jueves, 10 de septiembre de 2009

Teatro X la Identidad



La Asociación Abuelas de Plaza de Mayo invita este fin de semana a presenciar, por un valor de tres pesos por localidad, las siguientes piezas teatrales que se realizarán en el marco del Ciclo Teatro X la Identidad 2009:

* Viernes 11 de Septiembre se presentará la obra Bitacora 14, de Juan Vogelmann y Adriana Sosa interpretada por actores y actrices platenses. En el teatro Lido, situado en Santa fe 1751. Función: 21hs.

* Sábado 12 de Septiembre s las obras La Naturaleza de los niños de Mauro Martinez con Dirección de Blanca Caraccia y Colores de la murga estilo uruguaya " La miseria es Ilegal". Ambas estarán en la Sala Astor Piazzolla del Teatro Auditorium, Boulevard Marítimo 2280. Función: 21hs

* Domingo 13 de Septiembre las piezas Plaza Avellaneda de Enrique Fernandez con dirección de Max Rivas y Pablo Milei y El miedo de Beba Basso dirigida por Jorge Ramirez Jar. Será en el Teatro Municipal Colón, Hipólito Yrigoyen 1657. Función: 20.30hs

Si tenés dudas sobre tu identidad llamá a las Abuelas. Tel: 0223-496-3029 / 0800-222 1879 o escribinos a abuelmardel@abuelas.org.ar

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Sensación de...

Me encontré este fin de semana, con un fragmento del libro El abandono del mundo de Samuel Cabanchik, a quien tuve como profesor también, que me trajo a pensar como muchos de la clase dirigente miden las circunstancias en este hoy.
El fragmento dice lo siguiente, “hoy existir es ser actual, y esto sólo se logra participando de la imagen y del mercado. Ser es entrar como mensaje en el mercado de valores que regulan los medios masivos de comunicación. Y, debido a que el código que orienta este mercado es el de la imagen, la palabra se subordina a ella como un rumor que la comenta y duplica”.
Quiero decir que, pareciera que el existir de los problemas a resolver hoy, está sólo en aparecer en los medios de comunicación. Y si es mediante imágenes, mejor. Y si no aparece el problema, al menos algunas repercusiones a favor o en contra, no importa, le dará entidad.
Nos quedamos, o se quedan, enredados en retóricas diarias, cuando la realidad está pidiendo otra cosa. Esa realidad que está frente a nosotros y que si no aparece en los medios no existiría, hoy es suplantada por los dichos de aquellos que deberían intentar modificarla.
Se pasó de la política práctica buscando el bien común, a la del lenguaje. A la de las repercusiones. Ya ni siquiera importa el problema en sí. Basta hablar de ello. Mientras aparezca, alcanza.
La realidad está librando una batalla con lo que captan nuestros sentidos. Para muchos, con sólo hablar del tema es suficiente, el resto no importa.
Por esto es que todo pasa por la sensación. Tenemos sensación de inseguridad. Tenemos la sensación de que hay inflación. También tenemos la sensación sobre alguien, que nos quiere engañar con su discurso, entre las tantas que tenemos por día.
Por lo que vemos a diario, también ahora tenemos la sensación de una dirigencia política, que está haciendo algo para cambiar algunas circunstancias. Pero con
repercusiones verbales no alcanza. Está visto y probado en este hoy que nos toca.

Bernabé Tolosa

lunes, 7 de septiembre de 2009

Semana 36

Pasa cada cosa. No sólo aquí. En Japón la flamante primera dama aseguró (sic) que su alma viajó a Venus en un ovni triangular. Pero a nosotros ¡Nos pasa cada cosa!
El lunes sólo entraron 33 vacas a Liniers. El martes Buzzi calificó a Scioli de felpudo de Néstor. El miércoles Minujin presentó sus quintillizos "tenidos" con el Obelisco. El jueves se supo de "fiestas rosas" que hacían cinco oficiales (tres masculinos, dos femeninos) en el Museo Policial de Mendoza. El viernes va Maradona y no se le ocurre otra estrategia contra Dunga que ir a pedirle a Dios lo ayude con Su Mano. El sábado la última medición de la encuesta sobre corrupción que realiza desde hace una década la universidad de Belgrano, cortó el hipo de muchos: un 44 por ciento afirma que "sería corrupto una sola vez al menos, aunque sin dañar a otro".
Quedaba consolarse con la victoria "celestial" de la selección. Pero no. Einstein dijo que Dios no juega a los dados. Pero que de fútbol sabe y que "no se vende" lo supimos anoche. Estas fueron mini noticias escapadas de la marmita de la historia menuda. La grande (y contrahecha por nosotros) jadea anoréxica, muda, estéril. Como nuestra selección y la mayoría de nosotros. Salvando excluidos, inválidos y niños, quienes pasamos por incluidos "somos de cuarta".
No damos pie con bola. Con ninguna. De La Quiaca a Lapataia se extiende un campo minado por nosotros mismos. Seguimos con la historia en el cepo. Pasado sin sincerar. Presente bipolar. Futuro en cero absoluto. No hay diálogo porque el léxico oficial no coincide con el diccionario. "Justicia" no es justicia. Sobran preguntas "de cajón" sin que comisión alguna del Senado o Diputados se dedique a descularlas noche y día.
Megas porqués a tamaño descalabro caen de punta y rebotan sin ser oídos en los techos tortuga de los despachos oficiales. ¿Influye que habitemos sobre el yacimiento de dinosaurios más grande del planeta? ¿Qué lleva a dejar que todo quede como está, aunque duela? ¿Cómo es que 40 palos gente opten por estar "quedados" y abandonen sus destinos a los "sacados" de turno? ¿A qué se debe que ser argentino es rumiar penas, apagar el corazón y sobrevivir en estado de latencia?.
Cada nueva semana aumenta el stock de dudas, miedos, chicanas, promesas, tejemanejes, quiebres, rapiña, empaque, soberbia, votos burlados y descarada usurpación del poder. Y lo que es más perverso, arraiga (¡hasta convertirse en costumbre!) la indiferencia por los que al perder los botes de nuestros últimos Titanics quedaron fuera del espejo.¿Cómo hará la nueva generación para sacudirse tantos fósiles de encima?.
“No más realidad. Quiero promesas” grita un graffiti porteño. Y un aviso digital anuncia bicoca inmobiliaria: "Ofrécese monumental edifico céntrico vista al río, flamante enrejado metálico de seguridad feudal, cincuenta despachos, museo, patio de bustos, comedores, patio de palmeras, helipuerto de emergencia, rincones para tramoyas, serruchado de pisos y pases de sobres. Tratar: Balcarce 50" Es anuncio para despistados. A donde hay que ir a tratar es al Congreso. Portando una cacerola obsoleta reciben enseguida.

Por Esteban Peicovich, especial para www.perfil.com

Escrúpulos

Cuando empecé a trabajar en periodismo, no se hablaba de comunicación. Hace de esto tantos años que no quiero ni contarlos, pero diré que empecé a trabajar en periodismo en plena dictadura. Había salido del secundario con la firme idea de ser socióloga; ser periodista ni se me ocurría. No podía ocurrírseme. El periodismo era en ese entonces básicamente gráfico y terrible. Lo más vistoso que había era la Editorial Atlántida. La de la Gente de “Nos equivocamos” y la de Para Ti que instaba a sus lectoras a mandar a Europa las postales de “somos derechos y humanos”.
¿Qué periodismo se podía hacer en dictadura? ¿Cómo a alguien con un poco de ánimo de cambio podía interesarle trabajar “de eso”? Las vocaciones sociales no desembocaban en el periodismo. Sin embargo, los medios ya me fascinaban aunque no me diera cuenta. Y empecé a participar de ellos no del lado del periodista, sino del lado del lector. Fui una adolescente trastornada que no paraba de mandar cartas de lectores; también mandaba cartas con preguntas y reclamos.
A los catorce me había incorporado al periódico mural El Hornero, del colegio Eduardo L. Holmberg de Quilmes (era nada más que un pizarrón con cartulinas pegadas), y desde allí comencé a pivotear una vocación que era extraña para mí. Quería comunicarme. Lo primero que hice fue mandarle una carta al presidente, por entonces el general Juan Carlos Onganía, pidiéndole que recuperara las Islas Malvinas.
Mi vieja me despertó quince días después a los gritos. Había llegado a casa una carta con membrete de Presidencia. Un vocero me agradecía mi preocupación patriótica por nuestros derechos sobre las islas, y me daba algunos detalles sobre avances diplomáticos. Me convertí en la redactora estrella del periódico El Hornero.
También les mandé una carta a Los Cables Pelados, que eran una banda precursora de Menudo y que a mí me gustaba, y otra a René Sallas, que era jefa de redacción de la revista Gente. En mi casa se compraba Gente, así que yo leía las notas de Renée Sallas. Fue muy amable en su respuesta. A mí me había impactado una crónica en la que dos redactores salieron una Nochebuena disfrazados de José y María, a ver cómo se trataba a una embarazada y a su marido sin techo un día de Navidad. El más puro estilo Chiche Gelblung, naturalmente. Una escuela periodística.
Cuando no se tienen parámetros ni hay debates públicos sobre determinados temas, uno no tiene posición. No había debates sobre periodismo, uno no tenía elementos para saber qué tipo de periodismo le gustaba o consumía. Ni siquiera sé si los que ejercían el periodismo en aquel tiempo tenían conciencia de lo que hacían. No políticamente, claro, sino técnicamente. Había muy pocos elementos para evaluar ese tipo de cosas. Recuerdo que en Gente a veces leía casos policiales resonantes, y ya entonces me provocaba rechazo que los redactores fueran narradores omniscientes que se atrevían a escribir los pensamientos de la víctima de un crimen justo antes de morir. No sólo lo recuerdo. Me quedó estampado en la cabeza como un límite traspuesto, como una licencia exasperante, como una hilacha que me hacía sospechar de absolutamente toda la información que contenía la nota.
Ahora aquella escuela periodística me parece aberrante. Es la misma escuela que acaba de perjudicar brutalmente a una anciana que se prostituye, por violar el pacto de confidencialidad que había establecido la cronista con la entrevistada. Lo detalló en su nota Mariana Carbajal. La charla era sin cámaras. La cronista del programa de Gelblung lo grabó y lo emitió. La familia de la anciana se enteró de ese modo de que ella se prostituía. Un drama desatado por la intervención del periodismo para capturar sensaciones muy fuertes. No importa cómo se capturen. El periodismo al servicio del espectáculo. Más emparentado con el teatro de revistas que con el barro de lo humano, con lo urgente, lo dolorido.
Después, ya experimentada como redactora de cartas de lectores, mandé a los diecinueve una carta al Expreso Imaginario, y allí comenzó otra historia. Faltaban muchos años para que hubiera carrera de Ciencias de la Comunicación. Cuando la cursé, ya llevaba trabajando en periodismo muchos años. Pero fue como empezar de nuevo. Porque pude organizar muchas ideas que había ido acumulando con los años de práctica. Recién entonces pude incluso explicarme a mí misma qué me interesa de este trabajo, por qué me atrae y cuál es mi propia ética al respecto.
Ahora los medios audiovisuales están desenmascarando un rol muy diferente al de aquel viejo cuarto poder que reflejó la influencia de la gráfica. Ese rol tuvo su apogeo mundial con el Watergate, y al Washington Post como icono de libertad de expresión. Como señal de caída de una época, puede tomarse el escándalo de hace dos meses, cuando la directora del Washington Post debió renunciar después de que se revelara que organizaba cenas en su propia casa a veinte mil dólares el cubierto. Un obsceno tráfico de influencias.
Ahora, con los medios electrónicos globalizados, la videopolítica construye sentidos tan rápida y eficazmente, que las Ciencias Políticas están a su vez incorporando nociones de Comunicación para poder desentrañar conductas colectivas. En la redacción de Humor conocí a un viejo zorro periodístico que había trabajado muchos años en Crónica. Me contó la leyenda de un fotógrafo que llevaba en su maletín un par de escarpines. Si le tocaba fotografiar un accidente de tránsito, ponía los escarpines fuera de foco para darle más dramatismo a la toma. Es la escuela de María y José en la Nochebuena, la de la prostituta anciana traicionada por alguien sin escrúpulos. Y finalmente de eso se trata todo este asunto del periodismo. A veces creo que antes, que ahora, que en gráfica, en televisión, en radio, hay básicamente dos tipos de periodistas. Los que tratan de darle atractivo a lo que cuentan, sabiendo todo lo posible acerca de aquello de lo que hablan, y dejando en claro cuáles son los hechos y cuál su opinión sobre los hechos, y los que llevan escarpines en la maleta.

Por Sandra Russo, para Página 12

jueves, 3 de septiembre de 2009

69 años del maestro Eduardo Galeano

El autor de Las venas abiertas festeja hoy sus 69 años. Eduardo Galeano empezó a nacer el 3 de setiembre de 1940, en Montevideo, y desde ese día sigue naciendo de asombro en asombro, como un niño que no se cansa de trepar las ramas del árbol de la vida.

Eduardo Galeano cuenta la historia desde el punto de vista de los olvidados, ya sean los hombres y mujeres desnudos de la Indias que el 12 de octubre de 1492 descubrieron el capitalismo y se convirtieron en las víctimas del más gigantesco despojo de la historia universal, o los que tienen que respirar salteado para poder sobrevivir en un mundo que desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. No es difícil encontrar a Galeano, siempre está del lado de los solos, de los perdedores, de los que corren descalzos sobre vidrios tras el pan ajeno de cada día nuestro, de los hijos de nadie y los dueños de nada, los que cuestan menos que la bala que los mata.
No da respuestas: ayuda, como los verdaderos maestros, a formular claramente las verdaderas preguntas que ramifican y multiplican alimentando la incesante curiosidad del que las lee. Sus textos son la caja de resonancia de los obligados a callar; no otro fue el cometido que se propuso con la revista Crisis, que dirigió en la década del 70, y en la que colaboraron, entre otros, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Julio Cortázar y Paco Urondo: la revista cultural de mayor venta en toda la lengua española.

Una constante en su vida, y en sus escritos –correspondencia infrecuente en el mundo de la literatura, por no hablar del mundo, a secas–, es la osadía con que generosamente defiende sus ideas allí donde esté. Un disidente de todos los dogmas, un desobediente de todas las disciplinas, un excomulgado por todas las ortodoxias, un hereje de la religión de mercado sostenida por la dictadura del miedo –miedo de ver cómo somos, miedo de imaginar cómo podríamos ser. Enemigo de todas la dictaduras que desangraron nuestros países, y del sistema globalizador que tiene el alma gangrenada de codicia y transpira injusticia por todos los poros. Su osadía no tiene que ver con el ciego coraje de los aventureros sino con el humor de quien vive jugando a estar vivo.

Eduardo Galeano se ríe de esos plumíferos clasificadores que cobran sueldo de críticos y que, lupa en mano, se preguntan en qué casillero caben esos textos: literatura, periodismo, historia, sociología, poesía. Su mano se mueve libre como un pájaro sin jaula y vuela dibujando en el aire las más secretas verdades escritas en el corazón de la tierra, viajando por los misteriosos caminos de la palabra y la imaginación.

Es uno de los más cautivantes contadores de historias de la literatura contemporánea. Se pueden leer una y mil veces los textos de Galeano, y nunca se encontrará una palabra de más. Jamás dijo cuando el silencio decía mejor. Lección aprendida de su maestro Juan Carlos Onetti quien, citando mentirosamente un proverbio chino, decía “que las palabras que valen la pena son las palabras mejores que el silencio”. También reconoció el magisterio verbal de Juan Rulfo. “Maestro de la palabra desnuda. Gran escritor y gran tipo. Me enseñó que se escribe con la otra punta del lápiz, no con el grafito, sino con la goma”. El silencio pule como el agua la piedra de su lenguaje, tallándolo de manera inconfundible, llegando al hueso limpio de la palabra, abriendo las puertas más secretas del alma del lector. Tiene, como pocos, un sutil comercio con esa magia. No en vano abracadabra es una de sus palabras favoritas. “Envía tu fuego hasta el final, ese es su significado”, aclara. Escribe para juntar los pedazos rotos del espejo de la historia humana, haciendo visible lo invisible, desafiando lo imposible. Y para lograr que el pasado vuelva a ocurrir, como si la Historia fuera una madre que nos cuenta la vida desde el principio.

“Yo nací y crecí bajo las estrellas de la Cruz del Sur. Vaya donde vaya, ellas me persiguen. Bajo la Cruz del Sur, cruz de fulgores, yo voy viviendo las estaciones de mi suerte. No tengo ningún dios. Si lo tuviera, le pediría que no me deje llegar a la muerte: no todavía. Mucho me falta andar. Hay lunas a las que todavía no ladré y soles en los que todavía no me incendié. Todavía no me sumergí en todos los mares de este mundo, que dicen que son siete, ni en todos los ríos del Paraíso, que dicen que son cuatro. En Montevideo hay un niño que explica: ‘Yo no quiero morirme nunca, porque quiero jugar siempre’”.

Fuente: www.elargentino.com

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El adiós del blog de Saramago




Se despide José Saramago de su blog. Cuando acaba un blog de esta envergadura se produce un vacío en el aire, nunca mejor dicho. El aire está ahora lleno de palabras; vienen por el aire, se van con el aire. Se necesita peso. Saramago tiene peso. Busquemos peso en la vida; decía Jorge Guillén que el aire es lo que pesa. Peso en el aire. Palabras con el peso del aire. Busquemos eso.

Fuente: Juan Cruz, desde su blog en el diario El País

martes, 1 de septiembre de 2009

Una felicidad de cartón




Hace un tiempo me convocaron para que eligiera y describiera mi juguete preferido. De cuando era chico, claro. Y elegí, acaso pobremente, las figuritas. Las figuritas de cartón con las caritas de los jugadores de los equipos de fútbol de Primera, se entiende. Yo fui pibe y llené o traté de llenar álbumes en los años cincuenta, hace mucho. Y nada me apasionó tanto, me ilusionó, me sacó, me perdió más que esos cartoncitos. Es que por las figuritas conocí la ocasional felicidad pero también el descontrol, la ansiedad y el vértigo. Inauguré sentimientos inusitados: la impotencia, la envidia y el deseo irrefrenable de posesión que me llevaron al delito –el pecado, entonces– por primera y no promisoria vez. Las figuritas eran la pasión en estado puro.
El uso y disfrute de las figuritas no se puede comparar con el de otros juguetes de uso puntual y sostenido en las largas jornadas al aire libre de entonces: la pelota –de trapo, la Pulpo de goma o la excepcional de cuero, número tres– con la que rompíamos zapatos Gomicuer o zapatillas Pampero y Llavetex; los revólveres tipo Colt, de ineficaz cebita, para jugar a “los combóys” y disparar verbalmente o apuntar diciendo “camón” como en las películas de Randolph Scott; o los berretísimos autitos de plástico tipo TC “para preparar”, rellenándolos de masilla y con gomitas que oficiaban de amortiguadores y con los que corríamos grandes premios (éramos Gálvez, Ciani, Logulo, Navone, Menditeguy) por el cordón de la vereda, sin las ruedas delanteras, sustituidas por una cucharita deslizadora....
Las figuritas eran otra cosa. Había extrañamente –como en el caso de la bolita– un “tiempo de las figuritas”, en que aparecían repentinamente en el kiosco y en nuestras vidas primarias y nos enfermaban supongo que durante un par de meses o algo más. Se compraban en paquetitos que traían –creo recordar– cinco diferentes. Nuestros padres ya las habían coleccionado en su momento, hasta los años treinta más o menos, cuando salían con los chocolatines Aguila u otros. Pero en aquellos años cincuenta ya eran un objeto en sí, una mercancía autónoma con marca. La primera que recuerdo es Starosta. Tanto es así que al principio –al menos en el léxico de mi vieja, que era la que las financiaba– “estarostas” (sic) era sinónimo de “figuritas”. Como la Gillette (“yilé”) lo era de hojita de afeitar o la Gomina de fijador de pelo.
Las figuritas de entonces eran redondas, de cartón duro, y el álbum que debíamos llenar para poder canjearlo por una pelota número cinco era, por lo general, apaisado, con un equipo por página, empezando por los más populares. Y había más de once por equipo: titulares y algunos (pocos) suplentes. Las pegábamos con engrudo –harina y agua– y con el correr de las semanas el álbum engrosaba, ciertos desbordes o enchastres provocaban pegatinas indeseables.
Comprábamos figuritas y nos las jugábamos en la vereda, en casa y en los recreos de la escuela –había varios juegos: al puchero, a arrimar, al espejito– pero siempre apostando con las repetidas, porque no era sólo cuestión de tener muchas, como con las bolitas, sino un modo de ir completando la colección. Por eso, sobre todo las canjeábamos. Entre amigos o encarando a desconocidos al pie del kiosco: “¿Tenés figu? Te cambio”. Y uno las iba pasando mientras el otro decía, como en una letanía: “La tengo, la tengo, la tengo”, hasta que de pronto interrumpía: “Esa no”. Y ahí cambiábamos. Mano a mano o varias o muchas por una “difícil”. Lo interesante es que había un valor de cambio que nada tenía que ver con la importancia y popularidad de los jugadores. Labruna o Musimessi o Grillo podían ser “comunes” pero al cuatro de Tigre no lo tenía nadie. Era “la que me falta”; y por lo general, cuando terminaba misteriosamente el tiempo de las figuritas, nos quedábamos con ese vacío en el álbum y en el corazón.
Recuerdo haber llenado el álbum una sola vez. Fue en Mar del Plata, hacia 1956, supongo: a los once años canjeé mi álbum lleno por la ahuevada pelota sin marca reconocible pero “superball” (ya se inflaba con pico) eternamente amenazada –y finalmente ajusticiada– por los ominosos colectivos que subían y bajaban por Luro e Independencia.
En la carrera por completar el álbum el poder adquisitivo era fundamental y había quiénes –garcas privilegiados– se compraban o les regalaban “una caja” –“traen muchas repetidas” nos consolábamos como “la zorra” mientras la mayoría aspirábamos a rajuñar las monedas de los vueltos para comprar un paquetito como premio por un “mandado”. Pero a veces, sobre todo de muy chicos, la pasión y el deseo nos cegaban. No estábamos preparados para asumir las crudas reglas de la desigualdad económica–.
Así, recuerdo que la única literal paliza que me dio mi viejo antes de los diez años (y es inolvidable porque fue la primera de dos puntuales) fue por afanar plata para comprar figuritas. Tendría siete años, vivíamos en Lobería y no era una buena época en mi casa. Estábamos todos alterados. Me acuerdo todavía hoy. Debe haber sido en el ’53, porque jugaban Colman y Otero de “backs” en Boca.
A fines de los años setenta, ya con más de treinta, volví a comprar y coleccionar figuritas con mis hijos chicos. Me entusiasmaba yo tanto como ellos. Ahora solían llamarse “figus” o “cromos”, eran autoadhesivas, a veces de origen español y abarcaban rubros más amplios e internacionales. Estaban mejor impresas que aquellas berretadas fuera de registro de mi infancia.
Pero no me van a comparar.


Fuente: Por Juan Sasturain, para Página 12