Astor Piazzolla formó parte junto con Antonio Carlos Jobim de una de las más extraordinarias revoluciones producidas en la música americana en el siglo pasado. Eruditos y populares, entreveraron todo con alegría, genio y astucia, pero sobre todo sin miedos. ¿Cuál sería hoy el público de estos artistas? La flamante Edición crítica: Antología , que recoge piezas de Astor Piazzolla, invita a reflexionar, en tiempos de música globalizada, acerca de la paradójica situación a la que se someten estas obras, de una vigencia artística sin parangón en el Cono Sur.
En primer lugar, ambos arrancan de cuajo el concepto de "pureza", término utilizado en infinidad de debates en diferentes ámbitos y de maneras estériles. Piazzolla y Jobim se animan, o la época los anima, a expandir el lenguaje musical más que a condenarlo a vivir en uno u otro barrio.
La academia y la calle
Piazzolla y Jobim nos recuerdan que la academia tiene una dirección exacta en alguna calle de alguna localidad del mundo, y que entonces habrá que dirigirse a ella a fin de aprender algo sobre la expresión musical. No es una tarea sencilla. Además del deseo íntimo de aprender, son propietarios de espíritus incorregibles a la hora de la invención. No hace falta más que recordar la acusación de "americanizar" la música brasilera que lanzó contra Jobim cierto conservadurismo en ocasión de su encuentro con Sinatra; o rememorar el exilio moral al que fue sometido Piazzolla por parte de una pléyade tanguera ávida de falsos purismos. Cabe recordar, además, que el tango también es una música de fusión, así como la bossa nova. Y que dos obras fundamentales y contemporáneas, como Matita Pere y Libertango, son probada muestra de los alcances del genio musical de estos dos compositores.
Ahora bien, la idea o, mejor dicho, el ejercicio de la resistencia se manifiesta en todas las voces protagonistas de este fenómeno. Por un lado, la resistencia de la tradición a que se incorporen nuevas formas para enriquecerla habla de una lucha sobre la cual el tiempo, siempre, termina dando el último veredicto. El tiempo reduce el reclamo a un rezongo de un abuelo gagá ante la impertinencia de su desmesurado nieto que no atiende razones: el sonido del corazón de ese nieto, más la información del pasado, que posee ya sea por ósmosis cultural o estudio, le dan razones vitales para hacer bochinches sin pedir permiso. Y ese es el sonido de la otra resistencia: la juventud impetuosa que avanza pensando que está fundando el mundo, actitud tan de moda en la Argentina de los últimos veinte años.
Bien, no es ese el caso de Piazzolla ni de Jobim. Por el contrario, sus obras fundan una nueva forma de vincularse con la tradición y la modernidad en pleno siglo XX. Entienden que el mundo va muy rápido, que el jazz lo inunda todo y que los compositores franceses (Ravel, Debussy y Satie) expanden la idea de la improvisación; conocen la Europa entera, se meten con la música contemporánea, la estudian, la investigan y finalmente terminan ubicando en el centro de la escena las formas populares de las cuales son hijos directos: el samba y el tango. Jobim, musicalizando a João Guimarães Rosa, acompañado por Vinicius de Moraes y más tarde por su favorito de la próxima generación, el gran Chico Buarque de Hollanda; Astor, musicalizando a Borges, acompañado por Horacio Ferrer y escribiendo inolvidables arreglos de tangos emblemáticos para textos de Homero Manzi, Homero Expósito o Enrique Santos Discépolo, cantados por intérpretes de la talla de Roberto Goyeneche, José Angel Trelles o Héctor de Rosas. Son gestos que hablan a las claras del compromiso que los unía con la historia escrita a través de canciones de sus respectivos lugares de origen.
Ahora bien, la resistencia que ejercen Piazzolla y Jobim contra un mundo que hace fuerza para que las cosas no se muevan es estética, moral y hasta política. Habla de una comprensión total de la experiencia existencial, donde todo puede ser y suceder, siempre y cuando la resultante termine ejerciendo un poder liberador tanto sobre el hecho lúdico de la invención de la obra para el compositor como para el imaginario del posible escucha.
Parecen ideas nuevas. No lo son. La música y las palabras conllevan desde siempre el delirante espíritu humano, más allá de los chauvinismos de turno y de las falsas puestas en escena de la mercadotecnia musical actual, que intenta hacernos creer que las especificidades no existen en favor de una globalización que anestesia, paraliza y les llena los bolsillos a unos pocos. La música y las palabras son herramientas de expresión y liberación de todo lo que maravilla y oprime. Salud, entonces, por la obra de estos chamanes-artistas que alumbran para siempre América y el mundo.
Por Fito Paéz, para ADN Cultura.
viernes, 23 de octubre de 2009
Maradona
En "La Venganza" de anteanoche, Alejandro Dolina, ante el mensaje de una oyente, se expidió con vehemencia sobre el Maradonagate. Transcribo:
"Una oyente dice: 'Estimado Dolina, ¿ya no defiende más a Maradona? ¿O acaso ya no hay ningún Sargento Cruz? Vea: Ud. ayudó a alimentar al monstruo que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial.
Cordialmente. Ingrid Hammer'.
Mi respuesta es SÍ. Yo he resuelto -después de un extravío- bancar a Maradona en esto. ¿Sabe por qué? Por personas como usted. La indignación burguesa que sucedió al exabrupto de Maradona fue totalmente patética y asqueante. Un mundo totalmente hipócrita, el mundo de la radio, donde se escucha eso mismo que Diego dijo bajo emoción violenta, pero libreteado (y en la televisión ni hablemos), ese mundo se indignó. Esos tipos se indignaron. Y esa indignación burguesa me hace ponerme inmediatamente en la vereda de enfrente.
Y lo que un tipo dijo, obnubilado por el momento, por la emoción, por su propia historia, y por su propia condición, después fue repetido ad nauseam por todos los noticieros, con subrayados, subtitulados, duplicaciones, ampliaciones y circulación por Internet, por tipos que no estaban ni obnubilados, ni en estado de emoción violenta, ni perturbados por ninguna cosa, sino que lo planearon diecinueve mil veces. Esos tipos ahora se ponen en la superioridad moral de preguntarme a mí si lo defiendo a Maradona. Bueno, sí, lo defiendo. Si es contra ustedes, lo defiendo. Lo defiendo totalmente.
Y eso de "que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial"... ¡Cipayos provincianos que quieren quedar bien con sus supuestos amos europeos! ¡Yo no tengo ningún interés en quedar bien ante la prensa mundial! ¡No es ésa nuestra obligación! ¿Qué tenemos que quedar bien ante nadie? ¿Ante quiénes? ¿Ante gobiernos que aniquilan a sus enemigos? ¿Ante quién tenemos que quedar bien? ¿Dónde esta la Fiscalía del Universo? ¿Dónde está la reserva moral de la Humanidad? ¿En Estados Unidos? ¿En Europa? ¡Déjeme que me muera de risa, Ingrid Hammer!
Y otra cosa: muchas veces, pero muchas, en los medios se dicen cosas muy interesantes. Yo he escuchado casi revelaciones, a veces, dichas por tipos a los que yo admiro mucho. A veces son intelectuales, como, no sé, el finado Casullo, o Dubati, o José Pablo Feinmann, tipos que realmente tienen un pensamiento interesante. Otras veces son artistas, o incluso locutores, del calibre de Larrea, o de Carrizo, tipos que por ahí dicen cosas que te hacen decir "pero mirá que bien pensó éste". Bueno, a esos NUNCA, nunca los vi duplicados en los noticieros, con subtitulados y subrayados. No los vi nunca porque a esta gente no le interesa el pensamiento ni la inteligencia, le interesa la BASURA. Y entonces Maradona dice esto y ellos lo repiten ciento diez mil veces. Eso es un asco.
Así que ¿a qué jugamos? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto de indignarse, de enojarse y de sorprenderse? Lo dice un Senador de la Nación, y es un piola. Lo dice Maradona, y aparece todo el racismo, todo el desprecio por los pobres, aparecen los de siempre, los muchachos de siempre, a indignarse: ¡oh, la cultura! ¡Nuestro embajador! ¿Qué embajador? Es Diego Maradona, viejo. Los que tienen que ser cultos son ustedes, no él. Él tiene que dirigir la Selección de Fútbol, y si lo eligieron a él, bueno, es ése, y no Pancho Ibáñez.
Así que sí, lo defiendo a Maradona. Ante usted lo voy a defender siempre".
"Una oyente dice: 'Estimado Dolina, ¿ya no defiende más a Maradona? ¿O acaso ya no hay ningún Sargento Cruz? Vea: Ud. ayudó a alimentar al monstruo que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial.
Cordialmente. Ingrid Hammer'.
Mi respuesta es SÍ. Yo he resuelto -después de un extravío- bancar a Maradona en esto. ¿Sabe por qué? Por personas como usted. La indignación burguesa que sucedió al exabrupto de Maradona fue totalmente patética y asqueante. Un mundo totalmente hipócrita, el mundo de la radio, donde se escucha eso mismo que Diego dijo bajo emoción violenta, pero libreteado (y en la televisión ni hablemos), ese mundo se indignó. Esos tipos se indignaron. Y esa indignación burguesa me hace ponerme inmediatamente en la vereda de enfrente.
Y lo que un tipo dijo, obnubilado por el momento, por la emoción, por su propia historia, y por su propia condición, después fue repetido ad nauseam por todos los noticieros, con subrayados, subtitulados, duplicaciones, ampliaciones y circulación por Internet, por tipos que no estaban ni obnubilados, ni en estado de emoción violenta, ni perturbados por ninguna cosa, sino que lo planearon diecinueve mil veces. Esos tipos ahora se ponen en la superioridad moral de preguntarme a mí si lo defiendo a Maradona. Bueno, sí, lo defiendo. Si es contra ustedes, lo defiendo. Lo defiendo totalmente.
Y eso de "que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial"... ¡Cipayos provincianos que quieren quedar bien con sus supuestos amos europeos! ¡Yo no tengo ningún interés en quedar bien ante la prensa mundial! ¡No es ésa nuestra obligación! ¿Qué tenemos que quedar bien ante nadie? ¿Ante quiénes? ¿Ante gobiernos que aniquilan a sus enemigos? ¿Ante quién tenemos que quedar bien? ¿Dónde esta la Fiscalía del Universo? ¿Dónde está la reserva moral de la Humanidad? ¿En Estados Unidos? ¿En Europa? ¡Déjeme que me muera de risa, Ingrid Hammer!
Y otra cosa: muchas veces, pero muchas, en los medios se dicen cosas muy interesantes. Yo he escuchado casi revelaciones, a veces, dichas por tipos a los que yo admiro mucho. A veces son intelectuales, como, no sé, el finado Casullo, o Dubati, o José Pablo Feinmann, tipos que realmente tienen un pensamiento interesante. Otras veces son artistas, o incluso locutores, del calibre de Larrea, o de Carrizo, tipos que por ahí dicen cosas que te hacen decir "pero mirá que bien pensó éste". Bueno, a esos NUNCA, nunca los vi duplicados en los noticieros, con subtitulados y subrayados. No los vi nunca porque a esta gente no le interesa el pensamiento ni la inteligencia, le interesa la BASURA. Y entonces Maradona dice esto y ellos lo repiten ciento diez mil veces. Eso es un asco.
Así que ¿a qué jugamos? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto de indignarse, de enojarse y de sorprenderse? Lo dice un Senador de la Nación, y es un piola. Lo dice Maradona, y aparece todo el racismo, todo el desprecio por los pobres, aparecen los de siempre, los muchachos de siempre, a indignarse: ¡oh, la cultura! ¡Nuestro embajador! ¿Qué embajador? Es Diego Maradona, viejo. Los que tienen que ser cultos son ustedes, no él. Él tiene que dirigir la Selección de Fútbol, y si lo eligieron a él, bueno, es ése, y no Pancho Ibáñez.
Así que sí, lo defiendo a Maradona. Ante usted lo voy a defender siempre".
jueves, 22 de octubre de 2009
Me casé con Wikipedia

A estas alturas, todos nosotros, cuando trabajamos y tenemos necesidad de controlar un nombre o una fecha, consultamos Wikipedia en Internet. Recuerdo que Wikipedia es una enciclopedia on-line cuyos usuarios la escriben y reescriben continuamente. Es decir, que si ustedes buscan la entrada, qué se yo, “Napoleón”, y ven que una noticia resulta incompleta o es incorrecta, pueden registrarse, corregirla, y la entrada se salva así, con sus integraciones.
Naturalmente, esto permitiría a los malintencionados o a los locos difundir noticias falsas, pero la garantía debería darla precisamente el hecho de que el control lo realizan millones de usuarios. Si un malintencionado va a corregir que Napoleón no murió en Santa Elena sino en Santo Domingo, de repente millones de bienintencionados deberían intervenir para corregir la corrección ilícita (y además creo que, tras algunas acciones legales de personas que se habían visto calumniadas por desconocidos, existe una especie de redacción que ejerce algún control, por lo menos, sobre el tipo de correcciones que se presentan como claramente difamatorias). En ese sentido, Wikipedia sería un buen ejemplo de lo que Charles Sanders Peirce denominaba la Comunidad (científica), la cual por una especie de feliz homeostasis borra los errores y da legitimidad a los nuevos descubrimientos llevando hacia delante, como decía él, la antorcha de la verdad.
Si es posible que este control colectivo funcione con Napoleón, ¿podrá funcionar con un John Smith cualquiera? Pongamos el ejemplo de una persona un poco más conocida que John Smith y menos que Napoleón, es decir, quien escribe. Al principio, intervine para corregir la entrada que me concernía porque indicaba fechas equivocadas o noticias falsas (por ejemplo, decía que era el primero de trece hermanos, mientras que la noticia debía referirse a mi padre). Luego dejé de hacerlo, porque cada vez que por curiosidad volvía a ver mi entrada, encontraba nuevas amenidades introducidas por quién sabe quién. Ahora algunos amigos me han advertido de que la Wikipedia dice que me he casado con la hija de mi editor Valentino Bompiani. La noticia no es en absoluto difamatoria, pero por si acaso lo resultara para mis queridas amigas Ginevra y Emanuela, he intervenido para eliminarla.
Entonces, ¿hasta qué punto nos podemos fiar de Wikipedia? Digo enseguida que yo me fío porque la uso con la técnica del estudioso de profesión: consulto Wikipedia sobre un determinado argumento y luego voy a comparar con otras dos o tres páginas web: si la noticia aparece tres veces, hay buenas probabilidades de que sea verdadera (aunque hay que prestar atención a que los sitios que consulto no sean parásitos de Wikipedia, y repitan su error). Otra forma es consultar la entrada en por lo menos dos lenguas.
Claro, que yo he puesto el ejemplo de un estudioso que ha aprendido un poco cómo se trabaja cotejando las fuentes entre sí. ¿Y los demás? ¿los que se fían? ¿los niños que acuden a Wikipedia para hacer los deberes del colegio?
Nótese que el problema es válido también para cualquier otro sitio web, de modo que desde hace bastante tiempo, yo aconsejo realizar, también a grupos de jóvenes, un centro de monitorización de Internet, con un comité formado por expertos seguros, tema por tema, de forma que las páginas sean reseñadas (o en línea o con un publicación impresa) y juzgadas por lo que concierne a su credibilidad e integridad. Pero pongamos inmediatamente un ejemplo, y no busquemos el nombre de un personaje histórico como Napoleón (para el que Google me da 2.190.000 sitios), sino el de un joven escritor que es famoso desde hace un año, y es decir, desde que ganó el premio Strega 2008, Paolo Giordano, autor de La soledad de los números primos. Las páginas son 522 mil. ¿Cómo es posible verificarlas a todas?
Una solución sería controlar únicamente los sitios concernientes a un autor sobre el que los estudiantes buscasen informaciones a menudo. Pero si tomamos a Peirce, que he citado más arriba, las páginas que lo toman en consideración son 734 mil.
He aquí un buen problema que, por ahora, todavía no tiene solución.
Por Umberto Eco.
Fuente: www.perfil.com
miércoles, 21 de octubre de 2009
Medios y comunicación
Las expresiones respecto de los periodistas del director técnico del seleccionado de fútbol argentino tras la conquista de la cuarta y última plaza sudamericana para clasificarse al Mundial de Sudáfrica 2010 han convulsionado al ambiente mediático y eclipsado en los últimos días otros tópicos trabajados hasta la saturación por los medios de comunicación opositores al Gobierno, aunque no les falta razón a aquellos que creen ver aquí también otro capítulo de la misma disputa política.
Dieguito no se ha caracterizado a lo largo de su extensa vida pública por hacer declaraciones políticamente correctas, mucho menos luego de abandonar el deporte que sin dudas no sería el mismo sin su aporte de genialidad inigualable. Es que El Diego es El Diego por lo que nos regaló a los futboleros en el verde césped. Lo de afuera (las declaraciones, las contradicciones, los despelotes de su vida) agiganta el mito, pero nada sería igual sin los caños, sin las rabonas, sin las apiladas, sin esa zurda mágica, que no me las contaron, que no las vi por TV o en viejos videos, que tuve la suerte de verlas en la cancha y con mi camiseta de toda la vida en su pecho: es, ni más ni menos, el más grande jugador de fútbol del que fuimos contemporáneos.
Ahora que disparó contra los periodistas algunos parecen haber descubierto el agua tibia: no se ubica en su nuevo rol de DT de la Selección. ¡Chocolate por la noticia! ¿O las declaraciones con las que promovió la salida confusa de Riquelme de la Selección fueron apropiadas para su rol, o la botoneada con que hizo callar a Pipo Gorosito por bancar a Román sí lo fue? Pero claro, como el 10 de Boca es un tipo antipático para la prensa, entre otras cosas porque no da notas exclusivas a los periodistas –salvo cuando decide renunciar al seleccionado nacional–, todos miraron para otro lado. Los que viven de decirle todo que sí a Diegote, por supuesto, y los que no también.
Pero ahora Maradona se metió con la corporación periodística y eso no se perdona y seguramente no se olvidará. Esos seres extraordinarios, que a diferencia de los políticos, deportistas, dirigentes sociales y las masas, logran dejar de lado sus pasiones, sus intereses materiales y ejercen la objetividad con la que reflejan la realidad tal cual es...
Lo peor de esta disputa es que todos tienen razón: el periodismo –¿deportivo?– es en promedio tan pobre como las actuaciones del equipo dirigido por Maradona. Pero eso parece ya no importar. Ahora lo importante es el papelón internacional por las declaraciones groseras. ¿Cómo queda la imagen del país en los medios de todo el mundo? ¿Qué espera la FIFA –con perdón de la palabra– para sancionar a este maleducado? Y Grondona, en lugar de hacer acuerdos con el Gobierno, ¿por qué no se ocupa de poner en caja a este villero que pese a haber ganado mucho dinero, nunca aprendió a comportarse como gente bien?
Maradona deberá aprender la lección mediática: del Papa para abajo se puede meter con cualquiera, pero con los periodistas no, ni mucho menos con los dineros de las empresas periodísticas. ¿Qué es eso de sacarse una foto con la Presidenta al estatizarse la televisación del fútbol?
Con el encumbrado columnista de La Nación Carlos Pagni pasó algo similar, pero en el sentido contrario. La difusión de una cámara sorpresa por parte de un programa emitido por Canal 7 en la que el periodista presuntamente acordaba una operación de prensa fue motivo de todo tipo de consideraciones respecto de la validez periodística de ese tipo de materiales, del lugar del medio público que debería abstenerse de realizar ese tipo de operaciones, de lo que sin dudas constituye un nuevo ataque del Gobierno contra la prensa independiente.
Nada se ha dicho, casi se ha silenciado explícitamente la noticia desde los grandes y más influyentes medios de comunicación. La utilización de la información y la opinión para provocar consecuencias económicas, empresariales y políticas, no parece ser motivo de preocupación para una prensa siempre dispuesta a sobreactuar la indignación que produce la corrupción pública.
La discusión de la cámara sorpresa es un debate interesantísimo a la luz de eso que solía llamarse ética periodística. Pero no porque esta vez el sorprendido fue un periodista destacado de un medio importante, sino por la deslealtad que supone para el ocasional e involuntario entrevistado. ¿El método es aceptable cuando se trata de un sacerdote, un intendente o un inspector municipal, pero es execrable si se trata de un periodista?
Mientras tanto, y a la espera de que la Justicia se expida sobre este caso particular, no estaría demás que se produjera una reflexión pública, desde las facultades y carreras de periodismo, desde las asociaciones gremiales y foros de periodistas y desde los propios medios de comunicación, respecto de estas cuestiones.
¿El árbol formal de la filmación anónima puede tapar el bosque de la corrupción –lamentablemente– bastante generalizada de la profesión? ¿Alguien cree honestamente que los periodistas se bañan en agua bendita? ¿El periodista/empresario no es una degeneración del primero de los términos? ¿Se puede seguir utilizando el doble estándar para fijar posición editorial sin por ello dañar la credibilidad de los medios de comunicación? ¿En aras de conservar el salario un periodista debe abandonar sus más profundas convicciones? ¿Qué cosa estamos haciendo mal en la formación de los periodistas –me hago cargo de la parte que nos toca en la universidad pública– para que éstos y otros interrogantes incómodos por ahora no encuentren respuestas?
Casi con la misma unanimidad con que la corporación mediática le cayó a Maradona, lo protegió a Pagni. Entre otras cosas, para esto debe servir la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, para escuchar toda la polifonía de voces y para que los periodistas profesionales –no sólo sus patrones– también puedan gozar de la libertad de expresión.
Por Gustavo Bulla, para Página 12.
Docente de Políticas de Comunicación UBA/UNLZ.
Dieguito no se ha caracterizado a lo largo de su extensa vida pública por hacer declaraciones políticamente correctas, mucho menos luego de abandonar el deporte que sin dudas no sería el mismo sin su aporte de genialidad inigualable. Es que El Diego es El Diego por lo que nos regaló a los futboleros en el verde césped. Lo de afuera (las declaraciones, las contradicciones, los despelotes de su vida) agiganta el mito, pero nada sería igual sin los caños, sin las rabonas, sin las apiladas, sin esa zurda mágica, que no me las contaron, que no las vi por TV o en viejos videos, que tuve la suerte de verlas en la cancha y con mi camiseta de toda la vida en su pecho: es, ni más ni menos, el más grande jugador de fútbol del que fuimos contemporáneos.
Ahora que disparó contra los periodistas algunos parecen haber descubierto el agua tibia: no se ubica en su nuevo rol de DT de la Selección. ¡Chocolate por la noticia! ¿O las declaraciones con las que promovió la salida confusa de Riquelme de la Selección fueron apropiadas para su rol, o la botoneada con que hizo callar a Pipo Gorosito por bancar a Román sí lo fue? Pero claro, como el 10 de Boca es un tipo antipático para la prensa, entre otras cosas porque no da notas exclusivas a los periodistas –salvo cuando decide renunciar al seleccionado nacional–, todos miraron para otro lado. Los que viven de decirle todo que sí a Diegote, por supuesto, y los que no también.
Pero ahora Maradona se metió con la corporación periodística y eso no se perdona y seguramente no se olvidará. Esos seres extraordinarios, que a diferencia de los políticos, deportistas, dirigentes sociales y las masas, logran dejar de lado sus pasiones, sus intereses materiales y ejercen la objetividad con la que reflejan la realidad tal cual es...
Lo peor de esta disputa es que todos tienen razón: el periodismo –¿deportivo?– es en promedio tan pobre como las actuaciones del equipo dirigido por Maradona. Pero eso parece ya no importar. Ahora lo importante es el papelón internacional por las declaraciones groseras. ¿Cómo queda la imagen del país en los medios de todo el mundo? ¿Qué espera la FIFA –con perdón de la palabra– para sancionar a este maleducado? Y Grondona, en lugar de hacer acuerdos con el Gobierno, ¿por qué no se ocupa de poner en caja a este villero que pese a haber ganado mucho dinero, nunca aprendió a comportarse como gente bien?
Maradona deberá aprender la lección mediática: del Papa para abajo se puede meter con cualquiera, pero con los periodistas no, ni mucho menos con los dineros de las empresas periodísticas. ¿Qué es eso de sacarse una foto con la Presidenta al estatizarse la televisación del fútbol?
Con el encumbrado columnista de La Nación Carlos Pagni pasó algo similar, pero en el sentido contrario. La difusión de una cámara sorpresa por parte de un programa emitido por Canal 7 en la que el periodista presuntamente acordaba una operación de prensa fue motivo de todo tipo de consideraciones respecto de la validez periodística de ese tipo de materiales, del lugar del medio público que debería abstenerse de realizar ese tipo de operaciones, de lo que sin dudas constituye un nuevo ataque del Gobierno contra la prensa independiente.
Nada se ha dicho, casi se ha silenciado explícitamente la noticia desde los grandes y más influyentes medios de comunicación. La utilización de la información y la opinión para provocar consecuencias económicas, empresariales y políticas, no parece ser motivo de preocupación para una prensa siempre dispuesta a sobreactuar la indignación que produce la corrupción pública.
La discusión de la cámara sorpresa es un debate interesantísimo a la luz de eso que solía llamarse ética periodística. Pero no porque esta vez el sorprendido fue un periodista destacado de un medio importante, sino por la deslealtad que supone para el ocasional e involuntario entrevistado. ¿El método es aceptable cuando se trata de un sacerdote, un intendente o un inspector municipal, pero es execrable si se trata de un periodista?
Mientras tanto, y a la espera de que la Justicia se expida sobre este caso particular, no estaría demás que se produjera una reflexión pública, desde las facultades y carreras de periodismo, desde las asociaciones gremiales y foros de periodistas y desde los propios medios de comunicación, respecto de estas cuestiones.
¿El árbol formal de la filmación anónima puede tapar el bosque de la corrupción –lamentablemente– bastante generalizada de la profesión? ¿Alguien cree honestamente que los periodistas se bañan en agua bendita? ¿El periodista/empresario no es una degeneración del primero de los términos? ¿Se puede seguir utilizando el doble estándar para fijar posición editorial sin por ello dañar la credibilidad de los medios de comunicación? ¿En aras de conservar el salario un periodista debe abandonar sus más profundas convicciones? ¿Qué cosa estamos haciendo mal en la formación de los periodistas –me hago cargo de la parte que nos toca en la universidad pública– para que éstos y otros interrogantes incómodos por ahora no encuentren respuestas?
Casi con la misma unanimidad con que la corporación mediática le cayó a Maradona, lo protegió a Pagni. Entre otras cosas, para esto debe servir la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, para escuchar toda la polifonía de voces y para que los periodistas profesionales –no sólo sus patrones– también puedan gozar de la libertad de expresión.
Por Gustavo Bulla, para Página 12.
Docente de Políticas de Comunicación UBA/UNLZ.
viernes, 16 de octubre de 2009
Día de la madre
Este próximo domingo 18 es el día de la Madre. recordé esta maravilla de Facundo Cabral, hablando de Sara su madre, hace ya un tiempo; a la cual él eligió como madre, por la misma razón por la que Dios la había eligido como hija.
"Sara fue la puerta por la que entré al mundo, la mejor puerta porque fue la mujer más importante que conocí, dueña de sí misma y, por lo tanto, con mucho amor para darlo a los demás. Ella para traerme al mundo, obviamente, no me consultó. Al transcurrir los años y ver qué clase de mujer tan maravillosa me había tocado como madre, un día le puse un telegrama y le dije: “La primera vez lo decidiste vos sin consultarme. Ahora, soy yo el que decido que sigas siendo mi madre”. Por ello, yo siempre digo que Sara fue mi madre dos veces. Una vez por decisión de ella y otra por gusto mío".
Bernabé Tolosa
"Sara fue la puerta por la que entré al mundo, la mejor puerta porque fue la mujer más importante que conocí, dueña de sí misma y, por lo tanto, con mucho amor para darlo a los demás. Ella para traerme al mundo, obviamente, no me consultó. Al transcurrir los años y ver qué clase de mujer tan maravillosa me había tocado como madre, un día le puse un telegrama y le dije: “La primera vez lo decidiste vos sin consultarme. Ahora, soy yo el que decido que sigas siendo mi madre”. Por ello, yo siempre digo que Sara fue mi madre dos veces. Una vez por decisión de ella y otra por gusto mío".
Bernabé Tolosa
miércoles, 14 de octubre de 2009
El cuco del periodismo digital
Cameron Lynne bufó como todo director que se precie y, con la mirada fija en su periodista estrella, le explicó por qué le reasignaba su investigación a una insignificante redactora de web: “Es ambiciosa, tiene datos, escribe hasta cuatro notas por día y es barata. Vos hace un mes que no traés ni un miserable artículo”. Tirado en el sillón de cuero que arropa a las figuras de turno en los despachos de los grandes diarios, Al McCaffrey se dejó humillar por la directora del Washington Globe mientras ignoraba con esmero a Della Frye, la redactora de internet sentada a su lado. En el film Los secretos de poder (del director escocés Kevin Macdonald), una escena y tres actores con un escueto guión sintetizaron el debate que los grandes medios están esquivando hace una década.
No me refiero al naif terror a que los diarios en papel desaparezcan sino a cómo integrar a la profesión y a los periodistas, diseñadores, correctores, pasantes, ilustradores, infógrafos y fotógrafos a las nuevas redacciones digitales que, guste o no, van ganando espacio en la preferencia de los lectores de diarios.
La convivencia forzada entre la realidad virtual y la del papel dejaron a las redacciones varadas en el limbo y con un ticket sin retorno a un futuro amorfo. En la película, el desaliñado McCaffrey (Russell Crowe) ningunea y ridiculiza a la joven redactora web hasta que advierte que puede usar el diario digital para tirar una primicia. Más tarde descubrirá también que la chica no es boba, piensa, tiene ganas de aprender, posee fuentes, escribe bien y, además, es barata para la empresa.
Lo mismo ocurre fuera de la pantalla. Las redacciones digitales –el desván de las grandes redacciones, donde son agolpadas un puñado de PC con gente– suelen ser vistas como el mal necesario que llegó de la mano de la expansión de las nuevas economías y tecnologías. Los periodistas que allí son arrumbados perciben de verdad otro sueldo (menor, claro) al de “los otros” y los desarrolladores y diseñadores web son vistos como altos freaks alienados de la Tierra.
Mientras esto sucede y escasean las ideas para legislar sobre las condiciones y derechos de este nuevo estrato dentro del periodismo, el avance digital no se detiene. En lo que va del año, la venta de diarios de papel cayó en España (El Mundo y El País, un 9%); Gran Bretaña (Daily Telegraph, un 5,6%), y los Estados Unidos (The New York Times, un 3,5%) y la lectura de diarios digitales subió en forma proporcional.
La Newspaper Association of America (NAA) difundió que, en ese país, las ediciones digitales superaron los 7,3 millones de usuarios únicos por mes en 2009, casi el 45% de la población. Claro que allí las empresas, los publicistas y directores de campañas van entendiendo la dinámica: el público con poder adquisitivo para comprar un diario de papel hoy enciende primero su computadora y ahí hay que invertir (entre 2007 y 2008, la lectura digital de periódicos creció un 32 por ciento). Aquí, en cambio, no hay negocio posible si la publicidad no queda impresa en el papel: un aviso a página entera tiene el mismo valor que varios banners (espacios de publicidad digitales) juntos.
La desigualdad tiene una amarra en la desinformación. Un alto porcentaje de público no sabe diferenciar si el diario digital genera información propia o es un simple reproductor del diario de papel. En las últimas elecciones legislativas de la Argentina, por ejemplo, sólo un candidato (radical) organizó charlas off the record con periodistas digitales.
Puertas adentro, entre los periodistas también hay desconcierto. En el film, a McCaffrey le da bronca que Frye no use birome y tenga un iPhone como anotador. A cada rato, ella tiene que demostrar que eso no afecta su capacidad para generar información. Los prejuicios laten agazapados en todos los rincones de la película y de la realidad. Los periodistas digitales se babean por ver sus nombres en los tabloides y los de papel, si bien miran a la web como un medio menor, reclaman que sus artículos aparezcan en el primer scroll de la pantalla. En la película, Frye no dice que comparte su escritorio, ni que el trabajo en un diario digital está lejos del ideal de reportero en búsqueda de su propio Watergate. Pero es así. Los periodistas digitales no tienen las mismas posibilidades que “los otros” y eso repercute directamente en la falta de excelencia en el trabajo: buscar, investigar y escribir una noticia. Algo que, por otra parte, ya viene sucediendo desde hace años en el papel con los recortes y ajustes de presupuesto.
En el Primer Foro de Periodismo Digital de Rosario, el periodista y ex director de la Maestría de Periodismo de la UBA Washington Uranga dejó varias preguntas abiertas que atañen a esta discusión y exigió un análisis particular sobre “el proceso de precarización de las condiciones laborales de los periodistas, en particular aquellos que participan en medios digitales”. También recordó que el periodismo es una profesión en la que se inscriben personas dedicadas “por formación, experiencia y por vocación, a servir de nexos para actores diferentes de la sociedad”, diferenciando así el derecho de cualquier ciudadano a escribir (por ejemplo, en un blog). El periodismo digital, su protagonismo y sus desavenencias, ya forma parte de la ficción con la que Hollywood procesa la realidad. Mientras tanto, nosotros vivimos día a día en ese cambio sin preguntarnos qué vamos a hacer.
Por N. Sturgeon, para www.criticadigital.com
No me refiero al naif terror a que los diarios en papel desaparezcan sino a cómo integrar a la profesión y a los periodistas, diseñadores, correctores, pasantes, ilustradores, infógrafos y fotógrafos a las nuevas redacciones digitales que, guste o no, van ganando espacio en la preferencia de los lectores de diarios.
La convivencia forzada entre la realidad virtual y la del papel dejaron a las redacciones varadas en el limbo y con un ticket sin retorno a un futuro amorfo. En la película, el desaliñado McCaffrey (Russell Crowe) ningunea y ridiculiza a la joven redactora web hasta que advierte que puede usar el diario digital para tirar una primicia. Más tarde descubrirá también que la chica no es boba, piensa, tiene ganas de aprender, posee fuentes, escribe bien y, además, es barata para la empresa.
Lo mismo ocurre fuera de la pantalla. Las redacciones digitales –el desván de las grandes redacciones, donde son agolpadas un puñado de PC con gente– suelen ser vistas como el mal necesario que llegó de la mano de la expansión de las nuevas economías y tecnologías. Los periodistas que allí son arrumbados perciben de verdad otro sueldo (menor, claro) al de “los otros” y los desarrolladores y diseñadores web son vistos como altos freaks alienados de la Tierra.
Mientras esto sucede y escasean las ideas para legislar sobre las condiciones y derechos de este nuevo estrato dentro del periodismo, el avance digital no se detiene. En lo que va del año, la venta de diarios de papel cayó en España (El Mundo y El País, un 9%); Gran Bretaña (Daily Telegraph, un 5,6%), y los Estados Unidos (The New York Times, un 3,5%) y la lectura de diarios digitales subió en forma proporcional.
La Newspaper Association of America (NAA) difundió que, en ese país, las ediciones digitales superaron los 7,3 millones de usuarios únicos por mes en 2009, casi el 45% de la población. Claro que allí las empresas, los publicistas y directores de campañas van entendiendo la dinámica: el público con poder adquisitivo para comprar un diario de papel hoy enciende primero su computadora y ahí hay que invertir (entre 2007 y 2008, la lectura digital de periódicos creció un 32 por ciento). Aquí, en cambio, no hay negocio posible si la publicidad no queda impresa en el papel: un aviso a página entera tiene el mismo valor que varios banners (espacios de publicidad digitales) juntos.
La desigualdad tiene una amarra en la desinformación. Un alto porcentaje de público no sabe diferenciar si el diario digital genera información propia o es un simple reproductor del diario de papel. En las últimas elecciones legislativas de la Argentina, por ejemplo, sólo un candidato (radical) organizó charlas off the record con periodistas digitales.
Puertas adentro, entre los periodistas también hay desconcierto. En el film, a McCaffrey le da bronca que Frye no use birome y tenga un iPhone como anotador. A cada rato, ella tiene que demostrar que eso no afecta su capacidad para generar información. Los prejuicios laten agazapados en todos los rincones de la película y de la realidad. Los periodistas digitales se babean por ver sus nombres en los tabloides y los de papel, si bien miran a la web como un medio menor, reclaman que sus artículos aparezcan en el primer scroll de la pantalla. En la película, Frye no dice que comparte su escritorio, ni que el trabajo en un diario digital está lejos del ideal de reportero en búsqueda de su propio Watergate. Pero es así. Los periodistas digitales no tienen las mismas posibilidades que “los otros” y eso repercute directamente en la falta de excelencia en el trabajo: buscar, investigar y escribir una noticia. Algo que, por otra parte, ya viene sucediendo desde hace años en el papel con los recortes y ajustes de presupuesto.
En el Primer Foro de Periodismo Digital de Rosario, el periodista y ex director de la Maestría de Periodismo de la UBA Washington Uranga dejó varias preguntas abiertas que atañen a esta discusión y exigió un análisis particular sobre “el proceso de precarización de las condiciones laborales de los periodistas, en particular aquellos que participan en medios digitales”. También recordó que el periodismo es una profesión en la que se inscriben personas dedicadas “por formación, experiencia y por vocación, a servir de nexos para actores diferentes de la sociedad”, diferenciando así el derecho de cualquier ciudadano a escribir (por ejemplo, en un blog). El periodismo digital, su protagonismo y sus desavenencias, ya forma parte de la ficción con la que Hollywood procesa la realidad. Mientras tanto, nosotros vivimos día a día en ese cambio sin preguntarnos qué vamos a hacer.
Por N. Sturgeon, para www.criticadigital.com
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