martes, 29 de septiembre de 2009

Reencuentro

Por los dichos, en la zona aun se puede leer la guerra. La guerra contra los inglese y la guerra contra aquellos que decían hacer algo por la Patria.
Por los dichos, el viento que azota las Islas, es el que más recuerda aquellos días, trayendo silencios, miedos, recuerdos, soledad y esperanza. Si, también esperanza, ¿por qué no? Tanto acá, como allí, se tenía la esperanza de que todo terminara pronto. De que se pudiese volver a casa.
Pero para muchos no fue así. Tristemente no fue así, y allí quedaron.
Darwin es el lugar. Allí está el cementerio argentino. Nuestro cementerio. Está en la cima de una colina y el viento sopla constantemente muy fuerte. Como si quisiera arrastrar todo. Pero no podrá. Nunca lo logrará, ya que el amor y los recuerdos son más fuertes.
Las cercas blancas. Los rosarios azules y las lapidas negras. Sobre la gran mayoría de ellas puede leerse “soldado argentino solo conocido por Dios”.
“Y por sus padres, por sus novias, por sus hijos, por aquellos que los amaban”, agregaría yo. Sólo ellos fueron quienes los respetaron, cuando todo terminó.
Por estos días, Ellos podrán llegarse hasta las islas para poder visitarlos por primera vez. Ya ha pasado un largo tiempo. Ha pasado mucha historia desde aquel 1982. Pero hay sentires que no se extinguen, no se consumen.
“Sólo quiero llegar para poder verlo, para poder hablarle y decirle todo aquello que vengo guardando. Para compartir todo lo de este tiempo”, me dijo uno de los padres que viajará al reencuentro.
¿Cómo será ese instante?, nadie, creo podrá saberlo. Ni siquiera aquellos que serán protagonistas. Simplemente sucederá, como aquella partida. “Fue lo que tocó, no es natural que un padre despida a su hijo, pero fue así.”, me dijo con una mezcla de resignación y angustia. Con congoja y con bronca.
Llegar a Malvinas, será duro. Enfrentar el cementerio, será aun más. Las 230 cruces impiden que te detengas en otra cosa, aunque parezca que el paisaje quiera imponerse, aunque parezca que el silencio quiera devorarte.
El viento intentará una vez más, llevarlo todo. Esta vez no será así. Por que ahora más que nunca, las raíces del amor mostraran a trasluz, que no sólo son conocidos por Dios, aquellos que allí descansan.

Bernabé Tolosa

lunes, 28 de septiembre de 2009

El último gesto de los Beatles



Por Daniel Amiano

Corre el año 1969. John Lennon y Yoko Ono están convencidos de haber alcanzado la unidad mental. Los otros Beatles le hablan a John, pero él mira a Yoko, que, si tiene ganas, murmura algo. Si no, tendrán que interpretar el silencio. Paul McCartney propone una y otra vez nuevos proyectos para el grupo, entre ellos tocar en vivo. El resto responde al unísono: ni locos. Y mucho menos si eso lleva a Paul a sentirse más dueño de la banda. George Harrison está encapsulado en sus nuevas creencias traídas de Oriente y parece dispuesto a librar una dura batalla por tener más participación compositiva. No lo logra. Ringo Starr puede aparecer en el estudio o no: el cine lo tiene bastante ocupado.
26 de septiembre de 1969. Llega a las bateas inglesas Abbey Road, último álbum grabado por los Beatles, considerado una de sus obras cumbre, cuya tapa es de las más recordadas y referidas de la historia: John, Paul, George y Ringo cruzan la calle frente a los estudios Abbey Road y cada uno interpreta un papel. McCartney es el difunto (va descalzo); Lennon, el sacerdote (viste de blanco); Starr, el enterrador (de traje oscuro) y Harrison, el amigo del difunto (está vestido de sport).
Hoy, exactamente hoy, se cumplen cuarenta años de la aparición de ese disco emblemático, registrado en medio del caos que reinaba en la intimidad de los Beatles.
En ese año que no había empezado bien, los rumores de separación eran insistentes. El mundo todavía amaba a los Beatles, pero los principales protagonistas de ese fenómeno ya no tenían ganas de más. El único que todavía creía que la banda tenía algo para dar era Paul y, si bien consiguió que todos aceptaran juntarse para grabar, cada uno impuso sus condiciones. Pero lo cierto es que sin Paul, los Beatles se hubiesen desbandado mucho antes.
Así las cosas, Abbey Road se construyó con las relaciones deterioradas en extremo. Sin embargo, el disco prueba que cuando los cuatro coincidían en un estudio de grabación, la música se imponía bellamente a las miserias que empezaban a aflorar entre ellos. Cada uno usaba al otro Beatle como un músico de sesión. Lennon y McCartney ya tenían objetivos claramente diferentes, que aquí se hacen más palpables que nunca. El lado A se hizo al modo de John: canciones sueltas. El lado B, según la intenciones de Paul: una larga serie de composiciones cortas, unidas por puentes.
Pero volvamos al envase, porque la tapa de Abbey Road es parte del mito. Inicialmente, el disco iba a llamarse Everest, en honor a la marca de cigarrillos que fumaba Geoff Emerick (ingeniero de grabación que trabajó con ellos desde Sgt. Pepper...). De hecho, se había planeado un viaje al
Himalaya para hacer algunas tomas, pero el disco estuvo listo antes de lo previsto y cuenta la leyenda que John propuso: "¿Por qué no salimos ahí afuera, hacemos la foto de la tapa y llamamos al disco simplemente Abbey Road?"
A las 10.35 de la mañana del 8 de agosto, el fotógrafo Ian McMillan se subió a su escalera portátil y realizó sólo seis tomas de la banda mientras los cuatro cruzaban esa calle por enésima vez en esa década, rumbo al estudio que los vio nacer, estallar y disolverse. No hubo tiempo para mucho más: ya entonces era una calle con tránsito intenso.
Al igual que la tapa, que muestra cierta armonía, el caos reinante entre ellos no se percibe en el disco. Hay que tener en cuenta que ni siquiera querían compartir la misma sala. Y, salvo que fuese imprescindible, cada uno acomodaba su horario para no cruzarse con el otro.
Todos imaginaban por entonces cómo sería la vida como un ex Beatle. Y, de alguna manera, ya empezaban a vivirla. Durante la grabación de algunos temas se produjeron situaciones que evidencian el distanciamiento entre ellos. Pero también, al mismo tiempo, la magia.
"Come Together", que abre el disco, fue compuesta por John para la campaña de Timothy Leary, psicólogo y profesor universitario promotor del LSD, entonces oponente de Ronald Reagan en la cerrera por la gobernación de California. La letra, en un homenaje a Chuck Berry, hace referencia a la letra de "You Can?t Catch Me". El editor de esa canción consideró que era un plagio y pensó demandarlo. Años después, como forma de agradecimiento (y de disculpas, y de devolución de favores), Lennon grabó el álbum Rock and Roll con varios temas del catálogo de ese editor.
"Oh! darling" es de Paul, y la practicó incansablemente para mejorar su performance vocal. Quería que su voz sonara agotada, como si hubiese estado varios días sobre un escenario, a viva voz. Caminaba todos los días desde su casa al estudio y, así como llegaba, hacía una toma. Le llevó una semana lograr la expresión deseada. Dicen que John se ofendió porque Paul no le dejó grabar su voz.
Harrison tuvo su gran momento y compuso dos clásicos que, a su vez, fueron los éxitos inmediatos del disco: "Something", el primer N°1 de los Beatles no firmado por Lennon/McCartney, y "Here Comes The Sun", compuesta cuando había renunciado a la banda (luego volvió, claro), que se grabó sin la participación de Lennon.
Lennon compuso "Because" luego de escuchar a Yoko tocar Claro de luna, la sonata de Beethoven. Utilizó parte de las notas del primer movimiento. La armonía de tres voces (grabadas tres veces) sorprende en cada escucha. John también ofrece la segunda canción más larga de la historia del grupo, después de "Revolution #9": "I Want You (She?s So Heavy)", una canción de amor para Yoko y el intento de llevar el minimalismo a la música pop.
Ringo también tuvo su logro: "Octopus Garden", la canción más fresca y feliz del disco, con un ritmo saltarín y buenos fraseos de Harrison, que hizo los coros con Paul, sin el aporte vocal de John.
En este álbum también se inventa el medley (la mezcla de temas distintos). Al parecer, la idea fue de George Martin, que indujo a Paul, dispuesto a experimentar, a combinar fragmentos de canciones inconclusas. El resultado fue el lado B de la placa, que comienza con "You Never Give Me Your Money", de Paul, que hace referencia al caos financiero que vivían en ese tiempo.
Una seguidilla de canciones breves e intensas ("Sun King", "Mean Mustard", "Polytheme Pam", las tres de Lennon) nos lleva, tras algunos temas de Paul, a "The End", la canción final, cuya letra a John le parecía cósmica y que muchos consideran la despedida del grupo: "Y al final/ el amor que tomas/ es igual al amor que das".
Una curiosidad: Abbey Road es además el primer disco en que aparece un track oculto. Más tarde se le conoció el nombre, "Her Majesty". Dura sólo 28 segundos. La sensación que da es que Paul quedó solo en el estudio con su guitarra. Ya todos se habían ido. Los Beatles ya eran pasado, sólo había que decirlo públicamente. Paul saludó a Su Majestad, apagó los equipos y se fue.

Fuente: ADN Cultura

viernes, 25 de septiembre de 2009

"La gente se droga porque le duele el mundo"

El siguiente es el editorial del programa “Después de Todo (DDT)”, que se emite diariamente por el canal de cable “26″. En él, Jorge Lanata reflexiona sobre el consumo de drogas en general y de Paco en particular, y su reciente y arrasante inserción en el mercado de las dorgas de la capital argentina. Corresponde al día 28/04/2009.

“La gente se droga porque le duele el mundo. Cada dolor es distinto, como cada mundo lo es: la señora de clase media se droga con Lexotanil; el broker con cocaína, dinero fácil o anabólicos; el político con el poder; la chica de la disco con speed y bicho; los abuelitos con Viagra y licor; los niños con televisión y video games; casi todos con alcohol; todos con café, y en las villas con paco.

Los dolores son de distinta intensidad, pero duelen sonando en la misma nota: el vacío, la angustia, la soledad, el futuro. Las drogas son como las vacunas: inoculan veneno hasta que después no hacen nada. En la noche eso se llama “shot”. Ese microsegundo, durante el shot, el mundo desaparece. No es que deja de doler: desaparece. La herida sigue estando; pero el shot hace que te la olvides. Ahora: cuando te despertás del shot, la herida está. No es que no está, no es que el mundo no dolió: dolió igual, no lo sentiste. Entonces necesitás otro shot, y otro, y otro… hasta el infinito.

El paco ha hecho verdadera la peor pesadilla de los que lucran con los tratamientos de desintoxicación y que exageran a la hora de hablar de las drogas, viste que te dicen: “te quema la cabeza”. Bueno, el paco te quema la cabeza. Muchas veces, cuando hablan de otras drogas, no es así; también hay una postura ideológica alrededor del tema de las drogas, hay una postura bastante reaccionaria sobre el asunto. Y… que se yo, la marihuana no te “quema la cabeza”. Bueno, el paco te quema la cabeza mal. Y rápido. Te taladra el cerebro como ninguna otra cosa. El paco es pasta base, restos, lo que queda de la basura después de barrer con cuidado, la sub-basura, mezclada con acetona, vidrio molido, fructosa y mierda. Dicen que la patada es fuerte, pero mínima: dedos en el enchufe. Y el adicto se declara tal en una semana o dos.

Según el Observatorio de Drogas del gobierno porteño, diez chicos por día son internados en esta ciudad por intoxicación con paco. Según la Red de Madres contra el Paco, sólo en Lomas de Zamora hay cuatrocientos chicos internados en rehabilitación, con un promedio de cuatro por día. Y entre ocho y diez mueren cada semana por sobredosis. El paco arrasa las villas, el 5,7% de la población de Buenos Aires, 170.397 personas con una edad promedio de 24 años y de los cuales cuatro de cada diez son niños menores de diez años. Está más vinculada con el paco la deserción escolar que el delito: muchos adolescentes que dejan el secundario terminan en el paco y sólo el 6% del total de los delitos son cometidos por menores.”


Fuente: http://www.jupixweb.de/2009/08/10/la-gente-se-droga-porque-le-duele-el-mundo/

Hacer Patria

martes, 22 de septiembre de 2009

El genocida que prefiere olvidar

Por Roberto Garrone
Desde Mar del Plata
En estas calles de tierra, poceadas y desparejas, en la periferia del barrio Punta Mogotes, pero a más de 15 cuadras de la playa, donde Mar del Plata ha perdido casi todos los atributos de la Ciudad Feliz, Juan Miguel Wolk se siente impune. Alias el El alemán o El nazi, como lo llamaban sus camaradas, este comisario mayor de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, fue uno de los máximos responsables del Pozo de Banfield, un centro clandestino de detención en donde estuvieron los alumnos que militaron en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), quienes fueron torturados y asesinados, en lo que luego se conoció como La Noche de los Lápices, una seguidilla de secuestros que comenzó el 16 de septiembre de 1976. Todas las víctimas eran menores de edad.
Distintos testimonios registrados durante el juicio a la Junta Militar, como la denuncia del ex policía Carlos Hours ante la Conadep y los procesos judiciales posteriores, le confieren a Wolk el grado de genocida por el secuestro, tortura y asesinato de cientos de detenidos que pasaron por el centro clandestino de detención que regenteó entre 1976 y 1978.

Por sus crímenes fue condenado a 25 años de prisión a principios de los años ’80. Pero tiempo después fue beneficiado con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. En 1998 el juez español Baltasar Garzón pidió su extradición, en la misma lista que figuraba el almirante Emilio Massera. Tras la abolición de esas leyes y cuando se esperaba que fuese citado a declarar en los Juicios por la Verdad , los jueces recibieron la noticia que Wolk había muerto.

Pero en esta tarde soleada y luminosa del invierno marplatense, donde chalets con jardines pretenciosos se mezclan entre casitas modestas y terrenos baldíos, en la calle Benedetto Crocce 3045, Wolk vive bastante bien para estar muerto.

Para el vecindario también es un muerto con muy buena salud. “Sí, es ahí… sí, Juan, el viejito”, le dice un vecino a Miradas al Sur cuando preguntamos por su domicilio. Vive enfrente de su casa y está sacando el auto de su garage enrejado. El chalet de dos plantas alberga dos departamentos, divididos por una escalera pequeña en la entrada; clásica construcción marplatense de propiedad horizontal. A tono con su pasado, Wolk vive en el de la derecha. “Departamento 1”, señala un cartelito pintado con letras blancas, en un fondo patinado de azul turquesa, al lado del timbre. Todo luce pulcro y ordenado, con violetas de los alpes multicolores decorando el cantero de unas ventanas pequeñas y alargadas que ocupan casi toda la línea del frente. Dos gatos grises juegan entre las flores. El más grande rasguña la ventana para entrar cuando escucha el timbre. Se oyen movimientos, pero nadie atiende. Tampoco cuando insistimos.

Uno de los gatos se espanta y corre por el tapial. En la trotadora que desemboca en el garage del subsuelo, está estacionado un Renault Megane azul brillante. Pocos metros al sur, Crocce muere en la avenida Mario Bravo, el límite sur del Bosque Peralta Ramos. Curioso destino el de este paisaje agreste salpicado de añejos pinos y eucaliptos en el sur de la ciudad. A pocas cuadras, donde pasa sus días Wolk como un tranquilo jubilado retirado de la Bonaerense, vivía hasta su detención, su colega comisario y genocida, Miguel Etchetcolatz.
Habla Wolk. Al día siguiente pruebo con otra variante para intentar hablar con él. Las nuevas tecnologías otorgan ciertos beneficios. Como acceder al teléfono de una casa con sólo saber la calle y dirección exacta. La línea aparece a nombre de Olga Fiscella. Termino de marcar y me atiende quien jamás me había imaginado.

–Sí, Juan Wolk, quién habla –responde una voz que parece habituada a atender el teléfono.
Me presento y no alcanzo a explicarle más.

–No, no. Está equivocado; no quiero entrar en este tema; revolver un pasado que me molesta muchísimo.

–Usted ha sido acusado y condenado por delitos de lesa humanidad. Usted ha sido el responsable del Pozo de Banfield…

–¿Cómo dijo que se llama?


Le digo mi nombre, y agrego:

–Estoy escribiendo sobre su pasado y su presente en libertad, viviendo en Mar del Plata. Usted fue uno de los responsables de La Noche de los Lápices.

–¿De qué?.. No. Está equivocado, jamás estuve en Banfield. Trabajé en la Unidad Regional de Tigre. No quiero la prensa amarilla para revolver un pasado desgraciado. Entré en la institución para pelear con los ladrones, con los secuestradores, con los que cometían delitos comunes, no delitos ideológicos que es algo aborrecible. Tengo medallas y condecoraciones por mi tarea como policía.

–Pero fue condenado por delitos de lesa humanidad.

–No. ¡Por favor! Nunca fui condenado. Soy peronista desde 1950, tengo hijos, cómo se le ocurre que voy a lastimar a chicos… no anduve en idioteces.

–¿Es cierto que cobra una jubilación de la policía bonaerense?

–¡Esto es un interrogatorio? No voy a contestar sus preguntas, por favor, le reitero, no quiero reverdecer hechos lamentables.

–¿Está dispuesto a presentarse en la Justicia?

–Como no, por supuesto. Donde me llaman voy, pero ya presenté las excusas (sic) con mi abogado. Pero le reitero, no quiero hablar de todo lo que pasó que fue muy doloroso.

–Ahora hay una causa abierta en un Juzgado de La Plata.

–Tengo familia en La Plata y voy muchas veces, si me citan, ahí estaré. Acá me encuentra de chiripa, porque casi nunca estoy.

–Ayer (16 de Septiembre) estuve en su casa, estaba un auto en el frente y se escuchaban movimientos, pero no me abrió nadie.

–¿A qué hora?

–Pasadas las tres de la tarde. Los dos gatos grises estaban alterados con el sonido del timbre.

–Ahh… sí… siempre me gustaron los gatos. (Por primera vez en la charla advierto un cambio en su tono de voz. Abandona el paternalismo y se lo escucha nervioso.)

–Vive cerca de Etchetcolatz, ¿es mera casualidad o era para seguir en contacto?

–El es comisario general; yo soy comisario mayor. Yo soy un perejil de cuarta.

–Si algo ha sido usted, no es precisamente un perejil.

–A mí me han cagado. Nunca me metí en política porque no me interesó; a mí la política nunca me dio nada.

–¿En qué lo engañaron?

–Ya le dije que no quiero salir en los medios, no quiero hablar de lo que pasó.

–¿Le alcanza con la jubilación?

–Más o menos. Adiós.


Ayer volvimos a la casa de Wolk para intentar registrar en imágenes. Al instante de tocar el timbre, se abrió la puerta de la casa de al lado.

–¿Qué buscan?– preguntó de mal modo un hombre flaco y semi calvo.

–Hablar con su vecino.

–No lo conozco.

–Acá vive un genocida.

–Ah… No sabemos nada.

Y la puerta se cerró despacio.
Represor al descubierto. Marta Ungaro descubrió el año pasado que Wolk no estaba muerto. Ella es hermana de Horacio, que tenía 17 años cuando lo arrancaron de su casa de La Plata. Es uno de los chicos asesinados en La Noche de los Lápices, de la cual se cumplieron 33 años esta semana.

Entre la medianoche y las cinco de la mañana de aquel 16 de septiembre de 1976 fueron secuestrados además de Horacio, Claudio de Acha, Daniel Racedo, María Claudia Falcone, María Clara Cuicchini y Francisco López Murtaner. Para los militares, reclamar por un boleto estudiantil era un atentado que se debía reprimir de inmediato. A Pablo Díaz lo secuestraron cinco días más tarde y pudo recuperar la libertad. El Pozo de Banfield tuvo algunas características distintivas dentro de los CCD que montó la Dictadura. Distintos testimonios revelaron que su personal se mostraba a cara descubierta. No había control sobre los secuestrados; ni siquiera eran interrogados.Y la cantidad de “traslados” mencionados por los diversos testigos, hace pensar que en su última etapa el Pozo de Banfield era un centro de exterminio.

Otra de sus aristas singulares del campo de concentración que comandaba aquel comisario apodado El Nazi fue el gran número de embarazadas vistas allí, como así también el elevado número de partos que se produjeron en ese lugar. Embarazadas detenidas en otros establecimientos policiales o militares, eran trasladadas al Pozo de Banfield cuando se encontraban a punto de dar a
luz. Ningún bebé fue devuelto a su madre ni a sus familiares.

Entre esos muros fueron torturados los estudiantes secundarios platenses.

“Claudia no necesitaba el boleto estudiantil barato, porque nosotros no teníamos problemas económicos y ella vivía a dos cuadras de la escuela. Se metió en esa lucha por solidaridad”, contó alguna vez Nelva Falcone sobre su hija.

“Hay testimonios que indican que Wolk fue quien mató a mi hermano y arrojó su cuerpo en el cementerio de Avellaneda, donde encontraron los restos de Luis Ciancio, un muchacho de Berisso”, asegura Marta Ungaro.

Marta descubrió que Wolk cobraba una jubilación de comisario mayor, por su tarea docente en la Escuela Juan Vucetich y el Liceo Policial. Su último destino efectivo fue la Departamental de Pehuajó. Casualmente donde trabajó como médico policial toda su vida el doctor Falcone, en cuyo auto un testigo aseguró que secuestraron a Julio López.

Wolk es el número de beneficiario 10.805 de la Caja de Retiros de la Policía y todos los meses cobra en la casa central del Banco Provincia de Mar del Plata, San Martín y Córdoba.
Toda esta documentación que pudo recolectar Marta, junto con el legajo personal de Wolk y dos diskettes con testimonios que lo incriminaban, se presentó en la causa Horacio Ungaro, en la Secretaría Única sobre Habeas Corpus, el 8 de julio del 2008. El Juez Arnaldo Corazza del Juzgado Nº3 de La Plata, es quien llevaba adelante la causa 26 Pozo de Banfield en la Secretaría Especial de Investigaciones.

Pese a toda la colección de pruebas presentadas, todavía el magistrado no ha llamado a declarar a Wolk.

A los 76 años, el otrora poderoso comisario mayor es un anciano jubilado que circula con parcimonia por las calles de Punta Mogotes, provocando ternura en sus vecinos y que, si el día está lindo, hasta se anima a caminar por el Bosque o llegar a la playa.

Hace tres décadas, el señor Wolk trabajaba de genocida. Ahora le parece dolorosa esa etapa de su vida. Pero ya se sabe: el pasado siempre vuelve.

Fuente: Revista Sur

lunes, 21 de septiembre de 2009

Estigmatizar a través del lenguaje

Directora del departamento de Lingüística del Centro de Investigaciones en Antropología Filosófica y Cultural (Conicet) y Profesora de Análisis de los lenguajes de los medios de comunicación (UBA), la doctora María Laura Pardo, que investiga la forma en que los canales de comunicación representan a las distintas clases sociales, desmenuza el entramado discursivo de los medios masivos de comunicación y advierte sobre su efecto discriminatorio.
-¿Hay discriminación en los medios de comunicación argentinos?
-Existe un tratamiento diferente respecto de las personas. Así, una persona humilde que delinque es un chorro o un malviviente, pero si lo hace un funcionario, es a lo sumo una persona sospechosa o alguien que parecería haber cometido un ilícito. No es sólo la forma en que se refieren a estos individuos, sino la rapidez con que se juzga en el discurso a unos culpables y a otros no.
-¿Una doble moral del discurso?
-La discriminación se observa en que aún se mantienen chistes sobre la condición sexual de las personas o en cómo son tratadas las personas humildes. Un alcohólico de clase media alta es un hombre de buen vivir. Un loco de igual condición económica es un excéntrico. Un drogadicto es alguien a quien le gusta relajarse y una prostituta puede convertirse en alguien que hace desnudos cuidados. Esto evidencia un doble discurso moral tanto en los medios como en la sociedad.
-¿Por qué los sectores más vulnerables suelen ser los más maltratados?
-En el pasado, las personas humildes se identificaban con gente de trabajo, que luchaba contra la adversidad, respetuosa y honrada. Pero esa visión ha cambiado mucho. La posmodernidad pone a aquellos que durante años no han tenido voz en los medios en un supuesto sitial de "privilegio". Los pobres, los aborígenes, los locos, todo lo que hasta hace poco era parte de la marginalidad cubre el espacio de lo público con un solo fin: existir a partir de aparecer en la televisión. Si estoy en la TV, existo. No son los pobres que daban ejemplo lo que les interesa a los medios, sino los pobres "en su miseria": los obesos en su lucha contra la enfermedad, las madres de delincuentes o de drogadictos, ésos con los que la clase media no quiere identificarse. Así, la clase media se construye por oposición. Eso que veo no soy yo, no es mi familia, puedo quedarme tranquila. Si bien el discurso de los medios apunta a no discriminar, a ayudar y a que ciertos problemas se conozcan, muchas veces su efecto resulta una mezcla de asistencia y de discriminación positiva. La cuestión es siempre la misma: desde qué lugar se hace la exposición mediática y desde qué grado de conocimiento de la problemática real.
-¿Es una situación local o un fenómeno que se repite a escala mundial?
-Es un fenómeno global con características locales. La posmodernidad es más que un concepto de los teóricos, es un modo de encarar la vida y de vivirla. Esto influye en todo y en todos. Mucho de lo que he comentado se da en otros países y en cada uno toma aspectos idiosincráticos de cada lugar. Por eso, Gran hermano , Cuestión de peso , Bailando por un sueño y tantos otros son programas cuyo formato se puede ver en todo el mundo.
-¿Cómo se representa la pobreza en el discurso mediático?
-Es interesante observar que los que acceden a ser expuestos en la pantalla son los sectores carenciados. Tienen una necesidad de protagonismo que la pantalla chica puede darles; muchas veces se les paga para participar y no cuentan con abogados o personas que los asesoren. Tienen más para ganar que la clase media, media alta y alta. Muchas personas de clase media o alta se drogan, delinquen, se alcoholizan, se embarazan en la adolescencia, pero tienen los recursos para que eso se resuelva de mejor forma y sólo en el ámbito privado. Los medios no se focalizan en mostrar cómo resolver un problema de droga por medio de una internación privada, a menos que el drogadicto sea famoso.
-¿Cuánto se puede conocer de la sociedad a partir del lenguaje que usa?
-El lenguaje construye una cultura y se retroalimenta de ella. Los sistemas de creencias de una sociedad son representaciones del mundo donde creemos vivir, que construimos con el lenguaje. Investigando las estrategias y recursos lingüísticos de un grupo social, podemos conocer algunos de esos aspectos sociales.
-¿Cómo ha cambiado el discurso de los medios en las últimas décadas?
-Es difícil resumir esos cambios, pero pueden señalarse algunas cuestiones relevantes. Los medios siempre han tenido injerencia en los gobiernos, apoyándolos u oponiéndose, y también siempre están sometidos a los cambios globales. El discurso de los medios en los años 80, con el advenimiento de la democracia, fue un espacio para la discusión política. Aun con temores y ciertas censuras, se abrió paso un discurso que tenía como eje a las figuras clave del gobierno y de la oposición. En los años 90, con la llegada del menemismo y la posmodernidad, el discurso de los medios, en muchos casos, acompañó esa época en que lo vulgar comenzó a mezclarse con la política. A mediados de la década del 90, los reality shows incorporaron las historias de vida de gente común, siempre con algo que contar en el límite del buen gusto.
-¿Cuáles suelen ser los disparadores de esos cambios?
-No hay una única causa. Influye enormemente la filosofía de vida, una filosofía de vida estrechamente relacionada con la economía y la cultura. El neoliberalismo no es sólo una forma de encarar la economía, es ante todo un cambio cultural que se trata de imponer y que llega a la gente, entre otros canales, a través de los medios. Su correlato filosófico o cultural es la posmodernidad.
-¿Es la variable cultural que determina un cambio en los patrones discursivos?
-El discurso es parte de las actividades del hombre. En la medida en que éste cambia, también lo hace su discurso y viceversa. Así se producen cambios en la cultura, la ideología, la política, la economía. No es que primero haya un cambio cultural y luego un cambio en el discurso. Para que se dé un cambio (sea del tipo que fuere) debe también cambiar el discurso, lo que se traduce en la construcción lingüística de nuevos argumentos y términos.
-¿Qué motiva el salto entonces?
-El cambio discursivo tiene que ver con lo social. Los medios pueden acelerar o aletargar ese cambio. Mostrar siempre un lado de la cuestión, generalizar a partir de hechos menores, argumentar siempre a favor o en contra de algo o alguien ayuda a que los cambios en general (y por lo tanto, el discurso también) tomen un determinado carril. Esto no es sólo responsabilidad de los medios, sino también de quien los mira, de su espíritu crítico y su educación.
-¿Se ha empobrecido el lenguaje?
-La pregunta sobre si una lengua se empobrece o enriquece oculta la suposición de que se puede dañar la lengua y esto no es así. El lenguaje es un sistema que nos permite pensar y, por lo tanto, necesitamos de la vida en sociedad para desarrollarlo. Hablar bien o mal (esto es, respetar o no la norma culta de una lengua) sólo hace que nuestro manejo social no sea estigmatizado. Si voy a un colegio a que me tomen de maestra y me como las eses, no me van a tomar, pero si voy a la carnicería a comprar carne, me la van a vender igual, pronuncie o no la ese final. El lenguaje es como la vida: para desarrollarse debe mezclarse, recibir términos nuevos, dejar morir otros, estar en continuo movimiento. Esa tensión lo mantiene vivo. ¿Se empobreció? ¿Se enriqueció? No, sólo vive.

Fuente: ADN Cultura

martes, 15 de septiembre de 2009

Lo imposible y lo real

El mundo es un caos. Siempre lo fue. La diferencia reside en que hoy el mundo se nos presenta con la velocidad y la simultaneidad de la información digitalizada. Sabemos el mundo al instante. Saberlo no es conocerlo en su totalidad, por el contrario, saberlo es percibir nuestra ignorancia y excitar nuestra curiosidad.
No es que sepamos lo que pasa en el mundo, no se trata de descubrir cosas en un cofre global. El mundo no es un lugar sino una proyección. Todo el tiempo se nos presenta la información mundial en fragmentos que se renuevan cada semana. Durante siglos se creyó posible ordenar el mundo. Las ideologías, la filosofía, las religiones, tuvieron la tarea de elaborar sistemas de mundo. Hoy esta labor es imposible. El mundo se escapa, mejor dicho, tenemos conciencia de que está atravesado por líneas de fuga.

Mantener un orden es una de la pretensiones del poder. Alcanzarlo es uno de los deseos de quienes aún no lo administran. Pero es posible que el poder sea una ilusión. Por supuesto que existen quienes pueden controlar sucesos, producir acontecimientos, usufructuar ventajas. Son siempre escasas y fugaces. Un verdadero orden es permanente, si no, no es orden, es una fase o una transición hacia otra fase.
El temor nos hace pedir o añorar un orden. Nos inventamos órdenes pretéritos. Creemos que en algún momento de la historia de la humanidad las cosas estaban en su justo lugar. Sin embargo, jamás lo estuvieron. Con el riesgo de parecer esencialistas, no es una desmesura afirmar que la condición humana se ofrece como algo indomable. Siglos de domesticación no lograron crear un animal previsible.
Nietzsche definía al hombre como el único animal capaz de hacer promesas; no agregó que es el único ser que las viola. Sin embargo, no le hizo falta aclararlo. Nos ha remitido en sus libros a la historia de lo que llamó “sistemas de crueldad” que consagraron dispositivos de castigo para que los mandamientos sean obedecidos.
De todos modos, no hay época en la historia que no se haya salido de cauce y que no fuera vivida por sus protagonistas como una inundación o con un sentimiento de catástrofe.

La diferencia con la actualidad es que existía la creencia en un orden posible, en una totalidad armónica, o en una redención por venir. Hoy esa creencia así como se hace se deshace, no es lo mismo creer que querer creer.
Cuando en la actualidad se asevera que el mundo se dirige a Oriente y que la China puede convertirse en un nuevo polo de poder mundial, no hacemos que más que lanzar a la atmósfera un globo aerostático a merced de los vientos. No nos permite imaginar un mundo. La crisis financiera, el calentamiento global, el agotamiento energético del planeta, la producción de vida artificial, son imágenes dispersas de posibles amenazas, de aventuras valoradas contrastadamente.
El filósofo alemán Peter Sloterdijk apuesta a que las nuevas tecnologías producirán aires de libertad. El italiano Agamben habla de pasados, presentes y futuros campos de exterminio. Toni Negri ya no sé de qué habla. Vattimo reflexiona sobre una moral caritativa. Debe ser por eso que el filósofo norteamericano Richard Rorty a pesar de esta oferta escribía que ya desde hace un siglo a nadie le importan los fundamentos filosóficos del acontecer humano.
Pero no es un problema específico de la filosofía el hecho de no ser tenida en cuenta como formadora de nuevas concepciones del mundo. Lo que no hay es un mito global. No existe una autoridad trascendente llamada Dios, Razón o Verdad, que diagrame un orden. Los hombres no perciben el mundo de acuerdo con un relato que los incluya en un sistema de creencias. Es un proceso irreversible, aunque no más catastrófico que en otras épocas de la historia. Si hubiera existido una CNN durante el Imperio Romano, o canales de noticias durante la expansión holandesa del siglo XVII, lo que hoy vemos desde la posteridad como un orden ajustado sería concebido por los hombres de aquellos tiempos como un desquicio sin solución.

No digo como Jean Baudrilllard que la vida es un simulacro y que no hay diferencia entre lo real y su imagen para un mundo-pantalla, sino que la desmesura general es un dato cotidiano de nuestra percepción, y que no tenemos narración que la contenga.
¿Hace falta un mito? Es una pregunta ociosa. Podemos apelar como lo hacen otros a una idea de un futuro gobierno mundial, a una red de minigrupos de resistencia contra los poderes imperiales, a cualquier tótem o gran hermano benévolo o diabólico, la tensión entre la voluntad de ordenar y el exceso de lo real es inevitable.
Pensemos en nuestro país. ¿Cómo pensar en proyectos sin orden futuro? ¿Puede una sociedad basarse en la improvisación, en una apuesta a suerte y verdad, en depender de la fortuna? ¿Cómo organizarnos en vistas a un futuro promisorio? Hay quienes sostienen que es necesario construir un Estado, como si no lo hubiera. Pero admitamos que se trata de un “nuevo” Estado. Ante los desajustes, los conflictos, y la parálisis de ciertas políticas, hay quienes piden convocar a todos los sectores interesados y planificar las futuras acciones en conjunto. Proponen la creación de un Consejo Nacional Agropecuario para dirimir y solucionar el problema del campo. O respecto de la salud, dicen que se necesita un plan nacional de salud. Imagino que a esto agregamos otro plan nacional de seguridad, un consejo nacional del salario y de la producción, uno de energía, de política ambiental. Es lo que se llama plan estratégico nacional. Todo un país planificado para los próximos veinte años como resultado del diálogo y la convergencia de las fuerzas vivas y de los agentes sociales más representativos.
Nos parece un punto de vista absolutamente cierto, sentido común con mayúscula. Sin plan no hay objetivos generales, sin participación no hay acción al servicio de los intereses colectivos, sin acuerdos no hay avances. Y al mismo tiempo, también nos parece imposible.

Sólo en un mundo racional y generoso todo es posible, hasta un orden dinámico parece factible. Un universo amable permite la creación de un ambiente en el que todos entienden que negociar es ceder y no sólo convencer al otro de que ceda. En este caso ideal no se trata de un orden monopolizado por la violencia de un gran poder, sino de una organización inclusiva que planifique en medio del caos, que invente y cree herramientas contra quienes quieran conservar sus ventajas. Sin embargo, en una sociedad fragmentada como la nuestra, con un virtual empate entre grupos de presión, en una comunidad que no es tal porque la desconfianza es la regla de la supervivencia, hablar de concertación, de alianzas, de frentes, de consenso, de diálogo, de encuentros, no va más allá de un clamor retórico.
Ante una situación así, ¿nos queda otra alternativa que adscribir a la consigna de aquel Mayo Francés del ’68: seamos realistas, pidamos lo imposible? Sí, la hay: seamos idealistas, tratemos de mejorar un poco.

Tomás Abraham. (www.tomasabraham.com.ar)