viernes, 15 de enero de 2010

Reflexiones sobre el amor

Uno se enamora cuando uno convierte a esa mujer, no en linda, inteligente y graciosa - eso lo es cualquiera- sino en única e irremplazable para su vida. El erotismo consiste en disfrutar de un fenómeno físico grato. Con el erotismo da lo mismo Juanita o María si están muy bien las dos. Con el amor no hay ninguna posibilidad de reemplazar a nadie. El amor sucede por razones misteriosísimas, no tienen que ver con el lomo ni la inteligencia que sirvieron para gestar una atracción. El amor es imposible de prever, sólo sucede. Es una sensación física. Se parece a una patada en el corazón dada desde adentro. Un golpe en el plexo solar. Hay una enorme sensación de temor a la pérdida de ese ser. Una enorme ansiedad antes de la consumación y después una ansiedad permanente porque el amor es peligro, es como estar parado en una piedra movediza. Por eso no sirve para nada el amor garantizado, cuando eso sucede estamos negando el amor en su esencia. El amor, a diferencia del erotismo, le da un carácter único a esa persona. Uno se enamora de alguien y esa persona es absolutamente irremplazable, pero para que funcione mejor ese carácter irreemplazable, uno mismo va agregando a la persona amada virtudes que ya no tiene del todo. En cierto modo el amor es un engaño concertado, los dos saben que el otro se hace una imagen superior a la realidad, pero admiten y fomentan ese engaño porque es preferible. Es el engaño el que enamora, pero no en el sentido de la traición, sino en el de dotarse uno, y dotar al otro, de virtudes supernumerarias. Una vida sin amor no vale la pena...Una raza de inmortales, a lo mejor no necesitaría del amor. Por empezar no necesitaría del acto de la procreación de manera que es posible que el amor no fuera necesario. Lo que reemplaza a la inmortalidad es el amor, seguro."Mi amor es un será o a veces es un fue, pero no pasa nunca por el es". Eso es siempre eso es siempre, uno se da cuenta de que ha sido feliz después. El amor es una cosa que sucede en el pasado o en el futuro, en el presente sucede el erotismo, pero el amor siempre es así, o fue o será. El amor es así, es fugitivo, es muy difícil. Cuando es no nos damos cuenta, lo vivimos como una cotidianeidad aburrida en cambio, cuando se fue, recién llegamos a la categoría de amor maravilloso. Uno se enamora de quien tiene poder sobre uno; naturalmente que las armas de ese poder son la belleza, la seducción, la tonicidad espiritual. Cuando uno ve una mujer que te dice "yo te voy a hacer sufrir", uno dice, caramba. Las mujeres que no pueden hacerme sufrir naturalmente no me interesan. El amor tiene un componente de dolor inevitable que, a mi juicio, está relacionado con su componente de goce. El que tiene la piel tan gruesa como para no sufrir, tampoco podrá gozar. El que tiene sensibilidad para gozar también la padecerá a la hora de sufrir.


Por Alejandro Dolina

miércoles, 13 de enero de 2010

Desafíos de la cultura narco

Asi como Roberto Arlt vislumbró en sus dos grandes novelas la madeja fascista que se cernía sobre las naciones jóvenes del Sur, la guerra contra las drogas y el narcotráfico impregna hoy buena parte de la literatura, sobre todo en Colombia y México, donde la cultura narco se ha infiltrado en todos los aspectos de la vida. Expandida como un virus, pone y derriba gobiernos, compra y vende conciencias, se toma la vida de las familias y ahora la vida de las naciones. La cultura narco es la cultura del nuevo milenio.
Cada vez que la imaginación parece aproximarse a una radiografía de los hechos, la realidad le saca ventaja con nuevas palabras que los diccionarios no alcanzan a definir. Todos los días las noticias arrojan cadáveres que se ordenan entre "decapitados" y "severamente mutilados"; los sicarios ya no tienen una patria, sino que las invaden todas: el cartel de Sinaloa tiene laboratorios en la provincia de Buenos Aires, las bandas que actúan en las sombras imponen guerras en las favelas de Río de Janeiro o en las villas de San Martín o Boulogne, donde a fin de año, y con diferencia de horas, hubo dos acribillados por el control de la venta de cocaína y marihuana. La traición, si se sospecha, se castiga con acciones mafiosas; si se prueba, con crímenes que traen más muertes, en una escalada de venganzas infinitas.
En su novela póstuma, 2666 , Roberto Bolaño relató en toda su crudeza y horror los asesinatos de mujeres en Santa Teresa, transmutación literaria de Ciudad Juárez, enclave fronterizo con El Paso, Texas, donde desde hace décadas gobiernan la violencia y la impunidad. Esas muertes narran un crimen continuo, una historia de nunca acabar. Un empresario poderoso que observa cómo su país está siendo minado por los narcotraficantes en complicidad con la corrupción del poder, decide ganarles "Siendo más criminal que ellos" en la última novela de Carlos Fuentes, Adán en Edén . La manera en que el dinero sucio del narcotráfico penetra en la sociedad provocó picos de rating en la versión para televisión de Sin tetas no hay paraíso , la historia en la que Gustavo Bolívar cuenta cómo una joven de 17 años se prostituye para comprarse pechos más grandes y así acceder al círculo de los traficantes. En La conspiración de la fortuna , Héctor Aguilar Camín dibuja el pueblo de Martiñón Agüeros, un capo del narcotráfico que condensa a cada uno de los pueblos y jefes narcos que con su beneficencia compran voluntades e hipotecan el alma de los más desfavorecidos. La lista viene amontonando títulos en sintonía con el ritmo en que avanzan la muerte y la corrupción por el continente: Rosario Tijeras, de Jorge Franco; La reina del S ur,de Arturo Pérez-Reverte; Balas de Plata , de Elmer Mendoza, o La virgen de los sicarios , de Fernando Vallejo son apenas unos pocos ejemplos con un denominador común: cada golpe al narcotráfico es devuelto con otro golpe aún mayor.
Es lo que le ha ocurrido al presidente Uribe en Colombia, y ahora a Felipe Calderón en México. Mientras tanto, se destruyen personas, familias, pueblos, culturas. Cada día se hace más evidente que la guerra no es la solución al problema y que la única vía posible es enfrentarlo desde la raíz, es decir, desde la despenalización del consumo.
Las inteligencias más lúcidas del continente insisten en que es imperioso llegar a un acuerdo de cooperación entre traficantes y consumidores. Cuando se rompan esos pactos siniestros de silencio y dinero, y los expendios de droga salgan a la luz del día, como el alcohol después de la ley seca, quizás hasta los propios traficantes descubran las ventajas de trabajar dentro de la ley y, al sentirse más seguros, irradien esa seguridad sobre las comunidades a las que comprometen.

Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION

martes, 12 de enero de 2010

“Hay muchos Cyranos dando vueltas”

Este verano la costa despierta sensaciones enfrentadas. Si por un lado es una alegría comprobar que las playas se llenan como nunca, también es verdad que los fenómenos masivos que causan fervor son un insulto a la inteligencia más rudimentaria. Será tarea de optimistas explicar por qué tantos deciden enterrar su autoestima bajo las babas de patetismo que deja tras de sí la figura omnipresente y ostentosa de Ricardo Fort. Pero a no desesperar, que existen trincheras: alguien –siempre quedará alguien– se sigue preguntando por el sentido de las cartas de amor, de los amigos y de la propia identidad. Manuel Callau es uno. Junto a un elenco multidisciplinario que canta, baila y utiliza títeres diseñados por Rep, el actor protagoniza Un mundo de Cyranos, suerte de barricada donde los que no se prenden en la pavada se sentirán menos solos.

“En la puesta, nos acercamos a un hombre que valoraba profundamente la ética y sufría la discriminación”, dispara el artista. A partir de la diferencia que marca su nariz, Cyrano se desgarra al no poder mostrar su amor por la bella Roxanne. Como es sabido, termina prestándole su talento al bello Christián, que concreta la conquista a partir de las innumerables cartas de amor que el narigón escribe en secreto para la muchacha.

–Pobre Cyrano. Hoy lo suyo tal vez se habría solucionado con una cirugía estética. Aunque pensándolo bien, ¿acaso no siguen existiendo narices que marcan la exclusión? ¿Narices espirituales, éticas y socioeconómicas?
–Definitivamente. Ahí es donde nosotros abordamos el tema de la diversidad. Fíjese que los mejores amigos de Cyrano también son “diversos”. Uno es un petiso y el otro un gordo. En escena, los representamos con muñecos manejados por actores. Cuando pasan determinadas cosas, aparece “el hombre que está detrás de la máscara”, la entidad íntima. La idea de un mundo de Cyranos es soñar con una sociedad en la que los distintos se sientan integrados y puedan mostrarse como son.

–¿Rescatar temas tan vinculados al Romanticismo del siglo XIX no implica el riesgo de caer en un discurso anacrónico?
–El texto de Edmond Rostand se estrenó en 1897 y se ubica dentro del neorromanticismo. ¿Dónde está el vínculo? Bueno, hoy también vivimos épocas en que sentimos la necesidad de reformular nuestros paradigmas. Cyrano tiene valores, se juega por ellos y no se vende, y eso lo hace indispensable. Asimismo –y por las dudas– hay un relator que va comentando lo que sucede. Esa presencia sirve para dar una mirada crítica alrededor de cada escena.

Casi todos los que sienten cariño por el espadachín de la nariz que llegaba “un cuarto de hora antes” suelen recordar cuándo oyeron hablar de él por primera vez. Para algunos fue la versión cinematográfica que protagonizó Gérard Depardieu y dirigió Jean-Paul Rappeneau a principios de la década del ’90. Otros asocian el nombre a hazañas teatrales de otros tiempos. Con cuarenta años de profesión, Callau pertenece a ese último grupo: “Supe de Cyrano en el ’69, cuando me escapaba para ver al actor Ernesto Bianco. Yo estaba trabajando en un espectáculo que iba antes, y siempre me quedaba en los camarines para ver su representación cyranesca. Quedé fascinado con su trabajo y ahí nomás me conseguí el libro”.

La versión libre que se ofrece esta temporada fue escrita y dirigida por Manuel González Gil, y ya ha cosechado un tendal de premios, amén del apoyo del Inadi. Participan la Camerata vocal de la Universidad Nacional de Mar del Plata y el Ballet de la Escuela Municipal de Danzas, con música en vivo y varios números de baile. “Nuestro principal interlocutor es la familia”, define Callau, que considera las vacaciones como una oportunidad para reconectar los lazos afectivos.

–¿Se siente solo quien rescata a Cyrano?
–No estaría tan seguro. Que ni siquiera se puedan enunciar sus ideas por miedo a quedar en ridículo –como probablemente quedo yo al defenderlas– no quiere decir que no exista gente que cree en lo que él significa. Estoy convencido de que hay muchos Cyranos dando vuelta.

–Lo que pasa es que se trata de un ser muy frágil. En el final de la vieja versión, por ejemplo, la desnudez emocional coincide con la muerte.
–Nosotros rescatamos ese monólogo final, en el que el tipo tira líneas muy potentes. “Si no triunfan las esperanzas de libertad, ¿qué esperanzas hay de gloria?”, dice, por citar una. En ésa lo acompañamos todos, y como colectivo de laburo apostamos a que también nos acompañe la subjetividad de la sociedad en la que trabajamos.

–Después está el tema del amor, que continúa siendo tan complejo como era en el siglo XVII...
–De hecho, a mí no me suena extraño lo que él opina al respecto. No tengo que recrear ninguna memoria emotiva para representarlo, lo cual no quiere decir que yo sea así. Lo que se ha modificado desde entonces es la caja de resonancia en que rebotan esas opiniones. Por lo tanto, se puede jugar a ver qué pasa si las expresamos otra vez, igual que en un juego.

–Y dijo alguien por ahí que “hay que aprender a jugar los juegos con la seriedad que se merecen, como hacen los niños”.
–Precisamente eso es ser actor.

–Pero muchos de los que curten su oficio están en otra vereda...
–Nuestro laburo está muy atravesado por la inestabilidad laboral. Como les pasa a ustedes los periodistas, las posibilidades aumentan en la medida en que uno se alinea con una “línea editorial”. El resultado es que prácticamente nadie se pregunta para qué mierda está trabajando. Los que indagan sobre ese sentido se convierten en “los problemáticos”. Si yo no lo hiciese, tal vez dejaría de ser revoltoso; pero lo que hago carecería de sentido. Es una porquería que nuestra actividad esté orientada solamente al consumo, y para ser honestos, ese alineamiento se da tanto en el teatro comercial como en el oficial. El arte es otra cosa. ¿Para qué sirve si no para recrear el imaginario social, que es en buena medida recrear la vida?

–¿Para mostrar el culo?
–Es infinitamente más que eso. Si nos emocionamos y nos reímos de las mismas cosas, quiere decir que compartimos un lugar en el mundo. Una identidad. Renovar esa identidad sin bajar línea es nuestra tarea. Supongo que cada quien podrá verlo con lo que hace. Como sea, la sociedad está pidiendo a gritos esa renovación. La violencia que vemos y vamos a ver tiene que ver con que estamos tardando en cambiar de paradigma.

En espera de ese cambio, es entretenido distraerse pensando a qué personajes de Un mundo de Cyranos se asemejan ciertas celebridades. Las actuales encarnaciones del éxito serían, sin dudas, diversas versiones de Christián, el galán sin ingenio. Pero en la obra, Christián finalmente sale de escena. Nada garantiza que la realidad sea tan generosa.

Fuente: Pagina 12

martes, 5 de enero de 2010

Periodistas

¿Colapsó el periodismo profesional? Hay fuertes indicios de que tal episodio esté sucediendo, o a punto de consumarse. Es una mirada que viene del norte, lo admito, pero los rasgos del fenómeno se detectan también entre nosotros. Quien sostiene en este momento en sus manos esta columna impresa en papel no debe ignorar que para los centros neurálgicos del negocio mediático, la comunicación digital se presenta como superior al periódico tradicional, en casi todos los rubros.
Más sustancial, todavía, o al menos ésa es mi sensación, vamos hacia lo que Mark Bowden denomina “un mundo post periodístico”. Denomina así a un conjunto de valores y prácticas para los que el sistema de la democracia es, por definición, sólo una batalla incesante entre políticos.
¿Qué tiene que ver este mapa de situación con la muerte del periodismo? Es el producto de una evolución que pone en el centro de las decisiones no la honesta y paciente recopilación de hechos y datos para que “el soberano” se informe y pueda tomar decisiones. Por el contrario, ese mundo post periodístico se va nutriendo, sobre todo desde y gracias a Internet, de un universo infestado de convicciones políticas un poco flojas de sustentos fácticos.
Bowden sabe de lo que habla. Periodista profesional nacido en julio de 1951 en Missouri, es hoy colaborador permanente de Vanity Fair, y fue redactor del clásico diario The Philadelphia Inquirer de1979 a 2003. Ganador de numerosos premios (el periodismo norteamericano está lleno de galardones serios, permanentes y rigurosos, que se otorgan hace décadas, sostenidos por iniciativas privadas, algo que no ofrece la proverbial menesterosidad del aldeano y egoísta periodismo argentino), Bowden ha escrito, además, para Men’s Journal, The Atlantic Monthly, Sports Illustrated y Rolling Stone. Su libro Black Hawk Down: A Story of Modern War, best seller a nivel mundial, fue la base de una película en 2001, dirigida por Ridley Scott. O sea, el tipo no es un mediocre resentido que sangra por las heridas. Se define, a los 58 años, como un viejo periodista que se lamenta de lo que denomina una profesión “moribunda”, la del periodismo.
Hay en este alegato una fibra de inexorable verosimilitud, que en mucho sigue de cerca la situación del propio periodismo argentino, donde se están desarticulando las redes de experiencia y trayectoria que le dan sustento a las fuertes organizaciones periodísticas. Junto con los ominosos esquemas laborales que aconsejan y producen racionalizaciones pragmáticas, pero necias, se va produciendo un inevitable adelgazamiento de la sustancia informativa.
No sólo la juventud es consagrada como un mérito en sí misma, sino que, por el contrario, una evidencia mundial es que en varias organizaciones noticiosas ese recambio generacional implica aceptar que las nuevas promociones no sólo desdeñan voluntariamente historias y densidades precedentes, sino que incluso verifican que sus exhibiciones de inmadurez e ignorancia son bienvenidas, por omisión al menos, por sus empleadores.
“Mientras los medios están despidiendo periodistas a carradas, astutos operadores políticos se lanzan vorazmente a llenar los vacíos”, afirma Bowden en su memorable ensayo The Store behind the Story, publicado por The Atlantic en octubre de 2009, una revista mensual que se publica desde 1857 y a la que estoy suscripto desde hace apenas 22 años.
En su artículo, Bowden se define como un viejo reportero que se formó como tal recorriendo la calle a pie. Definitivamente, tanto él, estrella de un periodismo grande, como quien firma, que labora en el sur profundo del planeta en condiciones mucho menos estimulantes, tenemos una identidad generacional parecida. Aunque empecé a teclear mis notas en una computadora allá por 1976, en la redacción de The Associated Press que quedaba en el 50 Rockefeller Plaza de Manhattan, me formé en Buenos Aires revisando archivos repletos de recortes de diarios. La palabra google podría haber sido usada, entonces, para comercializar goma de mascar y la computadora, sin Internet, no nos resolvía ningún problema.
Nadie puede negar que hoy, para sacar a un reportero a la calle, hay que llevarlo con la fuerza pública. Googlear, copiar y pegar se ha convertido en adicción tóxica, a la que nos cuesta escapar incluso a los veteranos. Lo que ha sucedido es que, además de ser una herramienta poderosamente democratizante de la actividad periodística, Internet va demoliendo el esquema de funcionamiento que durante décadas permitió la existencia de organizaciones noticiosas consagradas a publicar diarios y revistas y a sostener programaciones de radio y televisión.
En su reemplazo han ocupado espacio los medios devenidos en propietarios de bienes raíces. Eso son las radios, señales de cable y canales de TV que fueron reemplazando sus emprendimientos periodísticos propios para arrendar espacios de cuyos contenidos se desentienden.
Los medios gráficos nutridos de profesionales probados y sólidos se van poblando de personal joven, mucho más barato, pero naturalmente limitado por su inmadurez agraviante.
Aun cuando me hicieron periodista a los 19 años, mis primeros jefes fueron Rodolfo Pandolfi, Enrique Raab, Esteban Peicovich, Oscar Delgado y Edgardo Damommio, profesionales que sabían mucho e inspiraban un respeto temible.
La llamada “blogosfera”, que hoy parece convertir en periodista a cualquiera, va esmerilando esa constelación de sabiduría, prestigio y espesor que tipificaba unas redacciones donde había escalafones y valores. Razona Bowden: “El periodismo, correctamente ejercido, es enormemente poderoso, precisamente porque no procura el poder, busca la verdad. Los que renuncian a él para contrabandear productos o candidatos o partidos o ideologías disminuyen su propio poder. Se pierden la parte más divertida de este oficio”.
Quisiera ser tan luminoso como mi colega del Atlantic norteamericano. Vistas las cosas desde aquí, me temo que la propia idea fundante del periodismo se nos escurre de las manos.

Por Pepe Eliaschev para Diario Perfil

lunes, 4 de enero de 2010

¡Oh capitán, mi capitán!...

¡Oh Capitán, mi Capitán!
Terminó nuestro espantoso viaje,
El navío ha salvado todos los escollos,
Hemos ganado el codiciado premio,
Ya llegamos a puerto, ya oigo las campanas, ya el
pueblo acude gozoso,
Los ojos siguen la firme quilla del navío resuelto y audaz,
Mas ¡oh corazón, corazón, corazón!
¡Oh rojas gotas sangrantes!
Mirad, mi Capitán en la cubierta
Yace muerto y frío.
¡Oh Capitán, mi Capitán!
Levántate y escucha las campanas,
Levántate, para ti flamea la bandera,
para ti suena el clarín,
Para ti los ramilletes y guirnaldas engalanadas,
para tí la multitud se agolpa en la playa,
A tí llama la gente del pueblo,
a tí vuelven sus rostros anhelantes,
¡Oh Capitán, padre querido!
¡Que tu cabeza descanse en mi brazo!
Esto es sólo un sueño: en la cubierta
Yaces muerto y frío.
Mi Capitán no responde,
sus labios están pálidos e inmóviles,
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso, ni voluntad,
El navío ha anclado sano y salvo;
Nuestro viaje, acabado y concluido,
Del horrible viaje el navío victorioso llega con su trofeo,
¡Exultad, Oh playas, y sonad, Oh campanas!
Más yo con pasos fúnebres,
Recorreré la cubierta donde mi Capitán
Yace muerto y frío.


Walt Whitman

martes, 29 de diciembre de 2009

Los tres fantasmas

Días atrás tuve la oportunidad de ver "Los fantasmas de Scrooge", la pelicula basada en el cuento de Charles Dickens. la primer pregunta que me surgió fue si ¿era para chicos?, más que nada por los comentarios de los más chicquitos que tenían alrededor y no paraban de asustarse. Encima bajo el formato de 3D, aun era más oscura. Luego se presentaron algunas preguntas inevitables al final de la pregunta. Por eso me pareció acertado el comentario de Quintín este domingo en Perfil. El cual quiero compartir.

Los tres fantasmas

En 1843 Charles Dickens publicó A Christmas Carol, su Canción de Navidad, también traducida a veces como Cuento de Navidad. Desde entonces, en un caso de notable influencia de la literatura en la vida práctica, la Navidad adquirió el carácter de una festividad más espiritual que religiosa, consagrada a recordar que la paz y el amor por los semejantes son posibles, al menos una vez por año. Esto es así, sobre todo en los países anglosajones, mientras que el resto del mundo aprendió que la Navidad es más (y menos) que la fiesta de cumpleaños de un dios gracias al cine de Hollywood y sus historias en las cuales esa fecha es el centro de acontecimientos mágicos y conmovedores.
El cuento de Dickens es genial por muchas razones, pero uno de los rasgos más originales del relato es el descubrimiento de que el pasado y el presente son tan misteriosos –y también tan siniestros– como el futuro. Recordemos brevemente la trama. En la noche de Navidad, el avaro Scrooge recibe la visita de tres fantasmas. El primero le muestra navidades pasadas, cuando él no era aún el ser detestable y mezquino en el que se fue convirtiendo. El segundo le hace ver, como quien prenuncia que el infierno son los otros, lo bien que la están pasando los demás en compañía de sus seres queridos, mientras, él está a solas con su resentimiento. El último le anticipa una muerte sórdida en medio del desprecio unánime. En el último capítulo –el menos creíble, pero necesario para que el lector no muera de tristeza–, todo resulta un sueño y Scrooge decide reformarse. Lo que hace el cuento tan angustiante, lo que hace tan temible el futuro, no es que vamos a morir (Dickens se encarga de subrayarlo introduciendo en el relato la muerte pacífica de un chico enfermo) sino que el modo en que lo hagamos será un corolario de nuestra vida y que es tan horrible contemplarnos en el espejo de la anticipación como en el de nuestra olvidada historia y en el de la mirada de nuestros contemporáneos. Los tres fantasmas de Dickens son sólo uno, el de nuestra conciencia que intuye lo que no quiere saber, especialmente que todo pudo haber sido diferente, pero ya es demasiado tarde.
El último cuento de Navidad del que tuve noticia transcurre en Nazaret y es una película: El tiempo que queda de Elia Suleiman, que se exhibió en el Festival de Mar del Plata. Esta especie de saga familiar de un palestino de origen cristiano tiene más de un punto en común con A Christmas Carol aunque hay en ella un elemento completamente ajeno a Dickens, que es la Historia y su efecto sobre las biografías individuales. Pero también aquí los fantasmas del pasado y del presente construyen un futuro tenebroso. Lo que Suleiman ve en su infancia –a pesar de la activa militancia de su padre contra los ocupantes israelíes– es una convivencia posible entre adversarios que se desvanece a medida que envejece el extraordinario personaje de la tía, una antiheroína conservadora, pacata y golosa, que ocupa lentamente el centro del relato como testimonio casi impensable de una humanidad plena. Al mundo arcaico que la vieja representa, Suleiman le contrapone su variante moderna, representada por una escena de absurda cursilería frente a un arbolito luminoso, en la que una mujer chino-americana canta en karaoke un tema de Céline Dion. Es como si una dificultosa forma de relación entre los seres humanos hubiera dado lugar a un simulacro globalizado cuya contrapartida es el muro, la opresión a los palestinos y el odio sin remedio. La visión de Suleiman no satisface ni a los ocupantes de su tierra ni a quienes exigen su expulsión incondicional. Pero desde lejos, su Navidad puede ser tan emotiva como la de Dickens y, de paso, nos remite a nuestros propios fantasmas, a la pregunta sobre si lo que hicimos hasta aquí no nos llevó demasiado lejos en el camino hacia una discordia irreparable.