicidad de cartón




Hace un tiempo me convocaron para que eligiera y describiera mi juguete preferido. De cuando era chico, claro. Y elegí, acaso pobremente, las figuritas. Las figuritas de cartón con las caritas de los jugadores de los equipos de fútbol de Primera, se entiende. Yo fui pibe y llené o traté de llenar álbumes en los años cincuenta, hace mucho. Y nada me apasionó tanto, me ilusionó, me sacó, me perdió más que esos cartoncitos. Es que por las figuritas conocí la ocasional felicidad pero también el descontrol, la ansiedad y el vértigo. Inauguré sentimientos inusitados: la impotencia, la envidia y el deseo irrefrenable de posesión que me llevaron al delito –el pecado, entonces– por primera y no promisoria vez. Las figuritas eran la pasión en estado puro.
El uso y disfrute de las figuritas no se puede comparar con el de otros juguetes de uso puntual y sostenido en las largas jornadas al aire libre de entonces: la pelota –de trapo, la Pulpo de goma o la excepcional de cuero, número tres– con la que rompíamos zapatos Gomicuer o zapatillas Pampero y Llavetex; los revólveres tipo Colt, de ineficaz cebita, para jugar a “los combóys” y disparar verbalmente o apuntar diciendo “camón” como en las películas de Randolph Scott; o los berretísimos autitos de plástico tipo TC “para preparar”, rellenándolos de masilla y con gomitas que oficiaban de amortiguadores y con los que corríamos grandes premios (éramos Gálvez, Ciani, Logulo, Navone, Menditeguy) por el cordón de la vereda, sin las ruedas delanteras, sustituidas por una cucharita deslizadora....
Las figuritas eran otra cosa. Había extrañamente –como en el caso de la bolita– un “tiempo de las figuritas”, en que aparecían repentinamente en el kiosco y en nuestras vidas primarias y nos enfermaban supongo que durante un par de meses o algo más. Se compraban en paquetitos que traían –creo recordar– cinco diferentes. Nuestros padres ya las habían coleccionado en su momento, hasta los años treinta más o menos, cuando salían con los chocolatines Aguila u otros. Pero en aquellos años cincuenta ya eran un objeto en sí, una mercancía autónoma con marca. La primera que recuerdo es Starosta. Tanto es así que al principio –al menos en el léxico de mi vieja, que era la que las financiaba– “estarostas” (sic) era sinónimo de “figuritas”. Como la Gillette (“yilé”) lo era de hojita de afeitar o la Gomina de fijador de pelo.
Las figuritas de entonces eran redondas, de cartón duro, y el álbum que debíamos llenar para poder canjearlo por una pelota número cinco era, por lo general, apaisado, con un equipo por página, empezando por los más populares. Y había más de once por equipo: titulares y algunos (pocos) suplentes. Las pegábamos con engrudo –harina y agua– y con el correr de las semanas el álbum engrosaba, ciertos desbordes o enchastres provocaban pegatinas indeseables.
Comprábamos figuritas y nos las jugábamos en la vereda, en casa y en los recreos de la escuela –había varios juegos: al puchero, a arrimar, al espejito– pero siempre apostando con las repetidas, porque no era sólo cuestión de tener muchas, como con las bolitas, sino un modo de ir completando la colección. Por eso, sobre todo las canjeábamos. Entre amigos o encarando a desconocidos al pie del kiosco: “¿Tenés figu? Te cambio”. Y uno las iba pasando mientras el otro decía, como en una letanía: “La tengo, la tengo, la tengo”, hasta que de pronto interrumpía: “Esa no”. Y ahí cambiábamos. Mano a mano o varias o muchas por una “difícil”. Lo interesante es que había un valor de cambio que nada tenía que ver con la importancia y popularidad de los jugadores. Labruna o Musimessi o Grillo podían ser “comunes” pero al cuatro de Tigre no lo tenía nadie. Era “la que me falta”; y por lo general, cuando terminaba misteriosamente el tiempo de las figuritas, nos quedábamos con ese vacío en el álbum y en el corazón.
Recuerdo haber llenado el álbum una sola vez. Fue en Mar del Plata, hacia 1956, supongo: a los once años canjeé mi álbum lleno por la ahuevada pelota sin marca reconocible pero “superball” (ya se inflaba con pico) eternamente amenazada –y finalmente ajusticiada– por los ominosos colectivos que subían y bajaban por Luro e Independencia.
En la carrera por completar el álbum el poder adquisitivo era fundamental y había quiénes –garcas privilegiados– se compraban o les regalaban “una caja” –“traen muchas repetidas” nos consolábamos como “la zorra” mientras la mayoría aspirábamos a rajuñar las monedas de los vueltos para comprar un paquetito como premio por un “mandado”. Pero a veces, sobre todo de muy chicos, la pasión y el deseo nos cegaban. No estábamos preparados para asumir las crudas reglas de la desigualdad económica–.
Así, recuerdo que la única literal paliza que me dio mi viejo antes de los diez años (y es inolvidable porque fue la primera de dos puntuales) fue por afanar plata para comprar figuritas. Tendría siete años, vivíamos en Lobería y no era una buena época en mi casa. Estábamos todos alterados. Me acuerdo todavía hoy. Debe haber sido en el ’53, porque jugaban Colman y Otero de “backs” en Boca.
A fines de los años setenta, ya con más de treinta, volví a comprar y coleccionar figuritas con mis hijos chicos. Me entusiasmaba yo tanto como ellos. Ahora solían llamarse “figus” o “cromos”, eran autoadhesivas, a veces de origen español y abarcaban rubros más amplios e internacionales. Estaban mejor impresas que aquellas berretadas fuera de registro de mi infancia.
Pero no me van a comparar.


Fuente: Por Juan Sasturain, para Página 12

lunes, 31 de agosto de 2009

Hay 34 mil chicos con problemas sociales, sólo 600 cometen delitos



Según informó el diario El Atlántico este lunes, “hay 34 mil chicos con problemas sociales, donde sólo 600 comenten delitos”. Sólo una pequeña porción está inmersa en el sistema penal y la mayoría de ellos son adictos”. Si esto parece grave, lo peor se informaba luego, donde el propio Adrián Lofiego, director de Niñez y Juventud del municipio, sostenía que la situación va empeorando en los últimos años.
Hace un tiempo escribí la siguiente editorial para la revista Afiches. Sabemos, tristemente, que las realidades en nuestro País, son demasiadas extensas en el tiempo.

“OJO LOS INOCENTES, QUE LA JUSTICIA ESTA BUSCANDO CULPABLES”

Recordé este graffiti por estos días. El debate por la inseguridad y el facilismo con que se lanzan frases hechas y estadísticas en torno a delincuencia y minoría de edad, es preocupante. Ante las desgracias, siempre hay alguien que, dedo índice arriba, está presto a hacer declaraciones y encontrar culpables. Las distintas instituciones que conforman nuestro Estado, siempre tienen algún vecino para descargar responsabilidad. “Que falla la Justicia, que no hay recursos para el combustible, que falta personal, que le corresponde a Provincia o que hay una puerta giratoria”, es algo de lo repetido por estos días. Repetido en distintos lugares y repetido en el tiempo, ya que es lo mismo que se dijo cuando hubo algún otro hecho violento. Lo cual indica que, en aquel momento, tampoco se hizo nada. O sea, hace tiempo que se habla de lo mismo y hace tiempo que no se dan respuesta o lo que se hace, sabe a poco.

Difícil el plantear, ante las circunstancias de hoy en día, que se analice el por qué y el cómo se llegó hasta aquí y de esta forma. La sociedad quiere respuestas y yo hablo de reflexión. Las instituciones y la dirigencia, bien gracias.
A ver, si los menores son los delincuentes, ¿por qué lo hacen? Si se drogan, ¿quién se las vende?, si roban electrodomésticos o cables a las empresas de servicio, ¿quién compra lo robado? Sólo para intentar ver todo el tablero.

La inseguridad tiene muchos más responsables que los menores que delinquen hoy en día.

Según se escucha, todos los delitos de hoy en día, son cometidos por menores. No debe haber un pibe que no lleve un arma encima, aparentemente. Lejos está en mí, el desconocer la realidad, pero entramos en una discusión tramposa al pensar que sólo bajado la edad de la imputabilidad de los menores se solucionan las cosas, o que colocando GPS a los taxis, se paran los robos.

Reynaldo Sietecases indicaba en una columna en estos días pasados que “Cuatrocientos mil chicos que no estudian ni trabajan. Esa cifra, en lugar de promover un debate profundo sobre la inequidad o una declaración de emergencia social con medidas urgentes apuntadas a la infancia, sólo generó propuestas para bajar la edad de imputabilidad y reclamos de mayor dureza judicial. Un estudio realizado el año pasado por el Barómetro de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina señala que seis de cada diez niños o adolescentes viven en hogares vulnerables; tres de cada diez se desarrollan en familias que no pueden atender su salud y cuatro de cada diez están en hogares que tienen problemas para alimentarlos. Cuatrocientos mil chicos que no hacen nada de nada. Con esa cifra es un milagro que los ataques no sean muchos más”.

Mientras se continúe suplantando una respuesta de fondo con medidas efectistas y discursos, seguiremos por este camino. Insisto, la inseguridad tiene mucho más responsables que los propios delincuentes de hoy en día.



Por Bernabé Tolosa

viernes, 28 de agosto de 2009

¿Cómo salvar al periodismo?

El periodismo está en crisis: corre el riesgo de perder aún más calidad y de convertirse en insustancial. Ha dejado de ser el gran negocio que era en los 90 y sigue en declive: caída de la venta de ejemplares y de publicidad. El periodismo bueno es caro. Si cae el negocio la primera víctima es la calidad: las empresas reducen costos en periodistas (talento) y en recursos (tiempo, herramientas, servicios).
Los diarios no tienen un gran futuro. No migran bien a Internet (su propia tradición es un lastre), y lo que allí ganan no llega a compensar lo que pierden en el papel. En Internet el periodismo tampoco es un gran negocio. Google vende publicidad en sus búsquedas: les ganó de mano a las empresas periodísticas que ya no pueden ser en la Web el potente vehículo publicitario que han sido en papel. Y si algún día llegaran a encontrar en Internet un modelo de negocios, es muy posible que el mercado esté tan atomizado que no permitirá la rentabilidad a la que estaban acostumbrados.
En Estados Unidos ya hay diarios importantes que han cerrado y muchos otros que están boqueando. La cadena Tribune, que publica Los Angeles Times, está al borde de la quiebra. En 2008, 15 mil periodistas fueron despedidos según el Pew Research Center. En estos siete primeros meses del año ya hubo 5.900 periodistas despedidos según la asociación que nuclea a los editores. Cifras tremendas: los diarios pierden corresponsales, especialistas, reducen sus coberturas especiales, cancelan los proyectos de investigación (me resulta muy fácil imaginar gente feliz con esta perspectiva). Y sí: el buen periodismo sale caro.
¿Cómo preservar entonces al buen periodismo en este momento de crisis cuando aún no se han generado nuevos modelos viables y eficaces? Este problema ya se discute en EE.UU. Los debates parten de que el periodismo es una herramienta imprescindible de la democracia. Si es bueno –ahí está la cuestión, claro–, es una herramienta para ayudar a controlar a los gobernantes, para defender los derechos de los más vulnerables, para ayudarnos a comprender y tomar decisiones. Etcétera.
El New York Times está estudiando convertirse en una entidad sin fines de lucro para recibir donaciones de particulares. Es el modelo de las universidades; reciben donaciones gigantescas y así cuentan con dos fuentes de ingresos: los aranceles y los intereses que esas donaciones producen invertidas en el mercado financiero. En la misma línea, ya existe una publicación –Pro Publica– sostenida por donaciones, que realiza investigaciones serias y profundas y las entrega en exclusividad a un medio; luego las pone en su propio sitio de Internet, a disposición de todos.
Otro modelo que se analiza es el de los medios públicos: la británica y prestigiosa BBC, sólo responsable ante su público, “libre de cualquier influencia política y comercial“, sostenida por un impuesto anual a la tenencia de televisores.
Cada modelo tiene sus pros y sus contras; y más si es llevado a la práctica y a la realidad de cada país.Tal vez el peor es el aplicado en Francia. Sarkozy aumentó el subsidio a los grandes diarios (600 millones de euros en tres años sobre los 280 anuales que ya recibían).
Acá las señales de la crisis de los diarios y del periodismo se ve ve en la caída de la circulación –sólo tuvo un respiro en 2005– y de la publicidad, especialmente la de los clasificados. Pero el debate está ausente. Un motivo: nuestra economía es menos compleja y dinámica y la crisis es más lenta. No hay despidos en los medios del país de la magnitud que tienen en EE.UU. (abundan en cambio los retiros voluntarios) ni han quebrado aquí diarios importantes. En síntesis: la crisis no tiene la gravedad que tiene en EE.UU y a nosotros no nos conmueve el largo plazo.
Pero hay otros presuntos obstáculos para debatir el tema. Hablar de calidad periodística y de la búsqueda de modelos alternativos en un clima enrarecido por la pelea del matrimonio Kirchner con Clarín es correr el riesgo de que el tema sea distorsionado, o simplemente desoído. Y hablar de medios públicos puede parecer una ingenuidad cuando nuestros llamados medios públicos hasta ahora no son nuestros ni públicos: son gubernamentales. Aun así creo que es imprescindible pensar estos temas. Porque la ausencia de debate no frenará la crispación; al contrario, le cede el terreno.
La idea es salvar al periodismo en su declive económico y en su incierta transición hacia el mundo digital. El diario ya no es el medio rey; ahora mandan los negocios vinculados con el espectáculo (por eso los Kirchner libran allí la pelea con Clarín). La idea no es salvar a los diarios sino al periodismo. Eso es una tarea estratégica para los periodistas (me parece que hay muchos indiferentes, y otros limitados a la queja), para los empresarios (limitados a su propio interés específico), las universidades (algunas, creídas de que el tema no les concierne o temerosas de recibir un “daño colateral“), y para los intelectuales y los políticos capaces de pensar más allá de la coyuntura y de las alineaciones automáticas.
Nunca habrá condiciones perfectas para este debate. Así que es mejor empezar ya. Porque la crisis del periodismo no va a terminar cuando cese la crispación, ni cuando remonte la economía. Tampoco se va a resolver sola.

*Periodista. http://www.robertoguareschi.com

Realidades de hoy




Fuente: www.miguelrep.blogspot.com

miércoles, 26 de agosto de 2009

Sobre el fallo de la Corte

La decisión de la Corte Suprema de Justicia, no significa que nos cruzaremos en cada esquina con alguien fumando marihuana. Sino, por el contrario, que no nos quedemos con el último eslabón de la cadena, el consumidor, quien es el que más padece y quien necesita tratamiento.
Nunca se persiguió al narcotraficante. Siempre los resultados de los operativos indicaban mayoritariamente consumidores de pequeñas dosis. Todos los recursos se desperdiciaron siempre en esto. Mientras se trabajaba alrededor de adolescentes o jóvenes que se fumaban algunos porros, los comercializadores y los grandes narcotraficantes la veían pasar.
¿Qué dice el fallo? Es claro y precavido. No fija limites, por ejemplo, de cuánto es el mínimo, pero si manifiesta que no se puede poner en riesgo a terceros. O sea, no es delito tener marihuana para el consumo personal, pero no lo puede hacer delante de terceros. Por otro lado, vale decir también que sembrar la hierba en su casa también es delito.
Pero lo que menos se ha dicho sobre el fallo, y quizás algo de lo más importante, es el pedido de normas y decisiones al Gobierno, para que creen una verdadera política criminal para perseguir a los narcotraficantes, como por otro lado, está comprometido nuestro País, bajo los tratados internacionales.

El Fiscal General en Mar del Plata, doctor Fabián Fernández Garello, me mostraba su preocupación de esta manera. “una de mis preocupaciones es que el centro del problema es que quedemos enredados en discutir o aclarar algo, que por otro lado se necesita que se aclare, pero que no levantemos la cabeza y que por mirar el árbol, como se dice, no miremos el bosque. El problema central es la entrada de droga a granel al País y que llega muy fácil a los barrios para su tratamiento y su consumo”.
Por otro lado agregó que “el poder Judicial no está para marcar una política a seguir, está para distinguir si hay alguna contrariedad con las leyes, para eso están los otros poderes. Como puede ser que lo que esté en el centro de la cuestión sea un fallo de la Corte, cuando la droga está entrando por aviones al país a la vista de todo el mundo”.

Hasta ahora se han desperdiciado esfuerzo, recursos e inclusive ahora, con esta discusión, se están desperdiciando también oportunidades. Esta ocasión puede llegar a utilizarse, independientemente de la postura sobre el fallo, como una buena oportunidad para discutir un tema, que hoy por hoy nos está pasando por arriba. Pasa por arriba a los fiscales que trabajan en esas causas, a los legisladores que muchas veces han mostrado no estar a la altura de las circunstancias, al Ejecutivo que tiene que decidir que políticas se aplican en torno a esto, a los padres, a la sociedad misma.
La idea es que no se desperdicie también esta oportunidad de discutir algo que la sociedad toda merece y que en algún momento se deberá dar. Ojala no perdamos esta ocasión también.

Bernabé Tolosa

A 60 años de ‘1984’





Hace sesenta años apareció en Londres la novela 1984, de George Orwell. En Inglaterra vendió 50 mil ejemplares en tapa dura y en EE.UU. se vendieron casi 400 mil ejemplares en el primer año. Hoy nadie sabe cuántos millones se vendieron en ediciones legales y piratas. La novela puede no ser la mejor literatura, pero es una de las que más han influido. Ha sido adaptada para la radio, la televisión y el cine, usada como texto de estudio, analizado y plagiado.
La fuerza de la novela surge de su lenguaje y de los giros que instaló en el uso diario, no tanto por su metáfora de una sociedad que combinaba lo peor de Hitler y de Stalin. El concepto de “gran hermano” está vigente en el discurso de la actualidad (para describir un grupo de personajes para quienes la ideología es irrelevante y el poder es todo), no tanto las ideas de la “policía del pensamiento” o el “nuevo idioma” (las dos últimas se usan con frecuencia en inglés), entre otras, pero son todos conceptos centrales de la imaginación popular que instaló 1984. Importante es que Orwell (seudónimo de Eric Blair, 1903-1950) no buscó pasarle una mano de bleque al socialismo, mucho menos al Partido Laborista inglés (como se insinuaba en los EE.UU.), y a ese efecto llamó a su abogado para dejar una declaración jurada.
Lo triste de tan formidable creación fue que Orwell sabía que se moría mientras escribía. Para lograr la novela, iniciada en 1948, se refugió en una choza húmeda en la isla escocesa de Jura, produciendo cuatro mil palabras por día en su incomprensible manuscrito que él mismo tenía que pasar a máquina luego. “La tragedia de la vida de Orwell fue que a un paso del éxito estaba moribundo”, escribió en 1961 su amigo y compañero de colegio, el crítico Cyril Connolly (1903-1974). La pulmonía, por entonces tan común, lo abatió seis meses después de aparecido el libro.
Se equivocó fiero en muchos de sus presagios de cómo estaríamos en 1984, 35 años después de la publicación. Pero eso no subestima la novela que en muchas formas cambió al mundo.

Por Andrew Graham-Yooll, para Perfil diario.
Fuente: www.perfil.com

martes, 25 de agosto de 2009

Ideas viejas. Mismos resultados

Insisten con cerrar todos los boliches en la provincia de Buenos Aires a la misma hora y temprano.
Esta medida lo impuso Eduardo Duhalde en su momento y ya no funcionó. Se trajo a debate no hace mucho y quedó en la nada. Ahora insiste el gobernador Daniel Scioli con esta medida.
Siempre me dio la sensación de ser una medida que viene a tapar la ineficiencia del Estado para controlar, por ejemplo, la venta de alcohol, la droga y la realidad de los jóvenes en la provincia.
Que queden en la calle a cierta hora, no garantiza nada. Es más, quizás hasta la empeore. Los jóvenes andarán por allí sin un sistema de transporte acorde, sin medidas de seguridad afines a la realidad de hoy en día y, tomando el fundamento principal del oficialismo, como me dijo alguien “los chicos consiguen y se drogan o toman alcohol, también de día”.

Las prohibiciones nunca funcionaron. Siempre se les encontró la vuelta para evitarlas. Estas medidas ya no funcionaron en la provincia. Es más, los propios padres se quejaban porque no sabían donde andaban vagando sus hijos por ahí, en lugar de estar en un lugar bajo techo con otros de sus pares.

“Esto es un problema mucho más complejo. Tiene que ver con una sociedad que tienen más aristas para analizar. Lo que hay que tener en cuenta es que no hay un solo fundamento y un solo punto donde trabajar”, me confió Adrián Lofiego, referente del área de la Niñez y Juventud del Municipio.
Acá se corre detrás de los problemas, siempre aparece la reacción, inmediatamente de una acción determinada. Pero nunca se conoce el planteo sobre como anticiparse.
No son tiempos fáciles los de hoy en día. La realidad nos pasa por arriba y la calle es una “picadora de carne para los chicos”, como dice un profesor amigo.
Dudo sobre una solución a muy corto plazo. Esto, lamentablemente, lleva muchos años ya de carrera y para revertirlo harán falta ideas y mucho trabajo.

Bernabé Tolosa