En una entrevista con lanacion.com, el periodista y escritor Jorge Lanata, aseguró que la Argentina está en "una instancia de transición que todavía no terminó"; "Tenemos todo lo que tendríamos que tener, pero igual fracasamos año tras año", evaluó
- ¿En qué pensás cuándo escuchas la palabra Bicentenario?
- Mucha dialéctica y poca realización. Estaría bueno hacer algo con el Bicentenario. Me da la sensación de que es una fecha vacía que estaría bueno llenarla de contenido.
- ¿Qué tipo de contenido?
- En general nosotros, como país, nos dedicamos a discutir estas fechas de manera simbólica y para nada práctica. Estaría bien discutir el Bicentenario desde otro lugar, diciendo qué cosas podemos hacer para integrarnos, para que esto realmente sirva para algo, para que sea el comienzo de algún tipo de proyecto y sacarlo de la discusión histórica y llevarlo a la discusión política concreta, coyuntural.
- Desde la Presidenta hasta varios dirigentes de la oposición intentaron instalar esta discusión desde la retórica?
- El problema es que no es sólo retórica. Estamos todos de acuerdo; todos tenemos buenas intenciones. Se cumplen 200 años ¡Uh, qué lindo! Es momento de preguntarnos cómo estamos 200 años después. Sería interesante saberlo. Vos fijate que en un país como éste no hay estadísticas. Ya empezamos mal con esa pregunta.
- Lo decís por el Indec?
- Estoy hablando más allá del Indec; el Indec también, pero no hay estadísticas o las que hay son muy malas. No estaría mal con ocasión del Bicentenario hacer un muestreo real para ver cómo estamos en todo. ¿Qué pasa con los chicos que toman menos leche en las escuelas? ¿Crecen menos? ¿Qué pasa con la desnutrición en Tucumán o el analfabetismo en Buenos Aires? Para llegar a algún lugar tenemos que ver de dónde salimos. Preguntarnos cómo estamos no es algo menor.
- Y ¿cómo estamos?
- Creo que los tiempos de los políticos y de los intelectuales son distintos a los tiempos de la gente. La gente tiene tiempos más lentos, pero inexorables. Cuando la gente cambia, cambia. Por ejemplo: me parece que costó 20.000 o 30.000 muertos y 10 años de dictadura, pero no va a ver otra dictadura. Las cosas van cambiando de manera muy lenta. Estamos en una instancia de transición que empezó en 2001 y todavía no terminó. Tenemos que tratar de hacer más democrática la democracia y no es un juego de palabras. Pasar de lo que llamaría Guillermo O´Donnell , una democracia de baja intensidad a una democracia de alta intensidad o real.
- En este recorrido, ¿cómo ves a las instituciones?
- Le falta a las instituciones. El reclamo de la grieta que se abrió entre la gente y la dirigencia en 2001 aún no se pudo cerrar. Está latente, subterráneo. Es lo que explica la crisis de partidos, que el radicalismo y el peronismo no existan. También explica esa crisis el menemismo, porque fue quien empezó a destruir la idea de partidos políticos. Eso, sumado a que los partidos dejaron de escuchar a la gente. El reclamo por el voto sábana, la truchedad en la elección, por cambiar las fechas, el cambio de domicilios; un motón de cosas formales está haciendo que por debajo esa duda que sé instaló en 2001 siga agrandándose cada vez más. Si ves los números desde 1983 para acá, cada vez va menos gente a votar. Esto sólo nos importa el día de las elecciones y después no se habla más, pero cada vez va menos gente. Es una gota cada vez más grande, esa gota es la expresión de ese sentimiento que va por debajo de la ruptura entre los dirigidos y los dirigentes.
- ¿Crees que es posible reeditar en la Argentina el Pacto de la Moncloa que hicieron los españoles?
- No sé si las experiencias son transmisibles de un país a otro. Los países son distintos y lo fundacional debería estar hecho por gente nueva, no vieja. Creo que escuchar a los viejos fundar algo nuevo es poco creíble. Si el hombre nuevo va a salir de un grupo de hombres viejos, estamos jodidos. Hay que buscar otra cosa. Cuando la gente decía "que se vayan todos", quería decir que se vayan todos. Sé que no es practicable pero, ahora, tratemos de acercarnos a eso.
- ¿Crees, como se ha dicho, que estamos condenados al éxito?
- No sé si alguien puede estar condenado al éxito. Hasta ahora estuvimos bien condenados al fracaso. Digo, tenemos todo lo que tendríamos que tener y sin embargo fracasamos año tras año, generación tras generación. El problema de la Argentina es claramente un problema de la dirigencia. La Argentina no es buena ni mala en sí, es potencialmente un país increíble que nunca funciona.
- ¿Por qué nunca funciona?
- Se dice que es porque `está lleno de argentinos´, pero los argentinos tenemos distintas responsabilidades. No es lo mismo la responsabilidad de un tipo que vive en la Villa 31 que la de [Eduardo] Duhalde. No es igual. No quiero justificar todo ni victimizar a nadie en particular, pero no es lo mismo. Si un nene come menos cuando es chiquito, es menos inteligente cuando es grande. Ese pibe no tiene la misma responsabilidad que el que va y firma un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Insisto, no es lo mismo. Ahora, que nuestra crisis viene de la dirigencia no tengo dudas. La gente que no puede comer no fue la que nos cagó.
- ¿Cómo se cambia esa realidad?
- Una manera de renovar la clase política es terminar con las reelecciones. Es una manera de decir que cambien. El tipo es bueno, ya vendrá otro que pueda ser bueno también, nadie es imprescindible.
- ¿Por qué el hambre o la pobreza están fuera de la agenda?
- El tema del hambre es un tema que está fuera de la agenda porque no es popular, no trae rating, no suma. La gente que está fuera del sistema no le importa el sistema, tampoco le interesa el clientelismo. Además, porque hay una responsabilidad directa muy grande del poder en todo esto, todos saben que se puede arreglar y nadie hace nada para arreglarlo, no es que no sea posible arreglarlo.
- Faltan políticas de Estado de largo alcance?
- Uno de los problemas que tenemos en términos políticos es la falta de liderazgo, no hay líderes. Un ejemplo es lo que pasó con la ley de radiodifusión y el fútbol: el Gobierno venía de menos que cero, de perder una elección contra nadie [por Francisco de Narváez], porque no le ganó [Charles] de Gaulle, le había ganado nadie. Venían de perder con nadie en un momento que todos pensábamos bueno, se quedarán o no, llegarán a fin de año o no. Desde ese lugar, desde la Base Marambio, el Gobierno retomó la iniciativa política, le cambió la agenda a la oposición, los forreó con el tema del diálogo, los dejó pagando y empezó a construir para otro lugar, para el que nadie estaba mirando. Eso demuestra, más allá de lo que se piense de él, que Kirchner todavía es un líder y los otros no lo son.
- ¿Te gusta el camino que tomó el Gobierno?
- No sé a dónde vamos. Creo que Kirchner lo que está haciendo, a pesar de que fue muy hábil para recomponer su escena, es confundir su escena con el resto de la realidad. Hoy le diría a Kirchner que lo único que está pasando no es la ley de radiodifusión y el fútbol. Ojo, si él confunde la realidad con eso, estamos en un problema. Estamos hablando de eso, pero a la vez volvimos al FMI, aumenta la desocupación, la situación económica es cada vez más artificial, está habiendo problemas con los gremios. O sea, está pasando todo lo otro y todo lo otro hoy parece que no existe porque sólo existe lo que Kirchner tiene como obsesión y ahí es donde creo que se equivoca y ese va a ser el error de Kirchner.
- ¿Qué recuerdos tenés de los festejos por el 25 de Mayo?
- Actos aburridos en el colegio. Se han ocupado por enseñarnos la historia de una manera bastante vacía. Es una lástima, porque con los años uno aprende que hay una historia, que uno forma parte de algo, que es muy confuso, pero que está. Que hay una nación que se llama Argentina, que busca crecer, que está en pelea todo el tiempo, pero son todas cosas que uno descubre después de los 40, no antes. En el colegio no nos cuentan esas cosas.
- Uno de los objetivos de los comunicadores es llegar a la mayor cantidad de audiencia. Si pudieras hablarle a todos los argentinos, ¿qué les dirías?
- El otro día en una charla una señora me preguntó: "¿Usted está pidiendo que hagamos algo que no vamos a ver?". Y le contesté que entendió perfecto. A ver si se entiende lo que pregunto: ¿Nos animamos a hacer algo trascendente? Si la respuesta es sí, este país puede cambiar en treinta o cuarenta años; si la respuesta es no, no le demos más bola a este tema y vámonos o no nos calentemos más por este asunto. No vamos a cambiar el país en 15 minutos.
- ¿A qué te referís con algo trascendente?
- Algo que nos trascienda, algo cuyo resultado no vamos a ver. Hubo momentos en los cuales este país se pensó así: Manuel Belgrano, Mariano Moreno, José de San Martín Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento, lo pensaron así. Pensaron un país para los próximos 50 años y sabían que no iban a estar para verlo. Si nosotros hacemos una apuesta trascendente por el país que implique el sacrificio de decir no lo vamos a ver, esto a lo mejor cambia.
- ¿Qué habría que hacer?
- Primero tenemos que asociar la idea de cambio con la idea de trabajo, acá pensamos que las cosas cambian sin que nadie se esfuerce y no es así. La única manera de cambiar las cosas es laburando. Para que cambien, no hay otra manera. Y eso lleva tiempo, no un año o dos, sino 10, 20, 30 años. Le diría a la gente que no seamos hipócritas cuando pedimos que el país cambie, que sepamos que los cambios verdaderos son lentos y llevan tiempo, pero que nos preguntemos si realmente estamos dispuestos a enfrentarlos y si no, no jodamos más.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
martes, 24 de noviembre de 2009
declaración universal de derechos de las personas mayores
¿Por qué es necesaria una declaración universal de derechos de las personas mayores?
Durante el siglo XX se inició en América latina un proceso de envejecimiento de la población que, lejos de revertirse, se profundizará: en 2050 las personas mayores de 65 años serán más numerosas que las menores de 14.
El alargamiento de la vida humana es, sin duda, un logro para los países, pero también se convierte en un desafío, ya que requiere de la adaptación de los sistemas sociales y de salud, para que todos los ciudadanos puedan vivir con dignidad hasta el final de sus vidas.
En América latina, a diferencia de lo que sucedió en Europa, el envejecimiento de la población se está produciendo en situaciones de desigualdad social. Por eso hay que velar porque los recursos se distribuyan con equidad y transparencia entre los diversos grupos sociales.
Varios organismos internacionales y gobiernos de esta región están procurando avanzar en una convención internacional que reconozca los derechos humanos de los adultos mayores.
Esta medida ayudaría a dar más visibilidad, a respetar y proteger a este grupo, a incluirlos en las políticas públicas y en las legislaciones.
También serviría para evitar toda forma de discriminación o maltrato, a cambiar la imagen social del adulto mayor y a entender los problemas del envejecimiento no como un tema de índole privada, sino como una cuestión publica que compromete a la sociedad.
Una convención bajo el marco de las Naciones Unidas es un acuerdo que obliga a los países a hacer lo que allí se compromete. Y resta mucho por hacer, porque con esto solo no alcanza. Hace falta una sociedad civil organizada y comprometida, pero para eso se deberán producir algunos cambios.
En primer lugar, las personas mayores deberán asumir su identidad mayor y organizarse para exigir sus derechos. En segundo lugar, las organizaciones existentes deberán reconvertir sus acciones, hasta ahora recreativas, hacia nuevas formas más efectivas de participación social.
Por último, otras ONG deberán sumarse para lograr la construcción de una sociedad para todas las edades. Porque no es la edad lo que produce vulnerabilidad, sino la precariedad de los mecanismos de protección hacia un grupo del que todos, en el mejor de los casos, llegaremos a formar parte algún día.
Silvia Elena Gascón
Directora de la maestría en Gestión de Servicios de Gerontología de la Universidad Isalud, para www.hacercomunidad.org
Durante el siglo XX se inició en América latina un proceso de envejecimiento de la población que, lejos de revertirse, se profundizará: en 2050 las personas mayores de 65 años serán más numerosas que las menores de 14.
El alargamiento de la vida humana es, sin duda, un logro para los países, pero también se convierte en un desafío, ya que requiere de la adaptación de los sistemas sociales y de salud, para que todos los ciudadanos puedan vivir con dignidad hasta el final de sus vidas.
En América latina, a diferencia de lo que sucedió en Europa, el envejecimiento de la población se está produciendo en situaciones de desigualdad social. Por eso hay que velar porque los recursos se distribuyan con equidad y transparencia entre los diversos grupos sociales.
Varios organismos internacionales y gobiernos de esta región están procurando avanzar en una convención internacional que reconozca los derechos humanos de los adultos mayores.
Esta medida ayudaría a dar más visibilidad, a respetar y proteger a este grupo, a incluirlos en las políticas públicas y en las legislaciones.
También serviría para evitar toda forma de discriminación o maltrato, a cambiar la imagen social del adulto mayor y a entender los problemas del envejecimiento no como un tema de índole privada, sino como una cuestión publica que compromete a la sociedad.
Una convención bajo el marco de las Naciones Unidas es un acuerdo que obliga a los países a hacer lo que allí se compromete. Y resta mucho por hacer, porque con esto solo no alcanza. Hace falta una sociedad civil organizada y comprometida, pero para eso se deberán producir algunos cambios.
En primer lugar, las personas mayores deberán asumir su identidad mayor y organizarse para exigir sus derechos. En segundo lugar, las organizaciones existentes deberán reconvertir sus acciones, hasta ahora recreativas, hacia nuevas formas más efectivas de participación social.
Por último, otras ONG deberán sumarse para lograr la construcción de una sociedad para todas las edades. Porque no es la edad lo que produce vulnerabilidad, sino la precariedad de los mecanismos de protección hacia un grupo del que todos, en el mejor de los casos, llegaremos a formar parte algún día.
Silvia Elena Gascón
Directora de la maestría en Gestión de Servicios de Gerontología de la Universidad Isalud, para www.hacercomunidad.org
lunes, 23 de noviembre de 2009
martes, 17 de noviembre de 2009
Lo bello
“Yo se que este filete no existe. Que cuando me lo llevo a la boca, la Matrix me esta diciendo a mi cerebro que es jugoso y que esta delicioso…”
The Matrix. 1999
¿Qué es lo bello? ¿Lo decido yo o alguien o algo me está indicando qué debo considerar bello? ¿O ambas cosas a la vez?
Para Charles Baudelaire, lo bello tiene que ver siempre con una doble composición. Pero la impresión que genera es univoca. O sea, el que decide soy yo. Pero no descarta que distintas circunstancias, como la época o la moda le digan a mi cerebro que es agradable o delicioso. Pareciera que hoy en día, esta última opción tuviese más protagonismo.
Decir que lo bello o lo feo tiene que ver con las épocas o culturas donde se mencionan, no es nada novedoso. Siempre se los intentó definir desde algo estático. Por consiguiente, creo que lo bello o lo feo depende del momento y los parámetros en que se tomen. Al decir de muchos, “la belleza y la fealdad depende de la época y de las culturas, lo que era inaceptable ayer pudo convertirse en lo aceptado de mañana y lo que se considera feo puede contribuir, en un contexto adecuado, a la belleza del conjunto”.
Ejemplos tomados del arte: En el cine, ¿cómo se explica que un ser como ET, el extraterrestre pueda resultar lindo, logrando inclusive cambiar el sentido de los extraterrestres en el cine?. O para otros, ¿cómo puede resultar agradable a la vista una pintura, que quizás a otros les parece oscura o sin sentido? ¿O qué decir del arte moderno realizado sobre líneas o con animales?
Lo que se dice bello nos rodea. Lo apreciamos por la razón o por los sentimientos. O ambas a la vez. Pero a no confundir belleza con practicidad. Lo bello se siente dentro de uno. Se podrá obtener con razones, pero ese primer instante de captación es interno y sentido. Es en el espíritu. Eso es lo que hace que para cada uno de nosotros, haya algo bello en particular. Se puede coincidir, pero no es siempre por los mismos motivos.
La diferencia que noto con lo sublime tiene que ver también con el espíritu. Algo bello nos regocija interiormente en un primer paso. Lo sublime, primero te empequeñece, luego te pierde.
Existe una gran mayoría a la que le resulta “bello” que le digan que debe considerar bello. Sabiendo inclusive que no les gusta, aceptan por distintos motivos, que les ordenen a su cerebro que es lo lindo.
Pero ¿se puede contra el don humano de la belleza y su espíritu?. Creo que a uno no le gusta una cosa u otra porque sí. Uno busca, quizás hasta inconscientemente, “ESA” cosa.
Esto me lleva a Sócrates. En el Hipias se pregunta ¿Existe la belleza en si misma?. Primero dirá que sí, para luego decir que no. Pero creo que un debate es sobre la belleza y otro es sobre lo que nos parece bello a nosotros. Benedetto Crocce sostendría mucho más tarde que en la naturaleza hay lo que hay, existencia. La belleza está sólo en lo humano.
Creo que aquí es donde interviene el espíritu de la humanidad. No sé si hay eso que llaman belleza en la naturaleza, quizás sea otra discusión, pero si creo que nuestro espíritu hace que, por distintos motivos, lo veamos bello. Inclusive quizás hasta más tarde, no lo veamos de esa manera, quizás en otros tiempos lo consideremos distinto. Si a esto le sumamos que cuando el hombre crea, crea belleza. ¿Qué más se puede decir?. El espíritu, si se quiere, es aquel que ordena a mi cerebro, a mi alma si se me permite, sentir la belleza de algo. Sea al crearlo, sea al contemplarlo. Hasta quizás sepa uno que ese ALGO no existe. Que cuando lo veo sólo me gusta a mi. Pero en ese momento, ese ALGO está hecho para mí y mi espíritu.
Bernabé Tolosa
The Matrix. 1999
¿Qué es lo bello? ¿Lo decido yo o alguien o algo me está indicando qué debo considerar bello? ¿O ambas cosas a la vez?
Para Charles Baudelaire, lo bello tiene que ver siempre con una doble composición. Pero la impresión que genera es univoca. O sea, el que decide soy yo. Pero no descarta que distintas circunstancias, como la época o la moda le digan a mi cerebro que es agradable o delicioso. Pareciera que hoy en día, esta última opción tuviese más protagonismo.
Decir que lo bello o lo feo tiene que ver con las épocas o culturas donde se mencionan, no es nada novedoso. Siempre se los intentó definir desde algo estático. Por consiguiente, creo que lo bello o lo feo depende del momento y los parámetros en que se tomen. Al decir de muchos, “la belleza y la fealdad depende de la época y de las culturas, lo que era inaceptable ayer pudo convertirse en lo aceptado de mañana y lo que se considera feo puede contribuir, en un contexto adecuado, a la belleza del conjunto”.
Ejemplos tomados del arte: En el cine, ¿cómo se explica que un ser como ET, el extraterrestre pueda resultar lindo, logrando inclusive cambiar el sentido de los extraterrestres en el cine?. O para otros, ¿cómo puede resultar agradable a la vista una pintura, que quizás a otros les parece oscura o sin sentido? ¿O qué decir del arte moderno realizado sobre líneas o con animales?
Lo que se dice bello nos rodea. Lo apreciamos por la razón o por los sentimientos. O ambas a la vez. Pero a no confundir belleza con practicidad. Lo bello se siente dentro de uno. Se podrá obtener con razones, pero ese primer instante de captación es interno y sentido. Es en el espíritu. Eso es lo que hace que para cada uno de nosotros, haya algo bello en particular. Se puede coincidir, pero no es siempre por los mismos motivos.
La diferencia que noto con lo sublime tiene que ver también con el espíritu. Algo bello nos regocija interiormente en un primer paso. Lo sublime, primero te empequeñece, luego te pierde.
Existe una gran mayoría a la que le resulta “bello” que le digan que debe considerar bello. Sabiendo inclusive que no les gusta, aceptan por distintos motivos, que les ordenen a su cerebro que es lo lindo.
Pero ¿se puede contra el don humano de la belleza y su espíritu?. Creo que a uno no le gusta una cosa u otra porque sí. Uno busca, quizás hasta inconscientemente, “ESA” cosa.
Esto me lleva a Sócrates. En el Hipias se pregunta ¿Existe la belleza en si misma?. Primero dirá que sí, para luego decir que no. Pero creo que un debate es sobre la belleza y otro es sobre lo que nos parece bello a nosotros. Benedetto Crocce sostendría mucho más tarde que en la naturaleza hay lo que hay, existencia. La belleza está sólo en lo humano.
Creo que aquí es donde interviene el espíritu de la humanidad. No sé si hay eso que llaman belleza en la naturaleza, quizás sea otra discusión, pero si creo que nuestro espíritu hace que, por distintos motivos, lo veamos bello. Inclusive quizás hasta más tarde, no lo veamos de esa manera, quizás en otros tiempos lo consideremos distinto. Si a esto le sumamos que cuando el hombre crea, crea belleza. ¿Qué más se puede decir?. El espíritu, si se quiere, es aquel que ordena a mi cerebro, a mi alma si se me permite, sentir la belleza de algo. Sea al crearlo, sea al contemplarlo. Hasta quizás sepa uno que ese ALGO no existe. Que cuando lo veo sólo me gusta a mi. Pero en ese momento, ese ALGO está hecho para mí y mi espíritu.
Bernabé Tolosa
lunes, 16 de noviembre de 2009
Mirada
Los pájaros en el oriente
son mensajeros de la luz.
En la continua respiración del valle
los animales han vuelto a serenarse
en sueños
Y las brisas Pasan lentamente.
Alguna trompeta, en ese amanecer,
intentará exhalar la lejania.
Es su sonido
surcando las enigmáticas plantas del verano.
Hasta que se venza esa mirada
y vuelva a caer el manto de la noche
y se entumezca levemente la nostalgia en las sombras.
Por Luis Alberto Spinetta, de Guitarra Negra
son mensajeros de la luz.
En la continua respiración del valle
los animales han vuelto a serenarse
en sueños
Y las brisas Pasan lentamente.
Alguna trompeta, en ese amanecer,
intentará exhalar la lejania.
Es su sonido
surcando las enigmáticas plantas del verano.
Hasta que se venza esa mirada
y vuelva a caer el manto de la noche
y se entumezca levemente la nostalgia en las sombras.
Por Luis Alberto Spinetta, de Guitarra Negra
viernes, 13 de noviembre de 2009
La tapia
En esa tapia que se ve desde la ventana, un enamorado ha trazado con spray un corazón atravesado por una flecha. Es Año Nuevo, otro año más. En esa tapia anochece muy pronto ahora, pero dentro de poco, cuando oigas graznar las grullas cruzando el cielo, te sorprenderá que a media tarde el sol se demora sobre ese corazón de spray hasta dorarlo por completo y ésa será la señal de que está creciendo el día. La savia entonces celebrará su fiesta y cuando se inflen las gemas de todos los árboles, puede que la vida te haya obsequiado ya con la primera puñalada, pero la naturaleza mandará abejas de oro a libar en esa herida y la convertirán en miel si logras que la confundan con la primera flor de primavera. A medida que el aire se haga dulce, el deshielo creará arroyos luminosos en el monte y de la misma forma en la ciudad los manantiales que brotan en la puerta de las aulas dejarán correr adolescentes llenos de amor por las calles de abril y algunos se amarán por primera vez contra esa tapia, junto al corazón de spray, que lleva frente a tus ojos un tiempo indefinido. El verano pasado soportó el calor tórrido del asfalto en medio de la ciudad desierta, pero esta vez un mendigo instalará su lecho de cartones muy cerca en la acera para compartir con él la misma soledad mientras estés lejos. En el mar habrá fiestas bajo las estrellas, las risas de los amantes sonarán contra el cristal de las copas y una música te llevará hacia una isla desnuda. El fragor de las chicharras te hará olvidar que el mal existe y tal vez la dicha será sólo una mirada o una brisa por debajo del vestido de lino o el ritmo de unos versos de Horacio compartido con un mismo chasquido de labios. Cuando regreses a la ciudad, el mendigo ya se habrá ido y será septiembre. El corazón de spray seguirá en la tapia y será otra vez sólo tuyo. Si vuelves con otra herida, la cubrirán las hojas amarillas bajo la lluvia oblicua de otoño y ese infortunio no será sino la misma melancolía que hace fermentar el humus de los jardines. Formando una lanza cruzarán el cielo lívido las aves en busca del Sur y tú podrás obligarlas a que atraviesen la memoria de todos tus placeres, mientras la tarde vuelve a cerrarse muy pronto sobre la tapia. Ha pasado un año, otro año más. Los valses de Strauss de la orquesta de Viena formarán de nuevo una nube de azúcar para cubrir todas las tragedias del planeta junto a ese corazón de spray, hoy oscurecido, pero una tarde te sorprenderá que el sol se demora hasta prenderlo en llamas y la vida volverá a empezar.
Por Manuel Vicent
El autor, español, es escritor y columnista del diario El País de Madrid.
Por Manuel Vicent
El autor, español, es escritor y columnista del diario El País de Madrid.
La magia de los libros
Las drogas más poderosas que he consumido en mi vida, las sustancias psicodélicas más transformadoras, fueron ciertamente algunos libros que he leído.
Cuando tenía 16 años, por ejemplo, las novelas de Leopoldo Marechal (Adán Buenosayres, Megafón o la guerra y El banquete de Severo Arcángelo) se transformaron en faros cuya luz atravesaban las penumbras de la miserable vida cotidiana, las rutinas embrutecedoras que agobiaban mi existencia, para iluminar la vida legendaria que desde niño había añorado como si ya la hubiera experimentado.
Tal fue mi pasión por Marechal que, con la excusa de un falso reportaje para una revista colegial, fui a tocarle el timbre. Leopoldo fue un anfitrión encantador y paciente que nunca expresó el aburrimiento que le produjo mi acechanza. En aquellos años, tanto su escritura como la de Roberto Arlt me transportaban a un territorio legendario, una región imaginaria que desbarataba los límites convencionales de la argentinidad. Ellos recorrían en sus narraciones los senderos laberínticos de una promesa existencial que yo también me había hecho.
En mi juventud fui un lector adicto y obsesivo. Leía todo aquello que estaba señalado en el mapa de las lecturas que habían diseñado los expertos. Descubrí tarde que así como el mapa no es el territorio, ni el menú es la comida, la literatura no son los libros. La auténtica droga, la magia transformadora, estaba oculta en la sustancia de algunos libros extraordinarios que se disfrazaban de libros. Crimen y castigo no era una novela que sucedía en Rusia y las vicisitudes de aquel asesinato nos identificaban con el homicida. Raskolnikov era un tipo como nosotros y su crimen era una invitación desesperada a comprender que la ley no existía, que todo estaba permitido, que vivíamos en un mundo salvaje y despiadado donde el primer pez que tuvo hambre se convirtió en asesino.
Los poetas malditos (Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Artaud) azuzaban el fuego que ya quemaba tu alma. Ellos eran una patada en el culo a todas las promesas de la vida normal, a la dicha del amor y a las normas de la decencia.
William Burroughs, quien durante muchos años se resistió a convertirse en escritor, asegura que fue la magia de Hemingway la que lo empujó a la escritura. “No sé si su relato París era una fiesta estaba siquiera bien escrito, lo importante es que la gente comenzó a comportarse como sus personajes, a vestirse como ellos. Eso no es literatura, eso es magia y es lo mío, me dije.”
A principios de la década del 70 llegó a mis manos uno de esos libros inolvidables que afectaron mi rumbo existencial tanto o más que cualquiera de los estímulos e influencias reales que me rodeaban. Fue Primavera negra, de Henry Miller. Ese libro me ayudó a comprender que eran inútiles los esfuerzos que yo estaba haciendo por convertirme en el idiota que los seres queridos me insistían que fuera. Fue como sacarme un traje gris y pesado que era yo mismo. Henry Miller me hizo dar cuenta de que yo era lo que no sabía que podía ser.
El poeta Néstor Perlongher, en la década del 80, dijo en una entrevista: “Piensan los alemanes, hacen rock los ingleses y narran los yanquis”. No se equivocaba: toda la narrativa del siglo pasado estuvo atravesada por los escritores sajones. Truman Capote y Norman Mailer dieron nacimiento a la narrativa periodística o documental aunque desde mi punto de vista la figura más influyente de ese género fue Ernest Hemingway, un escritor que dejó estampado un sello de heroicidad y bravura alrededor de su figura.
En el camino, de Jack Kerouac, fue un manual de instrucciones de cómo escaparse de la vida ordinaria y su lectura arrastró a una gran cantidad de miembros de mi generación a sacarse la corbata de estudiante universitario para salir a vagabundear como linyeras por las calles del mundo.
La melancolía etílica de Malcolm Lowry, la mirada vulgar y certera de Bukowski sobre los pequeños y miserables actos en que consisten las vidas, las demoledoras visiones casi cinematográficas de Raymond Carver sobre la sordidez que se esconde tras los modales de la convivencia, la mágica inventiva que surge en El palacio de la luna, de Paul Auster, o en Rock Springs, de Richard Ford. Esos escritores eran amigos invisibles y distantes que yo amaba como si los conociera.
En Latinoamérica, bajo la publicitada etiqueta del realismo mágico, la literatura se sumergió en el buceo obsesivo de un pasado mítico, en una reivindicación ideológica de los fantasmas de lo extinto. En nuestro país todos los relatos de las últimas dos décadas estuvieron signados por la presencia más o menos visible de las dictaduras militares, de la tragedia de los desaparecidos y de las distintas vicisitudes de la epopeya del peronismo. Esa narrativa nos propuso la asunción de una culpa, la conciencia de un fracaso, convirtiéndonos en prisioneros de la historia. Yo creo que el artista debe oponerse a la legitimidad de la historia. Mientras que las verdades que surgen del pasado nos sujetan y determinan, las que vienen del futuro nos liberan y nos exponen a las tormentas del extravío.
Por E. Symns
Cuando tenía 16 años, por ejemplo, las novelas de Leopoldo Marechal (Adán Buenosayres, Megafón o la guerra y El banquete de Severo Arcángelo) se transformaron en faros cuya luz atravesaban las penumbras de la miserable vida cotidiana, las rutinas embrutecedoras que agobiaban mi existencia, para iluminar la vida legendaria que desde niño había añorado como si ya la hubiera experimentado.
Tal fue mi pasión por Marechal que, con la excusa de un falso reportaje para una revista colegial, fui a tocarle el timbre. Leopoldo fue un anfitrión encantador y paciente que nunca expresó el aburrimiento que le produjo mi acechanza. En aquellos años, tanto su escritura como la de Roberto Arlt me transportaban a un territorio legendario, una región imaginaria que desbarataba los límites convencionales de la argentinidad. Ellos recorrían en sus narraciones los senderos laberínticos de una promesa existencial que yo también me había hecho.
En mi juventud fui un lector adicto y obsesivo. Leía todo aquello que estaba señalado en el mapa de las lecturas que habían diseñado los expertos. Descubrí tarde que así como el mapa no es el territorio, ni el menú es la comida, la literatura no son los libros. La auténtica droga, la magia transformadora, estaba oculta en la sustancia de algunos libros extraordinarios que se disfrazaban de libros. Crimen y castigo no era una novela que sucedía en Rusia y las vicisitudes de aquel asesinato nos identificaban con el homicida. Raskolnikov era un tipo como nosotros y su crimen era una invitación desesperada a comprender que la ley no existía, que todo estaba permitido, que vivíamos en un mundo salvaje y despiadado donde el primer pez que tuvo hambre se convirtió en asesino.
Los poetas malditos (Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Artaud) azuzaban el fuego que ya quemaba tu alma. Ellos eran una patada en el culo a todas las promesas de la vida normal, a la dicha del amor y a las normas de la decencia.
William Burroughs, quien durante muchos años se resistió a convertirse en escritor, asegura que fue la magia de Hemingway la que lo empujó a la escritura. “No sé si su relato París era una fiesta estaba siquiera bien escrito, lo importante es que la gente comenzó a comportarse como sus personajes, a vestirse como ellos. Eso no es literatura, eso es magia y es lo mío, me dije.”
A principios de la década del 70 llegó a mis manos uno de esos libros inolvidables que afectaron mi rumbo existencial tanto o más que cualquiera de los estímulos e influencias reales que me rodeaban. Fue Primavera negra, de Henry Miller. Ese libro me ayudó a comprender que eran inútiles los esfuerzos que yo estaba haciendo por convertirme en el idiota que los seres queridos me insistían que fuera. Fue como sacarme un traje gris y pesado que era yo mismo. Henry Miller me hizo dar cuenta de que yo era lo que no sabía que podía ser.
El poeta Néstor Perlongher, en la década del 80, dijo en una entrevista: “Piensan los alemanes, hacen rock los ingleses y narran los yanquis”. No se equivocaba: toda la narrativa del siglo pasado estuvo atravesada por los escritores sajones. Truman Capote y Norman Mailer dieron nacimiento a la narrativa periodística o documental aunque desde mi punto de vista la figura más influyente de ese género fue Ernest Hemingway, un escritor que dejó estampado un sello de heroicidad y bravura alrededor de su figura.
En el camino, de Jack Kerouac, fue un manual de instrucciones de cómo escaparse de la vida ordinaria y su lectura arrastró a una gran cantidad de miembros de mi generación a sacarse la corbata de estudiante universitario para salir a vagabundear como linyeras por las calles del mundo.
La melancolía etílica de Malcolm Lowry, la mirada vulgar y certera de Bukowski sobre los pequeños y miserables actos en que consisten las vidas, las demoledoras visiones casi cinematográficas de Raymond Carver sobre la sordidez que se esconde tras los modales de la convivencia, la mágica inventiva que surge en El palacio de la luna, de Paul Auster, o en Rock Springs, de Richard Ford. Esos escritores eran amigos invisibles y distantes que yo amaba como si los conociera.
En Latinoamérica, bajo la publicitada etiqueta del realismo mágico, la literatura se sumergió en el buceo obsesivo de un pasado mítico, en una reivindicación ideológica de los fantasmas de lo extinto. En nuestro país todos los relatos de las últimas dos décadas estuvieron signados por la presencia más o menos visible de las dictaduras militares, de la tragedia de los desaparecidos y de las distintas vicisitudes de la epopeya del peronismo. Esa narrativa nos propuso la asunción de una culpa, la conciencia de un fracaso, convirtiéndonos en prisioneros de la historia. Yo creo que el artista debe oponerse a la legitimidad de la historia. Mientras que las verdades que surgen del pasado nos sujetan y determinan, las que vienen del futuro nos liberan y nos exponen a las tormentas del extravío.
Por E. Symns
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